Hace diez años, la cultura silletera dejó de mirarse desde el desfile. El Plan Especial de Salvaguardia (PES), aprobado en 2015, puso en el centro la vida campesina, el arraigo y la transmisión de saberes. Ahora, la evaluación realizada entre 2024 y 2025 añadió la conservación ambiental como una condición decisiva para la continuidad de la tradición. Como señala la Guía de Buenas Prácticas, salvaguardar “no es solo conservar, sino mantenerla viva en su contexto campesino, familiar y territorial”.
Ese cambio de mirada ya produjo avances. Sonia Milena Pineda, historiadora y coordinadora del equipo de Patrimonio Cultural Inmaterial, explicó que la transmisión continúa, especialmente en los conocimientos relacionados con el armado y la exhibición de silletas. “Dentro de las familias, los padres siguen transmitiendo a los hijos amor y arraigo por ellas”, afirmó. Al mismo tiempo, se han ampliado las posibilidades de obtener ingresos a partir de las actividades silleteras.
Sin embargo, ese fortalecimiento económico y turístico trae nuevas responsabilidades porque, además de exhibir la tradición, también es necesario revisar cómo se cultiva y qué huella dejan los visitantes y la Feria de las Flores. Por eso, el Distrito realizó cinco encuentros en los que familias de Santa Elena trabajaron en la elaboración de bioinsumos, el manejo ecológico de plagas y la regeneración de los suelos.
En ese sentido, Marcela Ruiz, secretaria de Medio Ambiente, señaló que “es fundamental la conservación de ecosistemas estratégicos en la ruralidad, el pago por servicios ambientales y los procesos de educación ambiental y agroecológica”. La guía refuerza esa idea con una frase que atraviesa toda la estrategia: “sin territorio sano, no hay cultura silletera”.
Llevar ese principio a la práctica implica cuidar el agua, reducir los residuos, moderar el ruido y respetar la capacidad de carga de fincas y veredas. El turismo puede aportar a la economía local, pero deja de ser sostenible cuando altera la vida cotidiana de las familias, congestiona el territorio o convierte la manifestación cultural en un simple decorado.
A esos impactos se suma el desafío del relevo generacional. Según Pineda, mientras los saberes artísticos conservan fuerza, la relación cotidiana con la tierra se vuelve más frágil entre jóvenes que estudian o trabajan fuera del campo. No obstante, aclaró que no se debe hablar de una pérdida de tradición, sino de una transformación porque “el patrimonio cultural es dinámico: hay cosas que permanecen, otras que cambian y otras que se enriquecen porque somos seres humanos”, explicó.
Neorruralidad: otra forma de volver al campo
En medio de esa transformación aparece la población neorrural: personas que dejaron la ciudad para instalarse en Santa Elena y que pueden desarrollar un rol clave en la vida del campo. “Hay una población neorrural muy importante, que está buscando prácticas agrícolas diferentes. Está involucrando a jóvenes silleteros, y esa es nuestra esperanza”, dijo Pineda.
Su presencia no reemplaza a las familias ancestrales, pero sí puede tender puentes entre los conocimientos heredados, la agroecología y las nuevas economías rurales. Allí aparece uno de los caminos posibles para la salvaguardia: permitir que la tradición cambie sin romper su vínculo con el territorio.
Una responsabilidad compartida
La cultura silletera vive en las familias, no en las silletas por sí solas. Conservarla exige que estas sigan cultivando, transmitiendo saberes y tomando decisiones sobre su tradición. Los visitantes deben respetar los tiempos, espacios y límites del territorio; los operadores, ofrecer experiencias responsables; los medios y las empresas, usar las imágenes con contexto y autorización; y las instituciones, proteger el agua, el suelo, la biodiversidad y las economías campesinas.




