Ayer, por un instante, la vida se paralizó y el miedo se apoderó de nosotros. Esa metáfora que usualmente utilizan los expertos en salud mental para explicar emociones como la ansiedad y el estrés, donde el hombre primitivo, perseguido por un tigre, utiliza el miedo para sobrevivir y protegerse, la vivimos directamente al sentir cómo la tierra se movía bajo nuestros pies.
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En Medellín, el pánico se apoderó de las personas. Los vecinos estaban aterrados y los niños en los colegios se encontraban lejos de sus padres; todos con el único pensamiento de estar a salvo. En cuanto las comunicaciones lo permitieron, los teléfonos se llenaron de mensajes y llamadas preguntando por el bienestar de los seres queridos. Desafortunadamente, en muchas regiones de Colombia, la respuesta a esa pregunta traería noticias negativas: muertes, desaparecidos y daños materiales incalculables. No obstante, la humanidad y caridad de los colombianos se hizo presente de inmediato; muchas personas se volcaron a ayudar, en medio del caos, a quienes no aparecían o necesitaban apoyo urgente.
Esto nos demuestra, una vez más, que la vida es frágil. Podemos tener todo planeado y resuelto, pero en menos de un minuto, todos esos planes pueden derrumbarse. Es en esos momentos cuando recordamos que, tal vez, nuestra última conversación con alguien amado fue desafortunada o que omitimos un beso de despedida. Se nos olvida preguntarle al otro de manera permanente: “¿cómo estás?”, “¿necesitas ayuda?”, “¿qué puedo hacer por ti?”. Muchas veces, esa empatía solo llega ante el riesgo inminente de perderlo todo.
Pero, ¿por qué esperar a que llegue el desastre? ¿Por qué no hacerlo siempre? ¿Por qué no dar ese beso antes de irnos o decir lo mucho que amamos cuando aún hay tiempo?
Espero de corazón que las personas que lo perdieron todo, o que perdieron a sus seres queridos, encuentren la esperanza necesaria para salir adelante. Y espero que para todos aquellos que, como yo, no sufrimos consecuencias más allá del susto, esta experiencia nos sirva para ser conscientes de la fragilidad de nuestra existencia y no nos guardemos nunca más un beso ni un “te amo”.
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