Una lección de dignidad

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Al margen del talento literario excepcional que caracterizó a Gabriel García Márquez, no se nos debe olvidar que fue un amasijo de grandezas y miserias, como cualquier ser humano.

Se llegó el día, ¡por fin!, para referirme a un tema que hace semanas me ha estado rondando como pájaro en la cabeza.

Gustavo Tatis, veterano periodista de El Universal de Cartagena, sorprendió a los lectores el pasado 16 de enero, con lo que calificó de “primicia mundial”: el secreto mejor guardado de Gabriel García Márquez. Oh, oh. Al mundo se le tambalearían los cimientos. (¡Tenazzz!, debió exclamar la historiadora Diana Uribe).

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“García Márquez, el genio literario más grande de Colombia ante el mundo, está ya por encima del bien y del mal, y todo lo que hoy pueda revelarse de él solo reconfirma su espléndida humanidad y su infinita grandeza que se agiganta cada vez en el universo, más allá de su muerte. Lo secreto no puede perder el sentido profundo de lo humano. La delicada intimidad de un genio como García Márquez”, escribió Tatis, a quien le llovieron los elogios por su pluma edulcorada.

“La delicada intimidad de un genio”. ¡Por favor! Imposible mayor cursilería para referirse a una relación clandestina cuyo fruto fue condenado a madurar entre las sombras para proteger “la espléndida humanidad e infinita grandeza del genio”. Ya va siendo hora de que apaguen el botafumeiro que lanza incienso cada que hablan de GGM. Y acepten que, al margen del talento literario excepcional que lo caracterizó, fue un amasijo de grandezas y miserias como cualquier ser humano.

Luego de varios rodeos, el reportero dejó en claro que habían ocultado el descubrimiento ocho años –previo acuerdo con los biógrafos, Dasso Saldívar y Gerald Martin-, por respeto a “la delicada intimidad del genio” –léase hipocresía- y a su esposa Mercedes Barcha, y lo soltó con pinzas. ¿Y qué con las delicadas intimidades de Susana Cato, la cineasta mejicana que se enamoró de un hombre que le doblaba la edad, y la de Indira, la hija, también cineasta, que trajeron al mundo? ¿El bajo perfil que las dos eligieron mantener, tampoco importó? (Si su propósito fuera aprovecharse de la situación, lo hubieran hecho cuando el susodicho se codeaba con los poderosos y miraba por sobre el hombro al resto de los mortales). Parece que no, antes se lee entre líneas que tendrían que estar agradecidas por haber rozado la gloria: la madre, al retozar con un Nobel y la hija al ser descendiente de su estirpe. Y ambas, al haber sido puestas en el ojo del huracán mediático.

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Una de las amigas de Susana cuando se conocieron con García Márquez en La Habana, a comienzos de la década de los ochenta, cuenta en El País de Madrid que eso de que a este “no le alcanzó la vida para reconocerla” porque “no pudo escapar a los hados del destino”, como lo afirma Tatis, es pura carreta. “Susana quedó embarazada, situación que a él le molestó, por lo que se dejaron de hablar mucho tiempo; se reencontraron cuando la nena tenía unos tres años”. Se dejó tomar la foto, sí, mas nunca le dio el apellido. Típico.

ETCÉTERA: Es el reflejo del machismo de muchos patriarcas colombianos que, para colmo en esta historia, es justificado y adornado de “infinita grandeza”. Por fortuna las dos mujeres son lo que son, no por Gabo, sino a pesar de él. Ojalá Indira siga llevando con orgullo el Cato hasta el fin del fin. Sería una lección de dignidad más valiosa que cualquier premio

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