Cada vez recibimos más adultos que llegan a consulta preguntándose si tienen TDAH. Diagnosticarlo a los 30, 40 o 50 años es posible. Lo que no se puede hacer, es asumir que apareció a esa edad.
Para diagnosticar TDAH en un adulto necesitamos encontrar evidencia de que varios de los síntomas ya estaban presentes antes de los 12 años. Eso no significa que la persona tuviera que haber recibido un diagnóstico cuando era niña. Muchas no lo recibieron.
Significa que, cuando reconstruimos su historia, ya existían señales: olvidos frecuentes, dificultad para organizarse, manejo del tiempo (llegar tarde a todas partes, demorarse más en cosas sencillas perdiendo la noción del tiempo), problemas para terminar tareas, impulsividad, necesidad constante de supervisión o un esfuerzo desproporcionado para cumplir con lo que se esperaba.
Por eso una evaluación de TDAH adulto se parece mucho más a reconstruir una historia que a responder un cuestionario.
Les voy a contar un ejemplo (reconstituido por supuesto):
- Camila tiene 38 años, es abogada y llegó a consulta después de su tercer cambio de trabajo en cuatro años. Puede rendir muy bien cuando tiene una fecha de entrega encima, pero pierde tardes enteras saltando entre tareas cuando nadie le marca una estructura. Su pregunta era bastante concreta: quería saber si esto tenía una explicación o si simplemente era desorganizada.
¿Qué creemos que pasó? Durante la infancia y la adolescencia vivimos rodeados de estructura.
El colegio organiza los horarios. Los plazos suelen ser cortos y específicos (usamos muchas herramientas de planeación obligatorias). Alguien revisa la agenda, o nos recuerda una entrega o nos pregunta si ya hicimos la tarea. Tenemos la famosa entrega de calificaciones que evalúa de forma puntual y específica cómo vamos etc.
Ese apoyo externo puede compensar durante años algunas de las dificultades del TDAH. Pero, después cambian las exigencias. Llegan la universidad, el trabajo, los
proyectos que duran meses, las cuentas, las citas, una casa que administrar y, muchas veces, los hijos. Ya no hay alguien recordando qué sigue.
Y ahí empiezan a hacerse más visibles dificultades en lo que llamamos funciones ejecutivas: las habilidades que usamos para planear, organizar, priorizar, controlar impulsos, recordar lo que tenemos pendiente y mantenernos trabajando hacia una meta.
Por eso muchos adultos no llegan diciendo:
“Tengo problemas de atención”.
Llegan porque procrastinan hasta que todo se vuelve urgente. Porque olvidan compromisos. Porque empiezan muchas cosas y terminan pocas. Porque necesitan una presión enorme para funcionar. O porque están agotados de sostener con esfuerzo consciente tareas cotidianas que a otras personas parecen costarles menos. También vemos muchos compromisos a nivel de pareja, pues la intimidad revela muchas de esas dificultades y son costosas para quien las vive a su lado.
Tener buenos resultados académicos tampoco descarta un TDAH.
Uno de los seguimientos más largos realizados en personas diagnosticadas con TDAH en la infancia, el estudio MTA, encontró que solo una pequeña proporción dejó de presentar síntomas de manera estable con el paso de los años. En la mayoría, los síntomas fluctuaron: hubo etapas mejores y otras en las que las dificultades volvieron a hacerse evidentes. Eso es importante porque una época de buen funcionamiento no borra la historia anterior.
Y una crisis a los 35 años tampoco significa necesariamente que el TDAH haya aparecido a los 35.
Los estudios internacionales estiman que alrededor del 2,5 % de los adultos tiene un TDAH que comenzó en la infancia y continúa generando síntomas en la vida adulta. Esto es entonces lo que revisamos al hacer la impresión diagnóstica.
En Growth realizamos una evaluación que llamamos Neuromap. La desarrollamos porque para entender cómo funciona una persona no basta con saber cuánto puntúa en una prueba o cuántos síntomas marca en un cuestionario. El Neuromap busca construir un mapa mucho más completo de su funcionamiento.
Empezamos por la historia
Queremos saber cómo era esa persona cuando era niña, cómo estudiaba, cuánto acompañamiento necesitaba para cumplir, si perdía cosas, olvidaba instrucciones, dejaba tareas para el último momento o necesitaba una presión enorme para ponerse
en marcha. Cuando es posible revisamos calificaciones, reportes escolares, evaluaciones anteriores y hablamos con personas que conocieron al paciente durante esa etapa.
Después contrastamos esa historia con lo que ocurre hoy. No nos interesa únicamente cómo se siente la persona frente a su atención. Queremos entender cómo funciona en distintos contextos: qué pasa en el trabajo, en la casa, en las relaciones, con el manejo del dinero, los horarios, las citas, las tareas largas o las responsabilidades cotidianas.
