Salgo a la pequeña terraza del hotel, inspecciono el firmamento oscuro, las luces de los edificios que titilan a lo lejos y, como el viajero cansado que soy, me digo en voz baja: ¡Tierra a la vista! Parado en medio del frío porteño miro la ciudad y trato de evocar la que recuerdo, de igualarla a mi memoria. Todo está igual y todo ha cambiado. Parece muy vieja, con sus calles vetustas y tristes, pero para mí es joven, diría que no tiene más que unos veinticinco años si tomo como referencia las épocas en que empecé a leerla y, muchos menos, si parto de mi último viaje. Tierra a la vista, repito una vez más, embriagado del vano encono del viajero, antes de sentir un viento helado que me estremece y me hace retroceder ante el despunte definitivo de un invierno que hoy alcanza el punto de no retorno.
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Llegué hace algunas horas, quiero aprovechar para ir a teatro, tengo el tiempo justo para estar en el hotel, bañarme y salir de nuevo. La noche se ha precipitado en silencio, sin anuncios ni aspavientos. Buenos Aires es este frío intenso que cala los huesos, este aire de finales de junio que quema los labios y entumece las manos. Me compongo la chaqueta, apuro el paso entre transeúntes que van sin prisa acostumbrados, quizá, a inviernos más inclementes. Camino guiado por una aplicación, un poco atolondrado por el clima, hasta dar con el lugar. El teatro, vaya ironía, se llama Buenos Aires, no veo anuncios ni portero. Dudo, cambio de acera, pregunto, alguien me señala el aviso del frente. A veces levantar la mirada basta para descubrir un mundo. El anuncio es sencillo, no muy grande, en letras de neón rojo se lee Teatro y de inmediato, en neón blanco, Buenos Aires. En lo alto un cartel en el que sobresale el título de la obra y la foto de dos hombres sentados frente a frente que se miran, su gesto delata la tragedia que los cobija, abajo, los nombres de los actores: Óscar Giménez y Pablo Pieretti. Respiro aliviado, miro la hora, me acomodo los guantes, cruzo la calle, me acerco hasta la taquilla vacía, llamo, del fondo aparece un hombre, escarba en la pantalla de su computador, la función está casi vendida, pero tengo suerte: quedan un par de boletos. Recibo los tiquetes y antes de entrar miro por última vez hacia la avenida, Corrientes no se detiene, su trajín nocturno está en auge, los anuncios, su brillo todo parece intacto.
Acribillado por el frío me refugio en el interior. El teatro es de dos plantas, en la primera, un salón inmenso atravesado por una media luz azulosa un aire tibio que flota por el ambiente. Inspecciono el lugar en silencio. Al lado izquierdo, unas escaleras de madera, aferradas a la pared, llevan al segundo piso, a la sala oscura donde transcurrirán mis próximas dos horas. Al lado derecho, un ventanal y una puerta de vidrio que comunica con uno de esos cafés porteños típicos: Tostado. Miro la distribución del lugar, las mesas, los lugareños, no puedo dejar de pensar en que a pesar de que ese café comparte nombre con los de aquí es tan diferente en su concepto. Me embelesa su ajetreo, los pequeños tumultos que forman al azar los asistentes para hablar de cualquier cosa antes de entrar. Me acerco, abro la puerta y cuando voy a pedir algo suena el timbre. Última llamada. Me apresuro a devolverme, hago la fila que se ha formado en un parpadeo, pero que igual va rápido, no miro a nadie, todos vamos concentrados, expectantes cumplimos el ritual que impone el teatro.
