El lunes 10 de agosto, Colombia volvió a mirar hacia el Chocó. Un fuerte sismo sacudió buena parte del país y tuvo su epicentro en este departamento, encendiendo de nuevo las alertas nacionales. Durante unas horas, las pantallas y las conversaciones se volcaron sobre un territorio que muchas veces parece caber en la agenda del país solo cuando ocurre una tragedia.
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Un mes antes, esos mismos ojos habían estado allí por otra razón igual de devastadora. La madrugada del viernes 10 de julio el barrio Pablo Sexto de Quibdó se convirtió en una trampa de humo y llamas. El fuego avanzó velozmente entre casas de madera levantadas sobre el cauce de la quebrada La Yesca, dejando una estela dolorosa: la muerte de María Plácida Palacios y su nieto, Yeison Smith Moreno, y 48 familias que lo perdieron absolutamente todo.
Con el incendio ocurrió el ciclo de siempre: cubrimientos intensos durante las primeras 72 horas y, después, el silencio. Los medios y las redes sociales funcionan con la velocidad del acelerador algorítmico, convirtiendo las emergencias en tendencias de fin de semana que se desvanecen rápido del feed. Pero el verdadero problema no es solo la fugacidad de nuestra atención, sino la profunda vulnerabilidad estructural que hay detrás.
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Las cifras revelan la grieta de la desigualdad. En 2025, según el DANE, Quibdó registró un 61,7 % de pobreza monetaria, mientras que Medellín reportó un 16,7 %. Esa distancia numérica explica por qué una emergencia en el Chocó es infinitamente más destructiva. Con una infraestructura precaria, una capacidad de reacción local limitada y presupuestos locales insuficientes, las comunidades quedan desprotegidas ante la adversidad. Las casas de Pablo Sexto no se quemaron por azar; lo hicieron porque la falta de oportunidades las arrinconó en la informalidad de una ladera peligrosa. Tras el incendio, el Comité de Gestión del Riesgo determinó que el terreno no es apto para reconstruir; esas familias necesitan reasentamiento urgente, y semanas después, siguen esperando una respuesta del Gobierno Nacional.
Esta columna no busca contabilizar frustraciones, sino sacudirnos la apatía. La solidaridad no puede ser un impulso efímero que se apaga cuando cambian los titulares; tiene que convertirse en una decisión permanente de país. El Chocó nos necesita con los brazos abiertos y las manos dispuestas mucho antes de que la naturaleza vuelva a ensañarse. Hoy tenemos la oportunidad de aportar un poco para cambiar esa realidad y tender la mano desde la esperanza.
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Una noche por Chocó es un encuentro solidario convocado por Sankofa Danzafro, ONE Inversión Social, Presentes Corporación y La Pascasia para movilizar recursos y apoyo hacia las familias afectadas por las recientes emergencias en el departamento. La cita es el martes 25 de agosto a las 7:00 p. m. en La Pascasia (Calle 47 # 43-88, La Candelaria, Medellín), con presentaciones artísticas y una conversación con invitados especiales. La entrada es con aporte voluntario. Quienes no puedan acompañar también pueden sumarse desde Colombia o desde el exterior mediante una donación, o adquiriendo una de las obras del fotógrafo documental Jeison Riascos, más conocido como El Murcy. La información para participar y contribuir está disponible aquí.
Los recursos recaudados serán destinados a apoyar a familias chocoanas que lo han perdido todo y que hoy necesitan respuestas concretas y oportunas.
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Quibdó no puede seguir siendo la capital del olvido. Es una tierra que ha demostrado una resiliencia infinita y que hoy nos convoca a hacer que el viento sople a favor. Demostremos que Chocó nos importa siempre, porque aquí la solidaridad y la acción no son una metáfora, son una necesidad urgente.




