¿Dónde paramos?
De la edición impresa (Edición 324)
Soy otra colombiana más que goza del privilegio de haber conocido el fenómeno político -único en el mundo- de aquello que yo llamo “costeño socializado”. Fue en el año 1998 que visité la radiante Cuba en plena temporada del mundial de fútbol transcurrido en Francia. Recuerdo que para la final (Francia versus Brasil) alquilé un taxi rumbo a las playas de Varadero en donde tenía reservaciones en un hotel para ver el partido en su bar con pantalla gigante y mojitos a granel. Mi pretensión de viajar en taxi desde La Habana hasta Varadero, obedeció a mi permanente espíritu de mecateadora sobre la ruta, encuéntreme en donde me encuentre. Se trataba de un recorrido de 2 horas aproximadamente; convencida de poder disfrutar en el camino de sorpresas culinarias revolucionarias, salí de mi hotel habanero sin desayunar, pues pensaba arrasar con todo lo que se me atravesara en el camino. Mi ingenuidad de pequeña burguesa hizo que llegase a mi destino con una avenita azucarada entre mis tripas y pare de contar. ¿Conclusión? Viajar por las carreteras de Cuba exige fiambre.
Cecilia Pérez
León Ruiz
Luego de años de estudio, dilaciones y vacilaciones, recibimos con agrado algunas decisiones claras y sencillas que buscan desembotellar, aunque sea levemente, el flujo vehicular en El Poblado. La mayoría de ellas se orienta a darle unidireccionalidad a las vías.
Las quebradas medellinenses arrastran en su corriente historias más o menos iguales: algún monstruo o aparición doliente habitó las noches de sus márgenes en los tiempos idílicos de las aguas cristalinas, y luego, menospreciadas por la arrogante vida industrial, acabaron convertidas en cloacas, canalizadas u ocultas bajo el asfalto. 
Joan Manuel Serrat