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La sala es pequeña calculo que no le caben más de cincuenta o sesenta personas, debe hacer parte del circuito de teatro independiente, tan cerca y tan lejos de los grandes espectáculos que atraen multitudes. La obra ya cumplió, si lo tuvo, su recorrido por las salas comerciales. Penúltima fila, en teoría no es la mejor ubicación, pero el tamaño del lugar lo hace ideal: desde allí, se tiene una perspectiva general que no se alcanza en las primeras filas. A lado y lado del escenario un par de catres, al fondo, una suerte de cocina y un cable con alguna ropa colgada, una luz azulada, la misma del primer piso, le da cierto aire de misterio. De repente, oscuridad, silencio y la voz femenina de ese actor que se cuela en las tinieblas: – A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas. Parece muy joven… Me intriga descubrir cómo se desarrollará la trama que recuerdo con vaguedad, concentrado, sigo el discurso de Molina que se impone de principio a fin, trato de adivinar cada uno de sus gestos, descubro su intención, la complicidad que va tejiendo con Valentín, la maraña en que lo envuelve, advierto sus intereses ocultos, después, sin más, me dejo sorprender por el tenue engaño de las palabras, caigo en el embrujo de su perorata, en sus adulaciones, en su amor por el cine, voy sumando datos, armo el rompecabezas de la obra: esas camas y esa cocina no son un cuarto, son una celda y ellos, no son amigos, son prisioneros…
La última vez que había estado aquí había sido en el año 2018. Viajé, una vez más, por motivos de trabajo, lo que se resume en muchas reuniones y poco tiempo libre. Sin embargo, hice tiempo, alargué las noches y las madrugadas, recorrí sus calles, sus librerías, me detuve en cafés que apenas recordaba, la atravesé de lado a lado, comparé cada cosa veía con el espejismo que habitaba en mi recuerdo y, debo decirlo, el resultado fue dulce. Ya entonces, Buenos Aires, no solo era una ciudad, era además todo lo que había leído de ella antes y después de conocerla y a eso, que no era poco, debía además agregarle, cómo la recordaba. Había entonces tres ciudades, la real que se erige como constatación del progreso, la imaginaria que surge a la par de lecturas y la espléndida que alentada por la memoria siempre está incompleta y cambiante. Piedra, ficción, deseo y una sola urbe verdadera.
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Pero, fue la real, esa construcción colectiva de lo que, como sociedad, hemos pactado debe ser una gran metrópoli, fue la que se me impuso y la que, de una u otra forma, durante ese viaje debía borrar a las otras. En efecto, las grandes urbes tienen el poder de espolear y de cumplir nuestros anhelos. Esto es, simulan nuestro deseo y al tiempo son la posibilidad de saciarlo: son la serpiente que se muerde su cola. En efecto, la polis moderna se erige bajo la premisa de la autosuficiencia, no necesita salir al mundo porque el mundo, para serlo, debe visitarlas, ellas son el mundo y marcan el ritmo de los días. Así las cosas, cuando llegamos a unas de ellas tenemos la ilusión ya no de ser habitantes de un país sino de serlo del mundo, el espejismo, la magia de estos lugares consiste en hacernos creer que, al llegar a ellas, no veremos más desde la distancia y en diferido el discurrir de la historia, sino que somos la historia. Para quien las habita o las conoce los márgenes dejan de existir, no son más los olvidados porque están en el centro del universo y allí lo imposible se hace posible.
He tenido esa sensación dos veces. Una, en Nueva York, cuando luego de haber visto toda la vida el U.S. open de tenis por televisión, fascinado con partidos y rivalidades históricas, Lendl, Becker, Sampras, Agassi, sin imaginar que era posible estar del otro lado de la pantalla, pude asistir al estadio Arthur Ashe y sentado a pocos metros de distancia disfrutar de un partido de Nole en vivo y en directo. Pero aún faltaba más, ya de regreso en el aeropuerto, entreví, en un grupo de personas que trataban de pasar desapercibidas, nada más y nada menos que a Rafa Nadal, y sin pensarlo me acerqué a saludarlo, estreché su mano, me tomé una selfie con él y con su equipo. Dónde más podría haber pasado esto si no en esas urbes inmensas que hemos construido a la medida de nuestra imaginación.
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Y la otra, fue justo en Buenos Aires cuando supe que Cave daba un concierto en ella. Había conocido la música del australiano no hacía mucho y se había convertido en una suerte de amor tardío al que no espera ver en concierto: Cave, es escurridizo, sale poco de gira, casi siempre en Europa, lo hace sin mayores despliegues publicitarios y en ellas, parece más un fantasma que cualquier otras cosa. Así las cosas una gira suya, ya no en Colombia sino en Latinoamérica era, por decirlo menos, improbable. Y es que ocurre con Cave, como con Cohen o Waits que, aunque encajan a la perfección en la banda sonora de nuestras vidas, llegan revestidos de un halo mítico, se vuelven irreales, no solo son cantantes, son leyendas y, al igual que ciertas de ciudades, uno no alcanza a saber si de verdad existen o si los soñamos. En el caso particular de Cave, tenemos eso sí, su voz y sus canciones, algo que, a ratos, parece demasiado. Artistas de su tipo, son como estrellas distantes hechas, no a la medida del gran público sino de esa inmensa minoría que somos sus fanáticos, y como tal la posibilidad de verlos en vivo hace parte de esa tierra de nadie, de ese lugar de quimeras que a todos la vida nos asigna por decreto. Por eso, cuando me enteré de la presentación no dude en apostar contra mis posibilidades naturales, quemé los cartuchos, llamé a Mercedes, una amiga cineasta que vive allí hace años, y le encargué, hacer lo posible y lo imposible, para conseguir entradas e ir juntos.
