Gratitud

Por: Opinión
6 diciembre, 2025
Francisco Pulgarin
Por: Francisco Pulgarín. Médico, escritor, productor y guionista.

Tenía casi listo este artículo que, si mis cuentas no me engañan, debería ser el último del año, llevaba un par de semanas escribiéndolo, consultando, recordando. Después de mucho pensarlo, de sopesar temas, me había decantado por uno que, por muchas razones, es bastante cercano a mis afectos: los 80 años del nacimiento de Raúl Gómez Jattin. El tema surgió a propósito del lanzamiento de un libro sobre él en la Biblioteca Pública Piloto, que el poeta Orlando Gallo había moderado. El artículo está escrito, es una mezcla de recuerdos sobre ese inmenso poeta que fue Jattin, y más que nada sobre mi vida en la Medellín de los noventa, atravesada por el ajedrez y rodeada de jugadores -poetas- desmesurados que, a su modo y bajo su responsabilidad se jugaron su vida porque, de todos modos, la tenían perdida.

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Sin embargo, la vida casi nunca avanza en línea recta, sus derroteros son sinuosos, y muchas veces marcan caminos insospechados. El caos es la norma que se impone por más que pensemos lo contrario. Quiso el azar que mientras miraba redes sociales encontrara algo, y de pronto tuviera la certeza de que el artículo que debía publicar ya no era ese, el de Jattin y los ajedrecistas, sino otro, uno diferente del que incluso lo único que tenía era el título. Me levanté entonces, al filo de la medianoche, y empecé a escribir como un autómata un nuevo texto que, surgió sin contratiempos, dócil y fiero, y se impuso, como debió ser siempre, para ser publicado justo hoy seis de diciembre. Ese artículo es el que usted tiene ante sus ojos y lee en este momento. ¿Qué sucedió? ¿Qué pudo pasar para que me levantara tarde en la noche y, de un momento a otro, aplazara un escrito de 2500 palabras, con el que había luchado durante casi 15 días? Mucho o nada, según se mire. Sin embargo, entre más avanzo más tengo la certeza de que ameritaba hacerlo.

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Lo que ocurrió a simple vista parece simple. Antes de acostarme leí en X una noticia que me llamó la atención: la nieta de John F. Kennedy, Tatiana Schlossberg, a sus 35 años, había confesado (no sé qué tan apropiado sea el verbo) que padecía una enfermedad terminal y le quedaba un año de vida. Este tipo de historias siempre logran captar mi atención. Leí un par de veces el encabezado. Dudé. No tenía claro si la noticia era reciente, porque, entre otras cosas, estaba atada a temas subsidiarios: fotos de John F. Kennedy, la desgraciada vida de tan afamada dinastía, el asesinato del abuelo y del hermano de éste, la prematura muerte de su tío John mientras piloteaba una avioneta, y por supuesto remataba con su terrible anuncio. Bastó una búsqueda sencilla para confirmar que, la noticia no solo era actual, sino que Tatiana, la protagonista, había escrito un largo artículo sobre su padecimiento. En este incluía además algunas reflexiones sobre el deterioro del sistema de salud norteamericano, comandado por su tío, sobre la familia y, claro, sobre los miedos que la asaltaban al tener que aceptar, contra todo pronóstico, que su vida comenzaba a apagarse. El artículo está atravesado por una nostalgia sutil y despiadada, se llama “Una batalla con mi sangre” y apareció hace un par de semanas en la prestigiosa revista The New Yorker.

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Comencé a leerlo entre temeroso e intrigado. Cuando diagnosticaron a mi madre con cáncer acababa de terminar Ordesa, de Manuel Vilas; y un año antes, mientras leía La invención de la soledad, de Paul Auster, Leo, mi padre, sufrió un accidente cerebrovascular que lo tuvo al borde de la muerte. Tengo entonces ciertas cábalas, temores que la vida ha sembrado en mí y de los que trato en vano de huir. El escrito de Schlossberg golpea desde el comienzo: “Cuando te estás muriendo, al menos en mi limitada experiencia, empiezas a recordarlo todo”. Lo impactante de esta frase es que quizá al no tener aspiraciones literarias de ninguna índole la autora, intuitiva y parca, apunta sin eufemismo al que es el tema medular de su drama: si sabemos poco de cómo vivir, mucho menos, estamos preparados para morir y, por ende, no tenemos más la mínima idea de la manera de sobrellevarlo. Nadie tiene experiencia frente a la propia muerte, sin embargo, lo que sí es seguro es que a quien enfrenta una enfermedad terminal, el proceso poco a poco lo convertirá en un experto. Y, luego de mencionar algunos recuerdos que la cercan, Schlossberg, remata ese primer párrafo con la lucidez brutal de quien se sabe vulnerada:

“Tal vez mi cerebro esté reproduciendo mi vida ahora porque tengo un diagnóstico terminal, y todos estos recuerdos se perderán. Tal vez sea porque no me queda mucho tiempo para crear otros nuevos, y alguna parte de mí está revisando el pasado”.

Tener conciencia de que se va morir es revisar la vida, volver sobre lo que hizo, acaso, para tener una idea de qué nos ha quedado faltando por hacer o por corregir. Eso es lo que logran las enfermedades terminales: dan una perspectiva de la vida inédita, llegan y nos confrontan con nuestra propia fragilidad.

