Vi, hace algunos años ya, Los Meyerowitz: la familia no se elige, el décimo largometraje Noah Baumbach, con una sensación agridulce. Supe, en particular de esta película y, en general, del cine del autor neoyorquino, gracias a un amigo con el que suelo reunirme cada tanto para discutir de esa pasión compartida que son la literatura y el cine. Nos gusta competir, un poco como niños, por quién ha leído o vistomás libros, más películas. Lo hacemos basados en un ejercicio simple y práctico: sustentamos nuestros argumentos en datos, cifras, esto es, nuestras discusiones casi siempre las gana el que recuerde más fechas, premios, actores, películas y directores. Insistimos en abrumar al otro con datos, nos gusta ese método un tanto feroz, aunque somos conscientes de que cada vez tiene menos piso. Es claro que hoy su utilidad se limita a inflar nuestra vanidad porque el Aleph con el que soñó Borges ha llegado y la web parece tener todo, saberlo todo, y competir con ella, además de absurdo, es imposible.
En fin, esa tarde, mientras traíamos a colación los que a nuestro juicio eran los grandes directores norteamericanos de las últimas dos décadas, mi amigo mencionó a Baumbach como la gran promesa-realidad del cine independiente americano. Reservó esa carta, como los buenos jugadores, para el final. Era su as bajo la manga, lo sacó con la seguridad de que así zanjaría la discusión y así fue. Luego, al notar mi asombro, pero más que nada, mi desconocimiento, no dudó en atacarme una y otra vez. Se explayó, entonces, con sevicia y maldad, en su filmografía, trajo argumentos y personajes, recordó escenas y diálogos memorables. En resumen, logró acorralarme, pues lo mío no era un olvido ni una omisión derivada de los estragos que el tiempo va dejando en mí: soy cada vez más consciente de que con los años cada vez es más frecuente olvidar nombres, trocar fechas, películas; lo que me ocurrió era un total desconocimiento, una ignorancia imperdonable, y gracias a ella quedé en franca desventaja ante mi amigo que no tuvo misericordia y me ganó por nocaut aquella vez.
Esa misma noche me documenté, investigué la filmografía, constaté que su última película era los Los Meyerowitz estrenada en el 2017 que había sido seleccionada ni más ni menos que en la competición oficial del prestigioso Festival de Cannes (lo cual hacía aún más imperdonable mi ignorancia), la segunda película en la historia de Netflix que lo hacía. La busqué en la plataforma y me dispuse a verla. Como mencioné, terminé la película, por un lado,deslumbrado con el cine del neoyorquino, cine coral, plagado de conflictos familiares, de diálogos hilarantes y feroces, deudor natural del mejor Woody Allen y de John Cassavetes. Viendo aquella historia era fácil aceptar a su director como un cineasta brillante que además encajaba a la perfección en esa generación de talentos extraños nacidos en el país del norte durante los años 60 y que, a la cabeza de nombres como Richard Linklater, Alexander Payne o Wes Anderson y de otros tantos, seguían dándonos a los cinéfilos, con cada nueva película, razones para descreer de ese pregón apocalíptico que amenaza, cada tanto, con la muerte del cine. De cualquier forma, llegar tarde a aquel cineasta era un golpe bajo, por eso me dispuse a buscar su filmografía y tratar de saldar aquella deuda, de llenar aquel vacío que atormentaba.
La mayoría de las películas de Baumbach estaban esparcidas por las diferentes plataformas, Filmin, Mubi y claro Netflix que lo había fichado como una más de sus contrataciones estrellas. Me puse al día rápido. Su filmografía, diez películas para la época, es irregular pero, sin duda, sobresaliente. Sus dramas desenfadados, de los que casi siempre es el guionista, dan la impresión de ser pequeños retratos generacionales basados en la propias vivencias del director, esto es, cine de autor en el mejor sentido de la palabra. Baumbach hace cine y escribe sus historias, basado en el personaje que más conoce: él mismo. Historias íntimas teñidas de amargura y desencanto, pero en los que hay también una luz para sus protagonistas, las luz del que,embarcado en la vida, entiende que debe seguir en ella y hacer todo para disfrutar del viaje. Desde ese momento Baumbach entró en la lista de directores que sigo, estoy siempre atento a sus proyectos, espero por sus nuevas películas, las veo sin falta el día del estreno (cuando las estrenan en cine), casi siempre con la certeza de que no me van a defraudar. Y es que, como señalé arriba, el camino de Baumbach había sido irregular, pero destacado. Por regla, sus películas han mantenido un cierto nivel de calidad que iba en ascenso. Así pasó hasta, creo yo, Historia de un matrimonio, el intenso drama protagonizado por Scarlett Johansson y Adam Driver, que daba cuenta de un derrumbe marital. Luego, vino Ruido de fondo, basado en un libro de Don DeLillo, que pasó sin pena ni gloria y empezaba a delinear el camino tomado por el director.
