El liderazgo que necesita Colombia

Más allá de quién ocupe la Presidencia, "Colombia necesita un liderazgo capaz de escuchar, construir confianza, pensar a largo plazo y poner a las personas en el centro", expresa
Por: Opinión
12 agosto, 2026
Daisy Tamayo
Por: Deisy Viviana Tamayo Valbuena. Comunicadora social y líder de innovación para el bienestar. Integra gestión de proyectos y comunicación estratégica para transformar realidades.

Cuando un nuevo presidente se posesiona, millones de colombianos proyectan sobre una sola persona sus esperanzas, sus frustraciones y hasta sus miedos. Durante los primeros días parece que el futuro del país cabrá en un discurso, una banda presidencial y una fotografía. Pero luego, Colombia despierta con los mismos desafíos de siempre: la desconfianza, la polarización, la sensación de que cada cuatro años volvemos a empezar de cero.

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Quizá llevamos décadas haciéndonos la pregunta equivocada. No es solo quién lidera Colombia. Es qué tipo de liderazgo necesita Colombia.

Hay al menos cuatro características que valdría la pena exigir, sin importar de dónde venga quien las encarne.

La primera es un liderazgo que escucha antes de decidir. No para complacer a todos —eso es imposible y, francamente, indeseable—, sino para comprender mejor el problema antes de resolverlo. Un país tan diverso como el nuestro no se gobierna bien desde el monólogo.

La segunda es un liderazgo que construye confianza. La confianza reduce conflictos, facilita acuerdos y fortalece las instituciones; sin ella, hasta las mejores políticas fracasan en la implementación. No es casualidad que Finlandia figure de manera constante entre los países con mayores niveles de confianza institucional. Allí la transparencia y la consistencia se entienden como parte del liderazgo, no como un complemento opcional que se activa en campaña y se apaga en el gobierno.

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La tercera es un liderazgo con visión de largo plazo. Aquí vale la pena mirar a Singapur, no porque sea un modelo perfecto ni fácilmente trasplantable, sino porque demuestra que algunos proyectos nacionales requieren décadas para consolidarse. Las mejores decisiones no siempre producen aplausos inmediatos. Algunas producen resultados diez o veinte años después, mucho más allá del periodo de quien las tomó. Un liderazgo que solo piensa en la próxima encuesta rara vez construye algo que perdure.

La cuarta es un liderazgo que pone a las personas en el centro. Nueva Zelanda tampoco es un país ideal, pero ha insistido en una idea que seguimos posponiendo: medir el éxito de una nación también por el bienestar de su gente, no únicamente por indicadores macroeconómicos. Esa mirada debería importarnos especialmente a quienes trabajamos todos los días pensando en las personas antes que en las cifras.

Vale la pena decirlo con claridad: estas cuatro cualidades no son propiedad exclusiva de quien ocupa la Presidencia. Se ejercen —o se descuidan— todos los días, con o sin cargo, en cada rol que cumplimos: al frente de un equipo, de una familia, de un salón de clase, de un negocio propio. Liderar no depende de un puesto; depende de una decisión que tomamos constantemente sobre cómo tratamos a los demás, cómo cumplimos lo que prometemos y cómo actuamos cuando nadie nos está midiendo. Un país no cambia solo porque cambie quien lo gobierna. Cambia cuando quienes lo habitamos empezamos a liderar mejor nuestra propia esfera de influencia, por pequeña que parezca.

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Y aquí está el corazón del asunto. No preguntemos solo qué debería hacer el próximo presidente. Preguntemos qué deberíamos exigir como sociedad. Tal vez el reto más importante del próximo gobierno no sea demostrar quién tiene la razón, sino lograr que más colombianos vuelvan a confiar en las instituciones, en los acuerdos y en la posibilidad de construir un propósito común.

Dentro de algunos años pocos recordarán el discurso de una posesión presidencial. Lo que sí recordaremos será si ese periodo logró sembrar algo más difícil que una reforma o una obra: confianza. Porque los países no se transforman únicamente cuando cambia un gobierno; se transforman cuando cambia la forma de liderar.

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