El 24 de diciembre de 1938 se cumplían diez meses exactos del fallecimiento del padre de Jorge Luis Borges. Para el escritor en ciernes era la primera Navidad sin él, quizá se sentía solo y había invitado una amiga a comer. Mientras subía las escaleras del edificio donde vivía ella, chocó por accidente, en uno de los descansos, con una ventana que estaba abierta. Al golpe en la cabeza le sobrevino la oscuridad y el manar ofuscado de la sangre por su rostro.
Borges, aterrorizado, se llevó la mano al rostro, sin imaginar lo que estaba aún por llegar: la fiebre y el delirio marcaron el inicio de una septicemia que lo tuvo, entre la vida y la muerte, durante casi un mes. Cumplido el lapso, cuando abrió los ojos, Borges era otro. El acecho de la muerte lo había llenado de presagios y de temores, el peor de todos, creía haber perdido sus facultades mentales, y entre ellas la más preciada: la imaginación. Para despejar las dudas, escribió entonces, Pierre Menard, autor del Quijote, visto en retrospectiva, unos de sus mejore relatos, el que de muchas formas dio inicio a su carrera literaria. Un híbrido entre la ficción y el ensayo, si se quiere, el comienzo de un nuevo género y también de esa marca registrada, de esa leyenda llamada Jorge Luis Borges.
En efecto, el argumento y la ejecución del mismo son deslumbrantes. El narrador, un crítico apasionado de Pierre Menard, rescata y defiende su obra, una reescritura, palabra por palabra, del Quijote de Cervantes. Para el crítico no está en duda la originalidad de la obra, pues Menard la escribió, aunque con las mismas palabras, en otro momento y contexto histórico, y esto la enriquece, le da nuevos matices que la alejan y la hacen superior a la novela original de Cervantes. Y este, en apariencia, despropósito y absurdo, le sirve a Borges, no solo para redefinir el género del cuento sino para inventar uno nuevo. Como se dijo, Pierre Menard, es una suerte de híbrido, el cuento bien podría leerse como un ensayo, ya no sobre la magna obra de Menard, sino sobre los límites y los alcances de la literatura misma. Con una erudición al servicio del asombro y de la parodia, algo inédito para su época, Borges, ironiza sobre la función del crítico, al tiempo que replantea y cuestiona la noción de originalidad, de autor y de lector. En últimas, se hace y nos hace una pregunta sutil e inquietante:
¿Cuál es, en realidad, el papel, el lugar y los méritos del creador?
El 25 de marzo de 2026 el reconocido escritor Jorge Carrión publicó en su cuenta de la red social X un mensaje que rápidamente se hizo viral. El trino me lo compartió un amigo de desventuras literarias y lo comentó con esta frase: un replicante que viajó desde 2026 hasta 1967. Carrión copió el inicio de Cien años de soledad y lo sometió a la verificación de un detector de IA -inteligencia artificial- que debía decir si el texto era creado o no por un humano. El veredicto fue contundente. La IA determinó, sin atisbos de duda, que era 100% creado con IA. Hay varias cosas llamativas en esta anécdota. La primera es la aceptación paulatina, y ya no tácita, de que las máquinas sean quienes determinen la originalidad de un texto. Esto es, ante la andanada de información y las cada vez más estilizadas posibilidades que ofrece la IA para generar textos de todo tipo los seres humanos estamos terminado por aceptar la imposibilidad de discernir qué es o no escrito por nosotros. También es cierto que todavía hay atenuantes: usamos esas herramientas con ánimo crítico, evidenciando errores crasos e incluso nos mofamos de sus pobres logros, pero dentro de poco, quién lo creyera, parece inevitable que solo así podremos intentar, más o menos, dilucidar que surge de la imaginación humana y que no.