El 5 de diciembre de 2025 se estrenó en Netflix Jay Kelly, protagonizada por George Clooney y dirigida por Noah Baumbach. Venía precedida por haber estado en la selección oficial del Festival de Venecia, y aunque las críticas fueron desiguales, la vi ese mismo día. La historia del actor que se ve atrapado en el terror de tener que interpretar un papel todo el tiempo y desdibujarse él mismo en el camino -el tema de la identidad- siempre me ha parecido fascinante. Empecé a verla con cierta ilusión, pero a medida que la película avanza, de la mano de Clooney y a ratos de Adam Sandler, me preguntaba dónde estaba Baumbach. Con los grandes artistas, los grandes directores pasa que solo con ver una escena o, incluso, escuchar un diálogo basta para saber de quién se trata. Su oficio no consiste solo en hacer películas sino más bien en crear una estética, en inventar un mundo y plagarlo de sus miedos y obsesiones. Así ocurre con todos los grandes de Welles, pasando por Wilder, Coppola, Kurosawa, Kubrick, Lynch, Scorsese hasta Kar Wai, y eso solo por mencionar a un puñado. ¿Dónde estaba entonces Baumbach o sus rastros en esa película destemplada? Pensé mucho en ellos mientras pasaban escenas y situaciones absurdas, apenas hiladas por la presencia desangelada de Clooney. Y mientras lo hacía, distraído ya de la pantalla, encontré la clave, para entender a dónde había ido el director neoyorkino, en unas palabras que, tiempo atrás, me había dicho el mejor director de cine que ha dado este país.En efecto, alguna vez conversando con Víctor Gaviria, intrigado, le pregunté por qué nunca había hecho televisión, si sabía que ofrecimientos no le habían faltado y era un negocio más que lucrativo. Su respuesta, no me sorprendió, y de muchas formas era lo que esperaba. Para él la televisión era otro lenguaje, que respetaba, pero no era el suyo. Para construir sus películas necesitaba tiempo, meditar la historia, encontrar el ritmo, buscar la verdad, y no hacer concesiones que, en ese medio, son inevitables. No le interesaba someterse a ese ritmo tremendo de grabaciones y capítulos que se hacen casi de manera automática. Por eso prefería el cine así fuera más difícil y cada vez pareciera menos probable poder hacer una película.Aquella respuesta, llena de honestidad, es también una manifestación de principios y traza unas líneas que no se deberían traspasar. Esto es, el genio, cuando lo es, no se vende nunca, no tranza con el poder ni con el dinero,encuentra la manera de mantenerse firme en sus convicciones, de ser fiel hasta la muerte. Y es justo esa convicción íntima la que el cine deBaumbach, el ahora también guionista de Barbie, ha ido perdiendo en estos años hasta hacerlo naufragar.
Netflix es la compañía de entretenimiento más grande del mundo y, cuando se haga con Warner Bros, lo será aún más. Su reinado parece incuestionable e infinito. Sus ejecutivos supieron leer, mejor que nadie, los signos de los tiempos y, nos gusté o no, a hoy parecen ser los grandes vencedores. Han perfeccionado su algoritmo hasta el punto que saben, no que quiere ver el gran público, sino cómo moldear lo que ellos deciden hacer creer a su audiencia que quiere ver. Así pues, crean y organizan el deseo. Con una chequera infinita pueden seducir a casi cualquiera para que haga parte de su catálogo y funcione bajo sus criterios y postulados. ¿Hay entonces una estética Netflix? Claro que la hay y cada vez es más pobre. Apostar por lo seguro, en una industria tan cambiante, siempre traerá réditos en el corto plazo pero, a la postre, es una apuesta condenada al fracaso.
Netflix es víctima de Netflix, de su éxito, de su poderío incuestionable, justo como Jay Kelly la compañía ha quedado atrapada en su papel, al definir gustos ha terminado por morderse la cola a sí misma, por trazar límites, por restringirse. Y es paradójico que así sea porque fue apostar por todo lo contrario lo que permitió su ascenso. Es famosa la anécdota según la cual cuando decidieron dar el gran salto y empezar a producir su propio contenido con House of Cards dieron un presupuesto ilimitado y total libertad creativa a sus realizadores para desarrollar su producto. Hoy la chequera sigue abierta, pero la libertad creativa está atada al algoritmo. Noah Baumbach y su última película parecen hacer eco a esto, se les nota mucho el deseo de complacer al público, de darle un producto fácil de digerir en una tarde de domingo.
Hace una semana hablé con mi amigo. Discutimos de la cada vez más cansina temporada de premios, pero también de algunas películas estupendas que se colaron en la cartelera.Denigramos de Un poetay de El paseo 8, éxitos colombianos de nuestra cartelera, tan parecidas en lo esencial. Cuando llegamos a Jay Kelly y a Noah Baumbach estuvimos de acuerdo en afirmar que su película y él mismo son la prueba irrefutable de que, en un mundo lleno de tentaciones y de algoritmos, ser fiel hasta la muerte no es un destino que todos quieran elegir.





