La familia Atehortúa, cinco generaciones de silleteros

Don Miguel Ángel Atehortúa, uno de los primeros silleteros de Santa Elena, murió en enero de 2026, pero hoy su legado continúa con sus hijos, nietos, bisnietos y hasta tataranietos.
Por: Valeria Ortiz Tabares
2 agosto, 2026
Hilda Norha continuará desfilando hasta que el cuerpo se lo permita. Su nieta Sofía de 17 años, dice que le gustaría heredar la silleta:“un sentimiento muy grande cargar el legado de toda la familia”.

Cuando todo esto era monte, como se acostumbra a decir en el corregimiento de Santa Elena, en lo que hoy se conoce como la vereda Barro Blanco, don Miguel Ángel Atehortúa labró su finca a “punta de azadón”. Junto a su esposa, Ana Fabiola Grisales construyeron un hogar con 14 hijos, de los que hoy siguen vivos 12.

Don Miguel Ángel Atehortúa, hasta el año pasado, era conocido como el silletero más longevo de la ciudad, con 102 años. Sin embargo, ya se había retirado de los desfiles de la Feria de las Flores desde 2016 –por la época en la que murió su esposa doña Ana Fabiola–, pero cada año acompañaba a su familia en la construcción de las silletas. “Hoy estaría aquí con nosotros diciendo que nos moviéramos, que todavía nos falta mucho por terminar y que deberíamos hacer las silletas como se hacían antes”, cuenta Hilda Norha Atehortúa Grisales, imitando los gestos que hacía su papá.

El desfile de silleteros en Medellín se celebra oficialmente desde 1957. Este será el primer año en el que ya no estará don Miguel, pero hoy sus hijas recuerdan, continúan y comparten esta tradición con el resto de la familia, en la que participan nietos, bisnietos y tataranietos.

“Reviviendo la memoria del abuelo y de la ruta”

Los hijos mayores aprendieron de sus padres las labores del campo y viajaban con don Miguel a Medellín a vender la comida y las flores que cultivaban. María Nubia Atehortúa Grisales, recuerda que las jornadas empezaban a las 11:00 p.m. para amarrar las hortalizas y las flores a las silletas, y arrancar a caminar entre los caminos empantanados para coger el bus hacia Medellín a la 1:30 a.m. “Yo de 9 o 10 años bajaba a la Plaza de Flores con mi papá y me iba para los barrios donde uno pudiera vender las flores”.

Miguel Ángel Atehortúa fue el silletero más
longevo con 102 años. Murió en enero de 2026.

Don Miguel y sus hijos andaban con las silletas a la espalda, entre el centro de la ciudad, el pasaje Junín, el viejo Guayaquil y los barrios de San Cayetano, Aranjuez, Berlín, Sevilla y Campo Valdés. Luego, compraban algo de mercado para la casa, lo amarraban a las silletas, cogían el bus que los dejaba en lo que hoy se conoce como El Silletero, de ahí subían caminando a la finca y llegaban alrededor de las 6:00 p.m.

Esas fueron algunas de las primeras silletas campesinas, estructuras de madera en donde se transportaban la comida, las flores y, en ocasiones, a los enfermos. “Una vez mi tía Lucía se enfermó de cálculos y llegó acá a mi casa con unos cólicos horribles. Entonces, mi papá cogió la silleta y se la llevó ahí en la espalda hasta el estadero donde llegaban los buses”, recuerda María Nubia.

“Silletero, silletera de mi tierra y de mi raza”

Luego de más de 50 años desfilando oficialmente en la Feria de las Flores, don Miguel le heredó el contrato de su silleta a su hija Hilda Norha en 2016. La Alcaldía de Medellín con otras organizaciones como la Corporación de Silleteros de Santa Elena otorgan un contrato a los silleteros que les permite participar del desfile, recibir un pago por la elaboración de la silleta y disfrutar de otros beneficios por mantener viva la tradición.

El contrato solo se obtiene si se es oriundo de Santa Elena y parte de alguna de las familias floricultoras tradicionales del corregimiento. Por eso, es usual que sea heredado de los padres a sus hijos o a sus nietos. “Esa silleta no se puede perder por ningún motivo porque era el legado de mi papá. Yo la heredé y él con mucho gusto me la cedió”, afirma Hilda.

La silleta que heredó Hilda es tradicional, es decir que, solo puede llevar ciertas flores como margaritas, hortensias, cartucho blanco y rosa amarilla. No puede llevar flores exóticas como las orquídeas o los girasoles. Para ella es un orgullo continuar desfilando este tipo de silleta que puede pesar unos 45 kg. Además, este año quiere intentar construirla como lo hacía su padre: “Él amarraba las flores con lazos y las envolvía en cartón o periódico para que no se “tallaran”, en vez de colocarlas en los cajones de madera modernos”.

Casi un mes antes del inicio de la Feria de la Flores, la familia Atehortúa se reúne para construir las silletas que les piden algunas de las empresas de la ciudad y planear las que desfilarán. Entre tinto, chocolate, parva y cremas caseras, pasan las tardes y las noches armando las estructuras de madera, pintándolas y pegando flores.

Aunque este será el primer año sin don Miguel Ángel Atehortúa, su legado continúa con sus 12 hijos, 38 nietos, 34 bisnietos y 10 tataranietos. “Mientras uno esté y les inculque eso a los niños, ellos no van a dejar acabar la tradición”, afirma Hilda.

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