¿JMC, sardino de 21 o anciano de 80?
De la edición impresa (Edición 325) (Parte 1 de 2)
Apenas va a cumplir sus 21 añitos. Ninguno es más reciente en Colombia. Probablemente es el más nuevo de Suramérica, al menos entre ciudades importantes. Pero, cosa increíble, parece el más anciano de todos. El sardino se apellida Córdova y lleva por nombre José María. Es uno de los aeropuertos más jóvenes de América Latina y el Caribe. Pero, duele decirlo, es uno de los peor diseñados. Casi todos los demás, mucho más viejos, funcionan mejor.
Hace algunos años fue presentado al Concejo de Medellín un proyecto para conmemorar a algunas antioqueñas históricas bautizando con sus nombres ciertas calles de la ciudad, y producto de ello es que hoy pueden verse los flamantes rótulos de las avenidas María Cano, Jesusita Vallejo y Cacica Arazaba, entre otros. Merecido homenaje para nuestras damas toda vez que, hasta hace pocos días, el inventario de calles dejaba ver, en su casi totalidad, solo nombres masculinos, de países, de ciudades e incluso de cosas de dudosa solemnidad como “El Palo” o -tengo pruebas- “El Sapo”.
A principios del siglo 20 la población mundial llegaba a 1.600 millones de habitantes. En julio de 1987 se estimó en 5 mil millones. Actualmente pasamos de los 6 mil millones. El crecimiento es muy rápido y provoca la alarma entre los especialistas. Estos se preguntan: ¿De dónde se sacarán recursos y espacios para tanta gente? ¿Cómo se evitará el deterioro ambiental? 
Soy otra colombiana más que goza del privilegio de haber conocido el fenómeno político -único en el mundo- de aquello que yo llamo “costeño socializado”. Fue en el año 1998 que visité la radiante Cuba en plena temporada del mundial de fútbol transcurrido en Francia. Recuerdo que para la final (Francia versus Brasil) alquilé un taxi rumbo a las playas de Varadero en donde tenía reservaciones en un hotel para ver el partido en su bar con pantalla gigante y mojitos a granel. Mi pretensión de viajar en taxi desde La Habana hasta Varadero, obedeció a mi permanente espíritu de mecateadora sobre la ruta, encuéntreme en donde me encuentre. Se trataba de un recorrido de 2 horas aproximadamente; convencida de poder disfrutar en el camino de sorpresas culinarias revolucionarias, salí de mi hotel habanero sin desayunar, pues pensaba arrasar con todo lo que se me atravesara en el camino. Mi ingenuidad de pequeña burguesa hizo que llegase a mi destino con una avenita azucarada entre mis tripas y pare de contar. ¿Conclusión? Viajar por las carreteras de Cuba exige fiambre.
Cecilia Pérez
León Ruiz