Y así fue, luego de remover cielo, tierra e Internet por esas entradas, el diez de octubre a las nueve de la noche, en el estadio de las Malvinas, no más de cinco mil fieles, Mechis y yo presenciamos como la voz se hizo carne. En efecto, sin aspavientos ni preámbulos, Nick Cave, salió de las sombras tal como lo recordaba en sus videos: espectral, alto, delgado, elegante a la vieja usanza, cabello engominado peinado todo hacia atrás y vestido de pies a cabeza con traje negro. Esa noche me pareció que aquel hombre era el perfecto calco de un lord inglés con un dejo lejano a ese tesoro nacional que era, para los argentinos, Favio. Cave no defrauda. Cuando apareció se hizo un silencio, todos contuvimos el aliento y él, como si supiera lo que atravesaba nuestras mentes, esbozó una sonrisa de superioridad, y sin más, soltó esa voz cadenciosa que resonó por el lugar y al tiempo realizó un movimiento entre espontáneo y calculado: inclinó su cuerpo hacia los fanáticos que estaban en las primeras filas a manera de una breve provocación, y luego conforme fueron subiendo la euforia y la adrenalina, los gestos se volvieron toques y abrazos que enardecían a los que tenía allí, mientras los atraía y los repelía en lo que parecía más una sección de hipnotismo que un concierto. Aquí estoy incrédulos, parecía decir, metan en su dedo en mi llaga, comprueben que, más allá de la música, existo, estoy vivo. Porque lo cierto es que si alguien ha vivido a tope ese es Nick Cave, y las heridas de su viaje, como debe ser, están desperdigadas por sus letras oscuras marcadas por duelos, adicciones, depresiones, unas canciones que, como su autor, siempre bordean y tantean el abismo. Acorde con esto su voz a veces es un grito descarnado y otras apenas un susurro que te corta el aliento y su concierto termina convertido en una arenga, en una sucesión de sonidos hipnóticos. A medida que el concierto avanza el australiano y su banda tejen una telaraña de sonidos con la que envuelve a sus seguidores, lo cual alcanza su punto más álgido en la interpretación de Girl in amber, esa canción que Cave compuso para su esposa luego de que su hijo muriera de manera trágica con apenas 15 años, y que más parece una letanía desgarrada que cualquier otra cosa. La voz susurrante de Cave repite una y otra vez las mismas frases que señalan ese momento en que el repicar de un teléfono rememora el inicio de la tragedia. Y esa insistencia, esa circularidad de la letra, termina por enfatizar, de manera sutil, que el tiempo para ellos se quedó estancado en ese día fatídico, una herida en la que permanecen retenidos, incesantes, asfixiados. Así pues, en la canción y, es de suponer que en la vida, su esposa sería una suerte de fósil diminuto y frágil atrapada en ese mar de dolor y de ámbar que era la muerte de su hijo multiplicada por siempre en la voz de Cave. Esa noche, a medida que el concierto buscaba su final un poco en trance, mientras abandonaba el lugar, con las melodías de Cave resonando en la cabeza, entendí que si Nueva York era el tenis Buenos Aires sería Nick Cave. A todos mis recuerdos a todas mis lecturas le sumaba ahora la voz del australiano, pero más que nada su figura de carne y hueso, la realidad palpable de su existencia que intentaría preservar de los días, afincarla en la realidad, mantenerla al margen de la leyenda y eso mismo haría con la ciudad preservarla de los años guardarla para que siempre estuviera fiel a mi recuerdo a salvo de los años.
¿Se puede mantener una ciudad al margen del tiempo, dejar que la piedra solo sea el esmerilado reflejo de la ficción y del deseo? Esa fue la apuesta: sumergir a Buenos Aires en el ámbar de mi memoria, preservarla del paso de los años, de su corrosión, para que si en últimas nunca volvía a ella siempre pudiera recordarla como la había imaginado: fiel a mis lecturas, espléndida y caótica, justo como aquella noche.
