Todos los días hago un repaso de las noticias y los reportes del sector social y, en esa búsqueda, me encontré un boletín que efectivamente no era periodismo pero sí un análisis semanal para donantes y agencias de cooperación; de esos que circulan entre quienes trabajamos en el tema. Lo abrí buscando datos, pero me atrapó el tono.
Hablaba con una serenidad desconcertante del terremoto que sacudió el norte de Venezuela el 24 de junio y que hasta hoy nos deja más de 3.500 muertos, miles de damnificados y un número de desaparecidos y afectados que la burocracia apenas intenta tabular. La catástrofe, decía el boletín “actúa como un imán que reconfigura los flujos de ayuda”. Aconsejaba a las organizaciones que no hacen atención humanitaria “posponer los lanzamientos de convocatorias” y “realinear las narrativas”. El desastre aparecía traducido en términos de “cuellos de botella, palancas y activos”. Un país partido, golpeado por la que es tal vez su peor tragedia, se leía como un titular de mercado.
Y lo más incómodo no fue el cinismo ajeno. Fue reconocerme. Porque ese también es mi vocabulario. Yo hablo de flujos, de sostenibilidad, de estructurar recursos. La filantropía estratégica, la misma que defiendo y creo necesaria, tiene un lenguaje técnico y ese vocabulario sirve porque ordena, mide y evita el despilfarro del buen corazón mal dirigido. Pero también esconde un riesgo que casi nunca confesamos: puede volverse tan eficiente que termina enterrando aquello que dice querer salvar.
Cuando un muerto se convierte en un dato, y el dato en una variable, y la variable en una oportunidad de posicionamiento, algo se rompió en el camino, porque debajo de cada “cuello de botella” hay una madre buscando a su hijo entre el concreto. Debajo de cada “flujo redirigido” hay un proyecto que llevaba años tejiendo confianza en un barrio y que hoy espera que el mundo vuelva a mirarlo.
He aprendido, probablemente a la fuerza, que la transformación social nunca ha sido terreno plano. En ONE Inversión Social lo comprobamos a diario: los cambios que valen la pena no caben en un trimestre ni en un titular, y muchas veces no lucen en un informe. Se parecen más a la paciencia que a la eficiencia. Por eso me inquieta cuando lo técnico se queda solo, sin ternura, sin emociones, sin sentimientos, como otra forma de indiferencia.
No propongo renunciar al rigor. Propongo algo más difícil: sostener los dos lenguajes al tiempo. Que el lenguaje del análisis no acalle el de la dignidad. Que cuando digamos “activo comunitario” no olvidemos que hablamos de la casa donde alguien guarda sus esperanzas. Que la palabra “resiliencia”, tan de moda en nuestras propuestas, no sea un adorno sino la descripción exacta de una vecina que vuelve a empezar.
El boletín cerraba aconsejando “aprovechar la coyuntura”. Yo considero que la coyuntura no se aprovecha: se acompaña. Y acompañar empieza por una decisión de lenguaje, porque las palabras con las que nombramos una tragedia son ya, en sí mismas, una manera de responder a ella.
Los escombros no necesitan palancas, necesitan manos. Y las manos también escuchan.





