La escena final de la película A corazón abierto (Open hearts, 2002) de la directora danesa Sussane Bier es devastadora. Niels, su protagonista ⎼un médico interpretado por el actor Mads Mikkelsen⎼, está desolado luego de que Cecile, la prometida de un hombre que su esposa dejó cuadripléjico por accidente y con la que ha iniciado un romance, decidiera dejarlo para volver con su prometido. Nils está roto, la razón se ha enamorado y el amor ha sacudido los cimentos de su vida, ha socavado sus convicciones más íntimas, le ha demostrado que la vida también puede ser incertidumbre y ansiedad.
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Cecile, rechazada por su prometido, encuentra en Nils una puerta de escape a su dolor, al tiempo que lo saca de su rutina, le demuestra eso que tantos repiten y pocos viven: que el amor es una droga dura, un subidón de adrenalina, un salto al vacío, una montaña rusa, un cóctel maravilloso y terrible que, una vez probado, pocos saben o quieren evitar. Y Nils, que creía haber encontrado en ese amor un nuevo sentido para su vida, se derrumba cuando, luego de abandonar a su familia, es abandonado por Cecile, quien lo deja a la deriva de ese sentimiento atroz, nuevo e inmanejable para él.
Así arribamos a la escena final: Nils, borracho, llega hasta el apartamento de su amante. Suponemos que está ahí para desahogarse, para reprocharle por jugar con él, por poner su mundo al revés. Pero ese reproche, contra todos los pronósticos, nunca llega. Por el contrario, Nils está ahí para decirle a su amante que le ha revelado la pobreza de vivir una vida sin amor, que, aunque destrozado y solo, si pudiera repetir cada uno de los momentos a su lado, no dudaría en hacerlo. Para él, cada segundo de ese amor desenfrenado, de esa pasión tumultuosa, supera con creces, y por mucho, el dolor que lo atraviesa. Nils, hundido en el dolor, sabe sin embargo que quien ha probado el amor solo puede agradecer semejante regalo. Por eso, parece gritar, pleno de convicción, que cambia su vida por un segundo al lado de Cecile.
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Ese mismo grito desgarrado que resuena en el final de la película parece ser el que atraviesa y alienta las páginas de Almudena, el más reciente libro del poeta Luis García Montero, publicado por la editorial Tusquets el año pasado. Almudena, conformado por poemas escritos entre 1994 y 2022, seleccionados de siete libros diferentes, es muchos libros a la vez, pero principalmente dos: una antología de los poemas de amor que el autor le dedicó a lo largo de treinta años a su esposa, la escritora Almudena Grandes, y el libro de duelo que escribió tras su muerte: Un año y tres meses.

La génesis de ambos textos la ha relatado el poeta en varias oportunidades. En 2014, la editorial Valparaíso le propuso publicar un libro que diera cuenta de su historia de amor con Almudena. Esto es, diseccionar y rememorar los años que se habían ido y acaso, también, vislumbrar los que faltaban. Ante la propuesta, García Montero se dio a la tarea de escudriñar en sus libros, de seleccionar e hilvanar, uno a uno, los poemas que durante todos esos años le había dedicado a Almudena. Y en ese nuevo orden secreto que el poeta encuentra e impone a su deseo, en esa selección, se puede vislumbrar la constatación del paso del tiempo, pero también la resistencia, la lucha por combatir ese olvido que siempre asedia a los amantes. Esta nueva disposición de los poemas lleva al lector por la evolución natural de una relación en particular, que a la postre es la de cualquier pareja: la del amor en general.
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Los primeros poemas revelan la fiebre y la desorientación de quien sucumbe a una pasión amorosa, las sombras y las luces que lo mueven, las dudas, el agobio, el abismo que siempre espera y llama. Y desde esa confusión inicial el poeta deja que el amor invada las palabras, las tuerza, las moldee y encuentre para ellas nuevos significados. Entretanto, siempre bajo la égida de la poesía, ve cómo esa pasión incipiente echa raíces, se afianza, la deja avanzar hasta un punto de no retorno. Una vez allí, no hay escapatoria para nuestro héroe, que deberá cruzar ese puente que lo llevará del enamoramiento a anclar en las aguas seguras de una relación. En esta primera parte, presenciamos cómo la cotidianeidad doma los ímpetus iniciales y lo hace sin desmedro para los amantes. No hay traición o daño porque en esta nueva etapa el amor ya no exige ni busca de ellos las urgencias iniciales, sino el fervor que surge de aprender a acompañarse.