Los primeros aplausos salen tímidos de la oscuridad que gobierna la sala. Los escucho sin moverme, desde mi puesto abrazo la intensidad del drama, sigo sentado, escarbo con la mirada entre las sombras, espero el próximo movimiento del auditorio, pero todos parecen estar igual que yo: un poco abrumados. Hay cierto estupor en la sala y es normal que así sea. Desde atrás, donde estoy, percibo como poco a poco tras las últimas palabras se ha impuesto ese ambiente de incomodidad, ese vacío sordo que se nos clava en el estómago cuando nos acercamos a una verdad esencial a través del arte. Creo que este es el caso. La novela de Puig es sobrecogedora, y su amargura se multiplica en la tablas cuando la respalda una buena interpretación, como ha ocurrido esta noche. Sin embargo, ese impacto inicial dura apenas uno segundos, la pareja que está a mi lado se pone de pie y estalla en un par de vivas contenidos, austeros pero emotivos. Bravo, gritan y a su clamor empieza a sumarse el resto de la sala. Hago lo propio, me levanto, mientras esa luz tenue, azulada, cerca del escenario, inunda esa prisión por la que se han movido y han hablado los protagonistas por más de dos horas sin interrupción. Sin duda, un despliegue brutal de talento Los dos hombres, Molina y Valentín, por obra y gracia de ese beso cálido del público que son los aplausos, se quitan la máscara, se convierten en Gimenez y Pieretti, los actores se meten en la piel del revolucionario y del homosexual, llenan de matices sus interpretaciones y al término de la función, se quedan suspendidos, quietos apenas un instante a la espera de la respuesta del auditorio, y luego terminan el ritual, la comunión del autor: van al centro del escenario, se abrazan y agradecen emocionados, no solo la sala llena de esa noche, sino que la obra, que está a punto de alcanzar las 500 funciones, contra todos los pronósticos, se siga presentando, siga concitando el favor del público y el fervor de Buenos de Aires.
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Hago lo propio, me paro, aplaudo un par de minutos, contemplo, si se quiere, el colofón de la obra, con esa mezcla de fascinación y de lejana superioridad que me da estar de paso, veo como, poco a poco, alrededor del par de actores aún sobre el escenario, empiezan a arremolinarse los asistentes para felicitar, para preguntar algún aspecto del personaje, para recordar alguna frase, este es el momento, pienso, en que realidad y ficción se traspasan una a otra, en que, quizá esa comunión con el público, ayuda a que la historia se rebele, toque la realidad, la cambie. La verdad la obra es un ejercicio bárbaro de interpretación, lo cual, en condiciones normales bastaría para entender su largo paso por las noches y los habitantes de esta urbe. Pero, el problema es que en esta Buenos Aires viceversa que a cada instante amenaza con volverse un simulacro, una contradicción de sí misma, uno tiene la tentación de pensar que razones de calidad, no solo no garantizan el éxito, sino que alentarían el fracaso, de allí lo irónico de la situación. Me quedo con esta idea en la cabeza, y mientras los saludos van y vienen, yo mismo, sobrecogido, ensayo un par de bravos y luego me escurro entre la gente, busco la salida de esa oscuridad azulada que impone el escenario.
Ya en el primer piso, amenazado por el frío, me quedo un rato en el lobby. Son algo más de las once, y afuera es un hervidero de personas: A ella se le ve que algo raro tiene…
Puig, publicó El beso de la mujer araña en 1976, poco antes de que se instaurara la dictadura, en medio de un clima de tensión y miedo. Sin duda, un acto valeroso publicar una obra gay en esa Argentina puritana y machista, y, más subversivo parece, abordar el debate político a través un revolucionario y un homosexual encerrados en una celda que no es otra cosa que la metáfora de todo país, dos reclusos cuya única posibilidad de escape es hablar de películas, de ese cine que los ha fascinado y ahora también se convierte en su única tabla de salvación. De esta manera, Puig desvirtúa la inutilidad del arte, claro que el arte sirve, parece decirnos, y su utilidad no es poca ni baladí, su función es ayudar a cumplir la mayor revolución que cualquier persona puede llevar a cabo, que no es otra que emanciparse contra la vida misma, contra sus embates. Y el argentino nos revela su fórmula: llenas de grietas la realidad y permearla, suturarla, poco a poco, con palabras, con inventos. En su caso particular, en primera instancia gracias a la literatura, pero también al cine, porque su novela es muchas cosas, pero antes que nada, es cine dentro de la literatura. Y es que a Molina y a Valentín, que se han quedado sin opciones, solo les resta evadirse de la realidad, completar los agujeros negros de sus vidas, alivianar la carga recordando películas. Dicho de otra manera, haciendo ficción a la ficción, mediante esa distorsión que es siempre recordar. En efecto, contar o inventar relatos y encajarlos después en su pobre vida es el mecanismo que ese par de compañeros encuentran para suplantar su presente, para enriquecerlo y suavizar el paso de las horas, saben que ese es el único escape posible de esas cuatro paredes que los convocan. Más interesante aún es como, en un primer momento la novela -y con el tiempo la obra de teatro-, termina siendo la puerta de escape que Puig le ofrecía a los lectores para salir de ese país que intuía iba rumbo al desbarrancadero.
