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Rutina

Pocas veces había sido consciente de mi rutina. Lo más productivo que pensaba que podía ser era levantarme temprano, ejercitarme, desayunar y estar con la nalga clavada a una silla por las siguientes ocho-diez horas sin parar en frente de un computador, tecleando constantemente. Así se veía un día muy exitoso en la semana. Si a eso le sumamos no snackear y terminar con un libro en las manos, era el día ideal.

Pero en estas semanas de silencio y ocio, de filosofar mientras lavo los trastos sucios del desayuno, almuerzo, media mañana, primera media tarde, segunda media tarde y comida (suficientes como para no divagar), pensé que es tiempo de redefinir el concepto de rutina, cómo se vería ahora que no hay horas de llegada ni de salida, ahora que ya sé que no solo basta con trabajar, que no somos nuestro trabajo y tampoco nos define, sino que hay toda una vida detrás más importante que nos hacía falta descubrir para realmente vivir.

Esa nueva rutina ya no será pensada en pro de producir sino de disfrutar el presente, estar aquí: de lo simple que nos hace vibrar y le da un poco de sentido a la vida. Ya no debe tener un cronograma en una línea de tiempo sino la posibilidad de cumplirse sin importar a qué hora comenzó el día o a qué hora terminó. Es más, no debería medirse por tiempo sino por objetivos. Podría ser una lista de cosas por hacer, algo de orden en medio del caos. 

Pero no es tan simple o tonto como parece. Una lista de cosas por hacer te ayuda a manejar esas subidas y bajadas de ánimo porque te ayuda a retomar el control cuando pierdes la concentración y no sabes qué hacer después. Te ayuda a trackear qué haces por ti y qué haces por otros. Si te dedicas suficiente tiempo o si realmente te pasas haciendo cosas que no le suman a tu bienestar físico, emocional.

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Una lista de checks. Check si terminé tal parte del proyecto, si envié el artículo, si logré cerrar los ojos y poner mi celular lejos por un momento, si moví mi cuerpo con intención y me conecté con cada parte de él, si aprendí algo nuevo, si leí las páginas suficientes para cuestionarme algo que tenía como certeza, si disfruté detenidamente el sabor de la comida que preparé, si disfruté la crema humectante en mis manos después de otra tanda de trastos sucios.

Sin importar cómo se vea. Si los minutos en modo avión son tirada en el suelo de la sala o si son estando de pie en el balcón respirando aire fresco. Si el movimiento del día fue yoga o bailar una playlist de salsa. Si el sabor de la comida es igual a la de ayer. Si las páginas que leí fueron de una revista de belleza. Sin importar si cumplí todas las metas que tenía para el día, si solo lo hice con algunas o si solo logré sobrevivir como pude.

Algunos días solo podremos deshacernos de ellos. Otros serán tal y como los planeamos. Sin olvidar que cada lista será una aspiración de lo que podríamos lograr, pero nunca la certeza de que será cumplida. Porque de eso se trata: de que esa nueva rutina nos levante de la cama y nos dé razones para seguir.

¿Sobreviviremos a la cuarentena a punta de listas? Tal vez. Las rutinas planeadas no nos salvarán, ni tampoco las frases motivacionales de Whatsapp e Instagram. Solo sobreviviremos si sobrevivimos a lo mínimo: a este día, al ahora, a nosotros. Si aceptamos que no hay perfección más que hacer lo mejor que podemos con lo que tenemos, será suficiente para despertar mañana y volver a hacerlo de nuevo.

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