Aparecen, entonces, nuevos sentimientos, propios de dicho tránsito: las dudas, apegos y soledades son desplazados por complicidades, alianzas que tejen para sobrellevar los días, ya no de los que se aman, sino de los que han decidido pasar la vida juntos, dos cosas que, aunque se podrían confundir, nunca son lo mismo. Y García Montero, que aprecia la magnitud de esa conquista, no duda en señalar su génesis: “Si el amor, como todo es cuestión de palabras, /acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.” Lo que aún no puede saber es que ese nuevo idioma, que a fin de cuentas es lo que él y su esposa han elegido para sortear la vida, el lenguaje como vocación, le servirá para nombrar el amor y sus dones, pero también el dolor y la muerte que los espera.
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Ese es el primer libro de Almudena, una pregunta abierta sobre qué es el amor, sobre las implicaciones de amar a alguien, de acompañarse a lo largo de la vida, de compartir felicidades y amarguras. Un libro sobre el amor que, curiosamente, tiene poco de desamor, no cae en idealismos, se construye en torno a complicidades, a militancias comunes sin por eso olvidarse de abrir la puerta para dejar entrever las imperfecciones de la intimidad: connatos de infidelidades, desesperos, afugias comunes a toda relación. En estos poemas el autor reflexiona sobre el deseo, la pasión, el matrimonio. Lo hace con sencillez, sin aspavientos, deslumbrado por igual con el cuerpo de su amada como con el devenir de los días y sus ofensas. Y es que durante treinta años García Montero se dedicó a escribirle a su mujer, a trazar, con ese amor que era el mismo y siempre era diferente, un largo retrato de su relación y, a la postre, un fresco del amor, de sus amenazas, de sus sacrificios y de sus recompensas diarias. Los poemas están plagados de guiños, los guiños de un amor que levantó su morada a la sombra de la literatura. Quizá por eso es importante lo que se dice, pero también lo que apenas se anuncia. El autor desconfía, sabe que esa plenitud está cargada de presagios que lo martirizan. En este sentido, los versos con que cierra la primera parte son reveladores: “Hablo sólo de mí, de lo que nunca/ puede tener sentido si me faltas.” Amar es siempre decir adiós, practicar formas de abandono, García Montero así lo intuye, sabe que su felicidad actual incuba el dolor futuro, pero no le importa porque para al amante solo existe la urgencia del presente, su deseo no tiene memoria, se sacia una y otra vez en la presencia del otro. Su destino tiene sentido porque no acepta más horizonte que el presente, ése que le da todo para vivir, pero que a cambio también algún día le arrebatará todo.
El otro libro que compone Almudena. Un año y tres meses, es la confirmación del abandono, de los presagios que se anunciaban en los poemas de amor. Un texto que, es evidente, el autor hubiera preferido no tener que escribirlo nunca. En septiembre del 2020, durante la pandemia, su esposa es diagnosticada con un cáncer y el mundo que había sido un lugar seguro, tocado por la muerte, se vuelve amenaza. García Montero, desconcertado, abrumado por esa nueva realidad, echa mano de la poesía para intentar comprender su situación, para llenarse de razones y seguir adelante. Sabe que se avecina una tormenta y sabe además que no se sale intacto de algo así y que más allá “uno de los dos muertos debe seguir de pie.” Ese es su dolor: descubrir que él es quien debe seguir de pie, quien debe escuchar que su corazón sigue latiendo, aunque no quiera que lo haga, porque, así como no hay treguas en la enfermedad que poco a poco descoloca el orden de sus vidas, tampoco las hay en los días que avanzan inclementes hacia el desenlace definitivo.
García Montero, ya sin remedio, cuando ve que el horizonte de los exámenes médicos se vuelve tenebroso, cuando cada nuevo resultado es peor que el anterior y la ciencia agota sus posibilidades, entiende que la ecuación no va a cambiar, que es él quien debe cuidar y quien debe quedarse. Herido, clama entonces, parafraseando a Góngora: “y nada quise más que tus cuidados.” Allí su tristeza y, sobre el final, también su dicha. Porque es gracias a esa compañía mutua que se dispensan , a ese resguardo final que cada uno es para el otro, como su amor trasciende y supera el peso de la muerte. Instalados en el mundo de la enfermedad, a los amantes solo les queda preguntarse cuánto durará el suplicio, que es además, ya lo irán descubriendo, el lapso que les da la vida para despedirse, para amontonar los últimos recuerdos. Nadie lo sabe, solo el tiempo termina por revelar la cifra de su dolor: un año y tres meses.