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Quizá, de ahí parta la vigencia de esta obra demoledora, ya no solo en Argentina, donde pronto completará 500 funciones, sino en el mundo donde pronto se estrenará una película protagonizada por Jennifer López y dirigida por Bill Condon, en su capacidad de sugestión, de recordarnos que en tiempos de crisis y de liderazgos cuestionables solo el arte nos permite armar una trinchera y resistir. Es de suponer que esa también es la explicación para el ataque desalmado de este gobierno contra la cultura en general y, en particular, contra el cine. No hay que olvidar la dualidad que impone a cine, mientras, de un lado, durante el XX se consolida como una de las expresiones de la alta cultura gracias a importantes directores que son sus visión nos ayudaron a explorar la condición humana, del otro, su función de entretener a la masas lo apuntalaba como un creador de paradigmas en la cultura popular. Y ese poder, esa capacidad de influir en los imaginarios colectivos de, si se quiere, moldearlos a su antojo, es lo que hace que desde el poder siempre se le mire con recelo: si no lo puede utilizar en función de sus intereses la consigna parece ser siempre, entonces, apabullarlo, desaparecerlo. Y es que esta Buenos Aires viceversa ha sido testigo de cómo en el último año el gobierno entendió que medrar el cine era medrar cierta capacidad de resistencia que habían desarrollado los argentinos, reducirla a su mínima expresión. Pienso qué diría el Gordo Hermida si escuchara al actual director del INCAA defender una película argentina de dudosa ideología que vio a medias por Tik Tok y siente además, con candidez o con cinismo pavoroso que no necesita verla para hacerlo; pienso en mi amiga Mercedes que ha vuelto a Colombia en parte acorralada, como tantos otros cineastas, por decisiones de un gobierno que en el último año ha paralizado la industria, se niega a aprobar proyectos nuevos, redujo la cuota de pantalla y ha ido, desde la retórica y desde lo real, acabando con toda suerte subsidios, lo que no es otra cosa que un intento de acabar con el cine nacional. Pero los ataques no se limitan al arte, también en la salud han desmantelado de manera sistemática programas importantes, se han aprobado recortes y se ha cerrado el Instituto Nacional del Cáncer. Todo en el país con más escuelas de cine del mundo y con uno de los sistemas de salud más garantistas, y bajo cierto silencio, sin una resistencia clara. Parado allí, me lleno de cierta tristeza esencial, de la que trato de zafarme enseguida. Si bien todo es consecuencia de una seguidilla de malos manejos, un coletazo de desastres anteriores, el panorama actual desconsuela un poco. Me compongo los guantes, la chaqueta, salgo del teatro y, sin rumbo definido, me pierdo en la noche.
Los días siguientes llegan sin agenda. Más que visitar la ciudad quiero espiarla, reconocerla desde el recuerdo, desde esa cartografía luminosa que surge del entrecruzamiento de la memoria y mis lecturas. Por primera vez visito la Biblioteca Nacional, hago la ruta que debió hacer Borges para llegar allí, lo imagino con Bioy, sentado en alguna banca. Sea como sea, me digo, esta es el hogar de Arlt, la de Di Benedetto, Saer, Piglia, Favio, Campanella, Martel, aquí vivieron, la retrataron y construyeron una mitología en torno a ella. Y así será siempre por más que el presente parezca querer arrasar con ese pasado que la anima y sostiene. También voy a cafés, entro en librerías de segunda, me adentro en zonas no turísticas. No deja de ser preocupante cierto discurso, cierta narrativa que empieza a calar en las conversaciones, hay un viraje en la mentalidad porteña que da cuenta ya no solo del hastío, sino de un momento político marcado por líderes de ideas disparatadas que desdeñan y se han encargado de socavar bastiones tan importantes como la cultura y la salud. A este país tan lleno de contradicciones y tan propenso ahora a una tenue homogeneidad, se le nota que algo raro tiene, que algo le falta, que los cantados logros de sus dirigentes solo los respaldan números porque en el fondo la crisis espiritual se nota, se respira en las calles.
