“¿De qué hablamos cuando hablamos de la muerte? ¿De aquel que se ha ido o de nosotros? ¿De la ausencia misma? Está tan ausente que llena cada minuto libre con su ausencia”.
Usualmente escribo sobre libros que ya terminé de leer, y mientras preparaba esta columna, ya tenía pensado que hablaría de otra novela que recién leí; sin embargo, al mismo tiempo comencé con la novela del búlgaro Georgi Gospodinov y pensé que, en definitiva, no querría esperar y tenía que aprovechar este espacio para invitarles a que leyeran este libro y ojalá, lo terminemos en conjunto o se encuentren con esta columna y tomen la decisión de leerlo, ya que no contaré mucho, solo lo que he leído hasta ahora.
“Aparte de todo lo demás, mi padre lograba convertir cada terreno en un jardín, cada casa en un hogar”.
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Estos pequeños fragmentos, son la parte inicial de la novela, la cual se divide en pequeños capítulos o viñetas que van relatando los momentos que vive el padre de un escritor en el lecho de su muerte, pasando por una dura enfermedad, la valentía de un cuerpo que se va desgastando, aunque así no quiera parecer que se desgasta. Así, en cada momento de la relación padre e hijo, la enfermedad va apareciendo, los síntomas, las visitas a los médicos y los resultados de exámenes que solo traen malas noticias y la tristeza se hace presente, la preocupación y también, la tranquilidad de aquel padre que manifiesta o intenta reflejar tranquilidad a su familia.
Mi amigo Gerardo suele decir que no le gusta decirles a las personas qué libro debería leerse. Sin embargo, hace poco lo escuché recomendando, justamente, a este autor, el cuál es el escritor búlgaro más destacado en la actualidad, y gracias al buen trabajo que hace la editorial española Impedimenta al elegir y traducir obras maravillosas, entre ellas, la de un autor también muy destacado como el rumano Mircea Cărtărescu.
Si bien es un libro que es un poco costoso y es difícil encontrar en bibliotecas, si tienen la posibilidad de adquirirlo, sin duda será meritoria esa lectura, tal como lo está siendo conmigo que apenas llevo unas pocas hojas leídas y me animé a hablarles de esta recomendación.
“La enfermedad fuerza a que se den las conversaciones no mantenidas, la intimidad aplazada”.
Leer El jardinero y la muerte me hace recordar otras lecturas que me han marcado mucho como Las noches todas de Tomás González o El último encuentro de Sándor Marai; aunque las tres novelas distintas, me brindan esa conexión inevitable y justamente las tres novelas me recuerdan a Gerardo, el gran amigo que observo en su vejez, en su amistad con la jardinería que está especializada en una hermosa planta, Corazón de hombre (Peperomia polybotrya), la cual habita todos los rincones de su apartamento y que se ha convertido en una forma de tener su presencia en los jardines de sus amistades y familiares. Pienso también en Gerardo por su relación con su vejez y nuestra amistad, lo que observo en él y cómo se observa en esta existencia.
“…El fin del mundo no llega para todos al mismo tiempo. Los padres de todos ellos están vivos, pensé. Y me estremecí ante ese pensamiento. El mío también estaba vivo”.
En junio fue el Día del Padre, y tengo muchas amistades que han perdido esta figura y allí pienso en mi abuelo, quizá la figura familiar más fuerte para mí y que ya no está. Mis tías y tíos decían que él era un roble y se me parece al padre protagonista de la novela de Georgi Gospodinov, ya que este padre siempre decía: “Nada que temer”, para responder a cualquier consulta sobre sus dolores y por parte de mi abuelo, aunque estuviera presentando mucho dolor, siempre respondía que no tenía dolor y así fue hasta el día de su muerte.
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Terminando esta columna recomendando un libro que aún no termino, me quedo pensando mucho en mi abuelo, en mi padre y una relación difícil que tengo con él que es tema de conversación cada ocho días con mi terapeuta.
“Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”.