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El 27 de noviembre de 2021 muere Almudena. Cumplido el plazo, vivido el horror, el poeta, herido y solo para siempre, pasa revista a ese año y solo atina a concluir, sumándose al verso de Joan Margarit, ese otro amigo que no solo escribió sobre el duelo de perder a una hija, sino que, en Animal de bosque, dio cuenta de su propia partida, que “este año y tres meses/ estos días finales que ya son, /ahora, recordados, / los más felices de mi vida.” Este verso, que cierra el libro, contiene también un secreto que el autor no se quiere guardar más, porque será el sustento para seguir en los días, para no desfallecer, un secreto y una advertencia: vivir sin la herida mortal del amor no vale la pena porque solo el amor permite acercarnos al misterio insondable de la muerte y rozar, de tanto en tanto, la felicidad.
Ese es el segundo libro, un libro de duelo, un anecdotario del dolor que, al pasar por el crisol de la poesía, no es otra cosa que una larga herida que se extiende por las páginas, un mapa del daño, un interrogatorio, un intento por contradecir lo inevitable, una elegía, un grito desolado para entender la muerte y los vacíos con que llena la vida de los que seguimos aquí. Un libro doloroso porque la separación no está mediada por el desamor sino por la mortalidad del otro, una mortalidad que, en últimas, es siempre la propia. García Montero lo reconoce: “todo es raro y difícil como llamarme Luis, / como esperar a que llames, /como vivir sin ti.” El poeta entiende a golpes de verdad que nunca más escuchará a Almudena y que solo podrá encontrarla en los poemas que le dedicó, porque la muerte cancela todo lo que fuimos y lo que seremos. Así, el drama final no es otro que el de reconocer que nuestra condición es la soledad y que, aunque la vida a veces nos regale el amor, no debemos olvidar, sobre todo entonces, que estamos solos y la ilusión dura poco.
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Almudena es, pues, un libro que nos recuerda, que, así no nos lo parezca, amar es un milagro. García Montero sabe que no se puede comprar el amor, que no hay un gran almacén donde al entrar nos esté esperando. Es consciente de que todos lo buscamos , pero no todos tenemos la fortuna de encontrarlo, porque amar supone alinear miles de coincidencias y si una sola falla el milagro se derrumba, desaparece. Por eso se deja deslumbrar por él, por eso celebra esas pequeñas coincidencias que lo hicieron cruzarse con Almudena cuando la vio aparecer “en medio de un congreso de escritores, / hermosamente libre…/morena en el hablar y en el mirarme”. Por eso se sabe afortunado. Pocos escritores aciertan a registrar dicho milagro. Luis García Montero a través de la poesía documenta el de todos, pero en particular el suyo. En sus versos hace una profunda disección y deja constancia de él para que nadie ose negar su existencia.
Y con Almudena ha ido más allá, ha querido unir dos libros: uno, para repasar su relación y otro para nombrar su dolor, para suturar con palabras la herida que lo atraviesa, para corregir antiguos errores, para despedirse en sus términos y momentos porque, como le reconoce a su esposa, “nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo / con el frío de alguna palabra que no he dicho,/ con un malentendido que temer.”Con este libro buscaba desdecir de esa costumbre y lo ha conseguido. No hay duda de que estos poemas por separado dan cuenta de un momento, son la foto que nos ayuda a capturar el instante y a interpretarlo, pero juntos son la radiografía total y dolorosa de una relación.
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García Montero, hundido en la ausencia, en medio de la oscuridad del duelo, revisa ese último año al lado de su esposa, repasa ese caleidoscopio del miedo. Nunca será el mismo y, en lo sucesivo, solo los días que llegan pueden delimitar el perímetro de su dolor. Sabe que está dispuesto a cambiar todo por un minuto más al lado de Almudena, por unos segundos de la felicidad de saberla vida y también, esa es su desgracia, sabe lo vano de su anhelo. Quizá por eso, con los mismos poemas que la enamoró, la despide. Almudena es el testamento de su relación, lo ha escrito ensombrecido por el dolor, paralizado por su pena, pero, al igual que Nils en la película de Sussane Bier, no se resigna y se lo dice. Nils lo hace entre lágrimas, leno de rabia y de amor; García Montero, lo hace desde la trinchera de la poesía, lleno de calma y de amor le dice, sin resignarse nunca a perderla, que está dispuesto a “empezar de nuevo/una vida distinta/con el amor de siempre.”
Todo libro de amor será en algún momento un libro de duelo y si amar a alguien es un milagro poder cuidar de quien se ama y llevarlo de la mano por ese bosque oscuro que plantea la enfermedad, ya no solo es un milagro sino un privilegio, un regalo de la vida. Y en ese dolor, el más terrible, quién lo creyera, también se esconde algo de felicidad.
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