Terminé esas pocas líneas iniciales, sin aliento, aparté la mirada de la tableta y ya, desde ese momento, sabía que para el 6 de diciembre debía y tenía que escribir otro artículo. Me levanté abrumado, no me atreví a continuar leyendo. Lo único que tenía claro era el título, que lo demás fluyera. Empecé entonces a escribir sin brújula, guiado por la urgencia y la desolación, conmovido ante el dolor de los demás. Más preciso sería decir ante el dolor de Tatiana Schlossberg, un dolor que de tantas formas conocía y que, de una u otra forma, había sido el de mi madre, un dolor que resuena con fuerza en mis días.

Buenos Aires Viceversa. Capítulo final. – Vivir en El Poblado

Mi madre murió de cáncer de pulmón el 4 de octubre de 2019. Acababa de cumplir 66 años, y el quedaba mucho por delante, al menos eso siempre fue lo que supuse. Escribí un libro, 232 días, contando el proceso de su muerte y mi propia desgarradura, supongo que, como una forma de ajustar cuentas, de cerrar el círculo, de afrontar el duelo, la rabia y la impotencia. Sin embargo, cuando alguien así muere tan pronto, más aún, cuando no has dimensionado nunca que esa persona puede morir, y te das cuenta de golpe de que una palabra -cáncer- puede cambiar tu vida para siempre, cuando entiendes que tu madre, tu ídolo, es mortal, siempre quedan cosas por decir, asuntos pendientes, remordimientos con los que lidiar. Quien se queda carga con la pena de tener que seguir, y de tantas cosas no dichas, no hechas.

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Hace exacto un año, en su cumpleaños número 87 a Leo le diagnosticaron un cáncer de colon en un estadio temprano. El dilema era someterlo a una cirugía en apariencia simple, pero que sabía, de mi escaso ejercicio de la medicina que, por su edad, estaba llena de riesgos. Optamos (optó Leo) por la cirugía, de otro modo, el panorama era sombrío: metástasis, dolores y, a lo sumo, seis meses de vida. Antes de someterse al tratamiento, traté de postergar lo más que se pudo, ganaba tiempo para hacer algunas cosas que creía necesarias: celebrar su cumpleaños, algunas comidas que a él le gustaban, abrazarnos y, hasta cierto punto, despedirnos. Estuvo bien hacerlo, la que debió ser una estancia hospitalaria breve se prolongó por un mes. Todo lo que se podía complicar se complicó, el resultado varias cirugías, desvelos, UCIs, semanas difíciles en las que los médicos llegaron a desahuciarlo. Pero al final Leo salió avante, cansado, pero vivo, que a fin de cuentas es lo que importaba. Ocurre con frecuencia que al tener a quienes amamos a nuestro lado, los trajines del día a día nos hacen olvidar el milagro de felicidad que ese simple hecho implica. Después de que Leo salió del hospital me prometí no olvidar eso nunca, aprovechar y celebrar su presencia.  

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A un año de la cirugía Leo va bien. Entre los dos hemos aprendido a hacer de las horas muertas reconciliaciones mutuas, compartimos y disfrutamos silencios. A veces, muy pocas, Leo se queja, no por él, por mí, le duele sentir que pierdo mi tiempo en función suya; se amarga al saber que todas las noches, esté donde esté, salgo para, antes de las nueve, llegar a la casa y arreglarlo; siente pena, piensa que tal vez hubiera sido mejor morir. Yo, solo atino a abrazarlo, es mi forma de contradecirlo. Después de todo, donde él cree que pierdo solo veo ganancias, donde él ve sacrificios yo veo calma. Sé que la vida me dio con Leo la segunda oportunidad que no tuve con mi madre. Un extratiempo para disfrutar de su presencia, de sus días, que no quiero desaprovechar.

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Ahora creo que, en parte, esa era la reticencia a terminar de leer el artículo de Tatiana Schlossberg, a veces esas cábalas que tanto me pesan también señalan el camino para derrumbarlas. Escribí este artículo y terminé el de ella en tres momentos paralelos, a lo largo también de tres días, que hoy pienso marcaron cierta resurrección: dejaba que el dolor de ella removiera el mío y, de alguna manera, diera las coordenadas para seguir. Cada dolor es único, pero también es cierto, que cada duelo, a su modo, repite todos los duelos que ha habido y los que habrá. Miedos que se comparten, espejos en los que nos vemos y en esa repetición de manera misteriosa se alivian cargas: cuando Tatiana dice que al enterarse de su pronóstico lo primero que pensó es que sus hijos no la iban a recordar, pensé que cuando Edilma, mi madre, murió, mi primer miedo fue olvidar su rostro, por eso todos los días al despertar y al acostarme recuerdo su último rostro, lo fijo en la memoria para que no desaparezca nunca. Y quizá ese mismo temor fue el germen que me llevó a entender que el artículo que debía escribir, era este: uno para celebrar el cumpleaños de Leo que, justo hoy 6 de diciembre, cumple 88 años. Debía escribir para combatir el olvido, para felicitarlo y decirle, una vez más, que lo quiero, pero, más que nada, para agradecerle que siga aquí, y que con su presencia haya hecho más llevadera nuestra vida sin mi madre. Para agradecerle, en fin, por permitirme acompañarlo, y por cuidar de mí, aunque él crea que es todo lo contrario. Tener a quien amar es un regalo inmenso, por eso desde un comienzo tuve claro cuál debía ser el título para esta nueva columna: gratitud. Y por eso hoy, mientras usted lee esto, él y yo vamos a estar por ahí, decididos a no dejar de hacer ni de decir nada, a saldar las cuentas pendientes, a hacer de la vida, hasta el último momento, una celebración.

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