La versión VII del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana 2026 trae una novedad importante: un libro editado por la editorial de una universidad, más exactamente de la Institución Universitaria de Envigado, ha quedado entre los diez finalistas para recibir este importante reconocimiento.
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La corriente, de Alejandro Vega Carvajal, llegó a mis manos gracias al buen amigo Luis Miguel Rivas y a la universidad. Pude leerla y llegar hasta aquí para contar un poco sobre esta rareza. Como se ha reseñado en distintos espacios, se trata de una novela corta y experimental que relata sucesos ocurridos en diferentes lugares de Antioquia, especialmente en esa zona que desde Medellín llamamos el Oriente lejano: San Carlos, principalmente, pero también San Rafael, San Luis e incluso Guatapé.
Recuerdo que alguna vez un amigo, que recibió clases de Manuel Mejía Vallejo, me contó que este les insistía en la necesidad de escribir historias sobre Medellín, Antioquia y Colombia; decía que aún quedaban muchas cosas por contar. Tenía toda la razón. También, por fortuna, hoy son muchas las manos y las voces que se han dedicado a narrarlas: Gilmer Mesa, Luis Miguel Rivas, Juan Diego Mejía, Lina María Parra, Lorena Salazar Mazo, Santiago Gamboa, José Zuleta, Camilo Jiménez Estrada, Laura Restrepo, Laura Ortiz, Santiago Rodas y otros nombres más que quedan por fuera de esta lista.
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Pero no se trata de hacer una columna de nombres. Hay que acercarse a La corriente, de Alejandro Vega Carvajal, e intentar entender por qué fue elegida como finalista de este reconocimiento; por qué la editorial de una universidad decidió publicarla, y también conocer un poco más de este autor que, según su reseña, ha recibido reconocimientos a través de becas de creación otorgadas por administraciones locales, regionales y nacionales.
Esta es, quizá, su apuesta literaria más ambiciosa hasta ahora. Además, está situada en tierras que conoce bien, pues Vega Carvajal es habitante de San Carlos y conocedor de las historias que allí acontecieron. Al menos así lo demuestra con una astucia interesante en las formas narrativas: un diálogo entre dos personajes, el señor Muñiz e Iván, que nos conducen por capítulos que cierran con fotografías de lugares y elementos vinculados a lo narrado.
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La novela propone un viaje por ese Oriente lejano antioqueño que observamos desde la capital, en el Valle de Aburrá, y que, aunque también sufrió la violencia, quizá no alcanzó los niveles que vivieron municipios como San Carlos, convertido durante años en epicentro del conflicto entre guerrillas, paramilitares y fuerza pública.
Mientras leía este libro, no dejaba de pensar en Pastora Mira, quien ojalá tuviera la oportunidad de acercarse a esta novela. Imagino que Alejandro habrá hecho la tarea; de lo contrario, si llega a leer estas líneas, espero que reciba este comentario de manera positiva y que su libro termine en las manos de esta lideresa tan importante para el territorio.
De esa tierra han surgido tanto cosas dolorosas como esperanzadoras. Su riqueza natural, esos ríos fríos que atraviesan un paisaje cálido a mil metros sobre el nivel del mar, invitan a visitarla. Es un lugar que aparece después de pasar por Granada y que, en La corriente, se siente extraordinariamente cercano.
Habrá que esperar para saber quién se lleva este premio. Sin embargo, el hecho de que la editorial de una universidad ocupe este lugar con una novela tan particular ya es un reconocimiento. También es una muestra de que merece seguir proyectándose, porque basta revisar su catálogo para encontrar títulos relevantes que vale la pena conocer.
El libro se consigue directamente a través del Fondo Editorial de la Institución Universitaria de Envigado, pero también puede encontrarse en algunas librerías, como la Librería Nacional, e incluso en Amazon.