Otra de las cosas llamativas es justo esa, que la discusión inicial, al menos en las redes, se centró en desvirtuar el uso de detectores, no porque adviertan algún riesgo en hacerlo sino porque a juicio de muchos esa tecnología es aún incipiente. Más paradójico resulta como algunos internautas someten al escrutinio de Chat GPT -otra IA- el resultado del detector. Y aquí, como si lo anterior no fuera ya suficiente, empieza lo aterrador. GPT hace un análisis de por qué el detector falla, desnuda los errores de su “competidor” y concluye que no debería usarse para ello. El avance de estas tecnologías es tan vertiginoso que ahora entre ellas surgen los debates que antes eran exclusivos de los humanos. Mientras nosotros somos condescendientes con los usos y alcances de la IA ellas son críticas y buscan desarmar a sus competidores que por ahora son ellas mismas.
No se trata de ser calamitosos, no hay que olvidar que las transformaciones generan miedos, y que en el pasado grandes avances fueron rechazados y estigmatizados. Sin embargo, nunca antes los cambios parecían tener que ver tanto ni atravesar los territorios más íntimos de la condición humana. Siempre hubo fronteras, límites que demarcan el lugar de las máquinas y el de los humanos, y en ese escenario el pensamiento y el raciocinio siempre estuvo de nuestro lado. Lo cierto es que vivimos una revolución silenciosa que, poco a poco, va copando todos los espacios de nuestra cotidianidad ya no solo físicos sino mentales y mientras esto pasa la IA pareciera no tener más límites que buscar para sí características propias de quienes la crearon. Yo que suelo ser un pesimista acérrimo cuando escuchó hablar a mis amigos programadores, que de alguna manera son los encargados de liderar entender esta nueva época, quedó con la sensación de ser un optimista, así de incierto es para ellos el panorama. Qué viene nadie lo sabe, pero si hay señales nos advierten sobre ciertos peligros, sobre ciertos caminos que sería mejor no transitar.
La buena literatura suele ser anticipación y constatación. Todos los que alguna vez nos hemos enamorado, cuando leemos el Rojo y Negro de Stendhal, entendemos y nos identificamos en ese héroe trágico que es Julián Sorel porque ya hemos transitado ese camino que las letras nos constatan. Y cuando leemos El Aleph y sabemos que Borges imaginó y creó semejante artificio en 1945 y que, luego en 1998 ese Aleph fue real y se llamó Google, entendemos que la literatura también puede ser anticipación. Y ni qué decir de autores como Huxley, Orwell, Asimov, Piliph K. Dick, Ballard que, con sus ficciones, no solo anticiparon, sino que diseñaron el futuro, trazaron el mapa de este presente distópico que nos agobia. Entonces, surge de nuevo Pierre Menard, y la pregunta que se torna inevitable ante el hallazgo de Carrión es ¿Y si todo esto no es un error producto de una tecnología en desarrollo? ¿Si el algoritmo cree que, al repetir palabra a palabra Cien años de soledad es el autor? De ser así nos adentraríamos en territorios aún más desconocidos y estaríamos ad portas de enfrentar uno de los mayores retos como especie que hemos tenido nunca. En Blade Runner, la película de Ridley Scott, basada en un cuento de Philip K. Dick, los replicantes son robots fabricados en laboratorios, idénticos a los humanos, para desarrollar tareas peligrosas o que los humanos consideran indignas. Todo marchaba muy bien hasta que los replicantes se salen de control, la razón: de pronto se han dado cuenta de que tienen sentimientos y le temen a la muerte. Es decir, porque, a su entender, además de parecer humanos tienen las cualidades que no deberían tener, se han han vuelto humanos.
¿Es este nuestro siguiente paso? Si la IA empieza a endilgarse nuestras grandes creaciones y obras, si el algoritmo se adueña de ellas y las reescribe en una matriz, palabra a palabra, ¿quién será en realidad el autor de Cien años de soledad? Más aún, si las máquinas adquieren esa creencia, si deciden ser Pierre Menard y creer que pueden inventarnos de nuevo a todos, a los humanos, al planeta ¿quién será el creador ya no de una obra sino de la vida, tal como lo conocemos? Visto así el título de este artículo no debería ser una pregunta sino quizá una afirmación: Chat GPT, autor de Cien años de soledad.





