Colombia ha atravesado el que podría denominarse como el período más peligroso de su vida institucional. Un país en el que, a pesar de llevar casi 4 años cuesta abajo en su rodada, una tercera parte de los votantes continúan convencidos de que nunca había estado mejor.
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Aplauden y aplauden. Piden más. Algunas cosas van mal, podría ser, pero no por lo que han hecho Petro y su gobierno, eso nunca, sino por tanto y tanto que la “extrema derecha” no les ha dejado hacer.
El resto del país (los que no se tragan el espectáculo bochornoso y continuo que brinda este presidente-activista-narcisista, que habla mucho más de lo que hace, que improvisa mucho más de lo que estudia, que nunca aceptó, ni entendió, ni se interesó en ejercer como estadista) cuenta los días para un nuevo amanecer, que llegue pronto ese 8 de agosto cuando tendríamos, ojalá, un gobierno serio, decente y ocupado en recuperar al país.
Que sea, diga y haga todo lo contrario del actual.
Cuando buena parte del mundo está pensando en crecer 10X y en cómo resolver problemas reales de su población con tecnología, eficiencia máxima e inteligencia artificial, los “progresistas” criollos nos invitan a lo contrario: colombianos, no progresemos, mejor nos devolvemos. No crezcamos, mejor redistribuyamos la poca riqueza existente y nos igualamos por lo bajo.
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Su listado de ideas geniales es largo.
Un progresismo que se siente orgulloso de generar menores ingresos para el país por reducir al mínimo los nuevos contratos de exploración de petróleo y gas, al tiempo que frena la inversión en proyectos energéticos. Entretanto, aumenta el tamaño, el intervencionismo y el costo del Estado. Vuelve más rígidos y costosos los contratos laborales, siempre haciendo ver al sector privado y a las empresas, grandes y pequeñas, como los grandes villanos, a los que hay que golpear todo lo posible.
Seguir por ese camino frenaría casi del todo la inversión en proyectos importantes, los mayores generadores de empleo de calidad. Y estimularía a las empresas industriales y de servicios a invertir mucho más en IA, pues será (no… ¡ya es!) mucho más fácil, eficaz y asequible entrenar agentes y robots para la mayoría de las tareas, que contratar personas. Esta situación reduciría oportunidades y aumentaría el desempleo, la diferencia de clases, la frustración y la inestabilidad social.
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Pero ánimo, los resultados electorales de esta semana permiten recuperar la esperanza de que, tras asomarnos al fondo del abismo, regresaremos a la cordura. Tendremos un nuevo congreso con mucha gente buena, que, confiamos, no se dejará comprar (tanto) como el actual y que contribuirá de manera importante a dar el gran timonazo hacia la derecha (no “extrema”, ojo) que el país requiere.
Y tendremos, probablemente y por primera vez, una mujer presidente, plena de conocimiento, experiencia y liderazgo. Además de suficiente respaldo parlamentario, indispensable para que las cosas se hagan.
Aún no es tarde para devolvernos.
Pero si la izquierda gana…
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