Pandemia business

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Uno de los cambios fundamentales que nos dejó la pandemia en nuestra cotidianidad es la disminución en el uso del dinero en efectivo. El banco en el celular.

Nuevas realidades generan nuevas palabras, y nuevas formas de actuar. Hace un año, antes de la llegada a Colombia del COVID19, nadie se imaginaba el impacto de esta nueva realidad en todas las actividades de la vida cotidiana. Siempre se habla de la adaptación a los cambios como un requisito de supervivencia, y eso fue exactamente lo que tuvieron que hacer las pequeñas, medianas y grandes empresas. Y la tecnología les dio la mano. Esta es una muestra de cómo el uso de la tecnología para el manejo del dinero se ha convertido en el apoyo de los pequeños negocios. Muestras de “inclusión financiera”, según los economistas.

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Con el celular le pagamos a don Édgar la carrera del taxi, a Magolo el corrientazo, a Sonia la copia de la llave y a Gladys el tapabocas. Pequeños grandes cambios en época de pandemia.

La magia de Don Magolo

Se llama restaurante Don Magolo, en el barrio Manila, porque su dueño, Carlos Arturo Alviar, hace magia. Durante los meses de cuarentena, entre marzo y julio del año pasado, tuvo que estirar sus ahorros. “Yo hice caso a todo, y me encerré”. Al abrir, nunca implementó la carta con código QR. “Pa´que -dice riendo-. Acá los clientes no lo necesitan, pues solo son dos menús: fríjoles con chicharrón o chicharrón con fríjoles”.

Se llama restaurante Don Magolo, en el barrio Manila, porque su dueño, Carlos Arturo Alviar, hace magia.
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Pero, eso sí, les ofrece todas las posibilidades de pago. “Lo que más uso es la transferencia… tome mi cuenta, y listo”. Antes vendía 120 almuerzos diarios; ahora, 30. Al terminar la cuarentena no tenía con qué pagar los servicios, pero recibió, quizás, la ayuda de la Virgen del Carmen que vigila el restaurante. “Me gané un chancesito”, dice Magolo, enfatizando en el diminutivo.

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Made in pandemia

El mejor ejemplo de un negocio made in pandemia: La tienda del tapabocas. Nacido en diciembre, pero con duración incierta -como la crisis del coronavirus-, este pequeño local de la calle 10 de El Poblado está surtido para la temporada.

Gladys Sánchez, la persona que atiende a los clientes, recibe pagos con código QR, desde mil pesos en adelante, porque hay tapabocas de todos los precios y para todos los gustos.

Gladys Sánchez, la persona que atiende a los clientes, recibe pagos con código QR, desde mil pesos en adelante, porque hay tapabocas de todos los precios y para todos los gustos.

¿El famoso N95? Se le tiene, extranjero y nacional. ¿Alguno para fiestas? Acá está, plateado o con lentejuelas. ¿Estos protegen bien? Claro, doble tela y antifluido. ¿Para niños? De muñequitos, mire. Según reporta Gladys, el negocio va bien, aunque esté disminuyendo el “furor” de la pandemia.

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Un dechado de bioseguridad

El taxista Édgar Enrique Abreo no se vara. Y no estamos hablando de mecánica, que también, sino de recursividad. ¿Que no tiene efectivo? No hay problema; tome la paleta con el código QR o anote mi cuenta para la transferencia. ¿Que no tiene plata? Hágale, le paso el datáfono para que me pague con tarjeta de crédito.

El taxista Édgar Enrique Abreo no se vara. Y no estamos hablando de mecánica, que también, sino de recursividad.
El taxista Édgar Enrique Abreo no se vara. Y no estamos hablando de mecánica, que también, sino de recursividad.

Desde que inició su trabajo como taxista, hace 7 años, entendió que había que facilitarle las cosas al cliente. Y en tiempos de COVID, con mayor razón: “A mí personalmente durante la pandemia me fue muy bien, porque había mucho compañero refugiado”. Su carro es un dechado de bioseguridad: el plástico que lo separa de los pasajeros, el alcohol colgado de una cuerda, el antibacterial al lado de la palanca de cambios; y el Maxo, que mata las bacterias en 30 segundos, según dice.

Jóvenes QR

Sonia Valencia y su hijo, Samuel Murillo, dueños de Diego Llaves, en la calle 10 de El Poblado, saben que en su negocio la tecnología vende. “Es que los jóvenes entre 20 y 25 años son los que más manejan los pagos electrónicos; ya ellos no manejan efectivo”, dice Sonia. “Es muy claro que durante la pandemia se incrementó sustancialmente el uso de los códigos QR, y el manejo de las App y las transferencias, porque la gente no usaba billetes.

Sonia Valencia y su hijo, Samuel Murillo, dueños de Diego Llaves, en la calle 10 de El Poblado, saben que en su negocio la tecnología vende.
Sonia Valencia y su hijo, Samuel Murillo, dueños de Diego Llaves, en la calle 10 de El Poblado, saben que en su negocio la tecnología vende.

El año pasado cogimos más usuarios de estos sistemas”. Después de varios meses de cierre de este negocio familiar, durante la cuarentena, Sonia, su esposo y su hijo pasaron las verdes y las maduras. “La economía aún no se ha recuperado -dice Sonia-, pero tenemos que dar la lucha”. Y ellos saben que mientras más posibilidades ofrezcan a los clientes, mejor les irá.

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