A veces la persona siente que “todo le cuesta”, pero su pareja, sus padres o incluso sus compañeros de trabajo nos permiten ver otros aspectos de ese funcionamiento. También hacemos entrevistas clínicas profundas y utilizamos pruebas y cuestionarios cuando son necesarios. Pero ninguna prueba aislada decide el diagnóstico. Las pruebas son una pieza más dentro de una historia mucho más grande.
Otro punto fundamental es buscar otras explicaciones. Dormir mal puede afectar la atención. La ansiedad puede hacer que una persona no logre concentrarse porque su cabeza está ocupada anticipando problemas. La depresión puede disminuir la energía y la capacidad para iniciar tareas. Algunas condiciones médicas, ciertos medicamentos o el consumo de sustancias también pueden producir dificultades parecidas.
Y, por supuesto, pueden coexistir. Una persona puede tener TDAH y ansiedad. TDAH y depresión. TDAH y problemas de sueño. El objetivo de una buena evaluación no es escoger rápidamente una etiqueta, sino entender qué está aportando cada cosa a las dificultades que vemos.
Finalmente, intentamos responder una pregunta que para mí es incluso más importante que el nombre del diagnóstico:
¿Qué hacemos con esta información? El resultado del Neuromap no busca quedarse en “tiene o no tiene TDAH”.
Buscamos identificar fortalezas, dificultades y condiciones del entorno para diseñar las estrategias posteriores: qué necesita cambiar la persona, qué puede modificarse en el ambiente y qué tipo de tratamiento o acompañamiento tiene sentido para ese perfil particular.
Esta manera de evaluar ha sido también parte de los intercambios académicos que hemos tenido fuera de Colombia. Desde Growth fuimos invitados a Boston Children’s Hospital y a la Universidad de Harvard a presentar esta forma de evaluación y conversar sobre su utilidad para comprender mejor el funcionamiento de cada paciente y diseñar intervenciones posteriores mucho más individualizadas.
Para nosotros ese es precisamente su valor. Evaluar no debería ser únicamente ponerle nombre a lo que ocurre. Debería ayudarnos a decidir qué hacer después.
Hay una población en la que hemos puesto especial atención: las mujeres
A medida que empezamos a evaluar más adultos, hubo un grupo que comenzó a repetirse en consulta. Mujeres de treinta, cuarenta o incluso más años que habían estudiado, trabajado, construido familias y cumplido con muchísimas responsabilidades, pero que describían haberlo hecho durante años a un costo enorme.
Muchas llegan diciendo algo parecido: “Nadie pensaría que tengo TDAH porque siempre me fue bien”.
Y justamente ahí está parte del problema. Durante mucho tiempo identificamos con mayor facilidad al niño que se levanta constantemente del puesto, habla sin esperar su turno, interrumpe la clase o actúa impulsivamente. Es una forma de TDAH que se ve. En muchas niñas, en cambio, predominan dificultades menos visibles. Pueden distraerse, perderse en sus pensamientos, olvidar instrucciones, demorarse muchísimo haciendo una tarea o necesitar un esfuerzo desproporcionado para organizarse, pero sin generar necesariamente un problema de comportamiento en el salón. Entonces pasan más fácilmente desapercibidas.
Además, algunas aprenden muy temprano a compensar. Se vuelven las niñas que anotan absolutamente todo, revisan varias veces, estudian durante muchas más horas, necesitan tener todo bajo control o esperan hasta que la presión del último momento las obliga a funcionar. Desde afuera pueden verse responsables e incluso muy organizadas. Lo que no siempre vemos es cuánto esfuerzo necesitan para conseguirlo.
Por eso en Growth hemos puesto especial atención en reconocer cómo puede verse el TDAH en mujeres adultas. No porque exista un “TDAH femenino” diferente, sino porque la forma en que se manifiestan los síntomas, las expectativas sociales y las estrategias que muchas mujeres desarrollan para compensarlos pueden hacer que el problema sea identificado mucho más tarde. La literatura científica ha descrito esta diferencia.
En promedio, las niñas con TDAH presentan menos conductas hiperactivas o disruptivas que llamen rápidamente la atención de los adultos y pueden presentar con mayor frecuencia dificultades de atención que son menos visibles en el salón de clase.
En Colombia también tenemos antecedentes interesantes. Un estudio realizado en Sabaneta hace más de veinte años encontró TDAH con mayor frecuencia en niños que en niñas. Es un estudio antiguo y no nos permite estimar lo que ocurre hoy en Colombia, pero refleja algo que también se ha documentado internacionalmente:
durante la infancia, las niñas han sido menos identificadas. Muchas de las mujeres que llegan hoy a consulta también tienen antecedentes de ansiedad o depresión.
Un diagnóstico de TDAH a los 38 años no cambia lo que pasó antes. Pero sí puede cambiar la explicación de lo que pasó y, sobre todo, lo que una persona decide hacer a partir de ahí.
Más adelante hablaremos de intervenciones y estrategias.




