La calidad de vida también se embotella deja 2025 en términos de calidad de vida, espacio público y movilidad para la gente de El Poblado y el Oriente cercano, sería estupendo finalizar el año con una celebración.
Para contribuir al espíritu navideño y quizás recuperar algo de ese optimismo que traíamos hasta hace pocos años.
Sin embargo, si -tal como parece- por ahora no se construirán nuevas vías ni se mejorarán las actuales entre El Poblado y el Oriente antioqueño, no será solo el tráfico el que colapse. Colapsará algo más delicado y menos visible: la calidad de vida cotidiana.
No aparece en los informes técnicos, pero se siente todos los días, a las siete de la mañana y a las seis de la tarde.
El primer efecto es el robo sistemático del tiempo. No ocasional, no excepcional: estructural. Dos horas diarias perdidas en un carro pasan de ser un problema de movilidad a ser un problema de vida. Menos tiempo para la familia, para el descanso, para el ocio, para pensar.
El ciudadano se vuelve un malabarista de agenda. Ya no será solo los fines de semana (trate de aproximarse y bajar por el Túnel un domingo en la tarde), sino a diario, a medida que crece el éxodo de población hacia el Oriente cercano.
Luego viene el agotamiento emocional. El trancón constante no solo estresa: desgasta. La gente llega irritada al trabajo y regresa peor a la casa. Se normaliza el mal genio. El Oriente, que nació como promesa de aire, paisaje y tranquilidad, empieza a sentirse lejano, pesado, casi hostil. Vivir lejos deja de ser una elección y se convierte en una penitencia.
Habrá también un impacto silencioso en la salud. Más tiempo sentados, más contaminación atrapada en corredores saturados, más accidentes menores, pero constantes. Las motos proliferan, no por gusto sino por desesperación. El riesgo se vuelve parte del trayecto diario.
La vida social se encoge. Visitar amigos, ir a un restaurante, asistir a un evento cultural deja de ser espontáneo. Todo hay que pensarlo en función del trancón. La ciudad se achica mentalmente. La gente empieza a decir “mejor no voy”. El Oriente pierde encanto, El Poblado paciencia. A largo plazo aparece el efecto más perverso: la segregación funcional.
Quienes puedan, se mudarán más cerca. Quienes no, quedan atrapados en corredores imposibles. El acceso a oportunidades —trabajo, educación, servicios— dependerá cada vez más del tiempo perdido en una vía colapsada.
Y, como siempre, el mercado reaccionará antes que el Estado. El Oriente perderá atractivo residencial para muchos, no por falta de belleza, paisaje o aire más limpio, sino por exceso de trancón. El Poblado se cerrará más sobre sí mismo. Cada cual defendiendo su pequeño territorio. No construir nuevas vías no es neutral. Es una decisión contra la calidad de vida. Porque al final, no es el carro el que queda atrapado. Es la gente.
Ahora sí: ¡Feliz Navidad, y que nos vaya muy bien en el 2026! Lo merecemos, después de este festival de la ineptitud, el despilfarro y la inversión de valores que nos “gobierna” desde el 22.