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Mi tiempo aquí se acaba rápido, mucho de lo que he visto y oído no me animo a reconocerlo, pero también el viaje ha servido para darme cuenta de que, buena parte de la ciudad que recuerdo sigue intacta, oculta pero viva, preservada en el ámbar, el mismo que envuelve la canción de Cave, quien quizá, si saliera de gira hoy, evitaría con fina coquetería pasar por este país que siempre estará en su mira. Es mi última noche aquí, quiero aprovecharlo, son casi las once de la noche, mi vuelo sale temprano, pero no quiero dormir, quiero transitar la noche, cumplir ciertos rituales. Salgo del hotel, afuera, nada detiene el avance del invierno que se ha convertido en un viento frío y lacerante, en un eterno amago de llovizna. Igual, el clima parece no hacer mella en nadie, son casi las once, al otro lado en Palermo Soho las discotecas están llenas, pero aquí de este lado Corrientes es un hervidero de personas que van de un lado para otro. Al llegar a la avenida doblo hacia el Obelisco. Siempre sorprende encontrar a esta hora las librerías abiertas y más lo hace verlas a todas llenas. En qué otro país del mundo ocurre algo semejante. Llego hasta la Kafka, una de mis favoritas, literatura latinoamericana a precios aceptables aunque, hay que decirlo, todo está caro, también los libros. La librería es un largo y estrecho local lleno de estantes que van desde el piso hasta el techo. He venido un par de veces esta semana y el librero que también es el dueño me tiene separados algunas ediciones raras de Onetti, Ribeyro, Bioy, Quiroga, Piglia, Carpentier. La Kafka huele a viejo, a papel trajinado y abrazado por muchas manos, entrar en ella es toparse con un arrume tras otro de libros de segunda mano y, entre ellos, si se tiene paciencia y tranquilidad siempre salta alguna joya. No quedan lugares así en Medellín y, en Buenos Aires, cada vez hay menos, pero los esenciales siguen en pie de lucha desperdigados en los barrios, en el centro. Han pasado tantos años desde que entré por primera vez a la Nueva y nada disminuye la adrenalina y el placer que me produce entrar en una librería. Mi bibliofilia sigue intacta, pero ahora la definen pequeñas sutilezas. Al comienzo me interesaban las novedades. Después, al descubrir los grandes autores -latinoamericanos, gringos del XX y franceses del XIX- compraba sus obras casi siempre en ediciones de bolsillo. Con el discurrir de la vida empecé a buscar los mismos autores, pero en mejores ediciones y empezó a cobrar relevancia quién hacía la traducción. Ahora, más cerca del final, me siguen interesando esos autores pero en ediciones raras, antiguas, a veces, incluso, primeras. Mientras en aquellos años iniciales hubiera preferido una librería como El Ateneo, que hoy apenas me interesa y más por razones de arquitectura, en cambio en La Kafka, la Alberto Casares y otras tantas, me he pasado metido medio viaje. Hay una cierta gracia en estas librerías de viejo, pues permiten saciar y alimentar la bibliomanía última que implica el gozo de ver, tocar y oler primeras ediciones, esos ejemplares que iniciaron todo, que en su momento no fueron más que pequeñas botellas lanzadas al mar por autores desconocidos, sin lectores y que poco a poco encontraron la orilla favorable del público y cambiaron además nuestra literatura. Lo fascinante es que cada que se toca una de esas primeras ediciones se juega con la posibilidad de que su autor lo hubiera hecho también y cuando están firmadas la certeza de que lo hicieran enardece los ánimos del coleccionista. Esa idea, esa expectativa es lo que nos aguarda en estos lugares, de allí deriva su encanto, su misterio.
Al entrar doy un vistazo, no hay mucha gente: en la puerta me cruzo con una señora que va de salida; a un lado, un par de hombres mayores, al fondo, un muchacho conversando con el dueño. Durante la semana he venido varias veces, además de los libros que he reservado, conozco la ubicación de otros que también me interesaban pero que no seleccioné por cuestiones de presupuesto y quería esperar hasta finalizar el viaje. Otros se quedaron abajo en una bodega inmensa a la que me dejaron entrar y que hace homenaje a la teoría de la punta del iceberg porque los cientos que hay arriba son apenas un abrebocas a los miles del sótano, un lugar abrumador e infinito. Sin embargo, hoy no alcanzó a bajar. Voy despacio, miro mi reloj, no tengo afán, me queda menos de una hora antes del cierre. Poco a poco, me acerco a la caja, justo en un estante he dejado extraviada la segunda edición de Los adioses editado por Arca, si sigue ahí, me digo, es una señal inequívoca de que debo comprarlo. Me acerco con algo de sigilo, y ahí está: si nadie la quiso debe ser mía. Cuando llego a la caja, para preguntar por los libros encargados y por este nuevo, encuentro al dueño con el muchacho que ha estado merodeando por el lugar. Si entiendo la situación regatean por asuntos de precios. Cuando me acerco el librero saca mis libros, le enseño Los adioses, mientras el muchacho mira con avidez, y mientras se aleja me digo que conozco esa mirada, esa curiosidad por adivinar al otro a través de lo que lee. Antes de pagar doy un vistazo a la mesa, si mis cálculos no fallan es una de las primeras ediciones de El beso de la mujer araña en Seix Barral, le pido que la incluya en la negociación, pero me dice que el ejemplar lo quiere el joven. Insisto, pero dice que no puede venderlo sin saber si lo va a llevar. Llama a Ezequiel, que así se llama el muchacho, le muestra el libro, pero éste hace un gesto de no poder comprarlo. El librero me dice entonces que es mío. Déjà vu, me digo y de pronto Ezequiel soy yo hace treinta años entrando a la Nueva, yendo de un lado para otro, cuadrando cuentas que no dan para comprar ese libro, yo soy Ezequiel y Medellín, esa Medellín que sucumbía al caos es esta Buenos Aires viceversa de hoy, que es espejo de la otra, y a su manera también tantea el abismo.
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Sin más vueltas, compro todo, incluido el libro de Puig. Me despido y busco la salida. Afuera una pequeña llovizna azota la calle. Parado frente en la entrada trato de adivinar y de entender la ciudad que veo. De un lado, la gente en la calle sin importar el invierno, los teatros llenos, las librerías abiertas al filo de la media noche. Y del otro, la polarización, el absurdo de la política, sus ideas descabelladas que sin saber cómo han encontrado un asidero en la gente del común. Muy pronto entiendo la inutilidad de esta empresa. Pasa con el amor por la ciudades como con todo amor no correspondido, que es mejor dejarlo prosperar en su tránsito hacia el olvido, sin cuestionarlo, porque descifrar sus razones solo sirve para prolongar heridas, para avivar dolores.
Sea como sea, pienso que toda gran urbe se duplica y cambia, se avienta al futuro y preserva en ámbar su pasado con la misma fuerza inmanejable. Parado allí, siento pasar a Ezequiel, lo veo acariciar el libro de Puig y como si fuera un trofeo lo besa y lo huele. Cuando abandona el lugar, se me viene de nuevo a la cabeza aquel sábado lejano en la librería Nueva, y me pregunto, si en realidad es posible construir o reconstruir una ciudad desde las palabras que se han dicho de ella para nombrarla y quizá también para inventarla. También la nostalgia puede ser una trampa que nos impide avanzar, que nos ancla al pasado, que nos limita el horizonte, pero ¿qué avance que pretenda borrar el pasado tiene futuro? Si hay una Buenos Aires viceversa, es porque siempre hubo una sin el adverbio para definirla. Y antes de lanzarme al invierno inclemente de sus calles, aprieto mis libros con cierta esperanza. Parado en Corrientes miro hacia la Kafka y me invade la convicción de que desandar el camino es posible. Después de todo que los cines, los teatros y las librerías estén llenos demuestran que hay una conspiración en marcha, y que tal vez, solo baste con seguir la ruta que marcan Ezequiel, Puig, Cave y tantos otros. Ahora, bajo la noche helada, me queda claro que todos van tras lo mismo: tras el ámbar, tras el origen.
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