Obras del Museo Ed.238/La marcha fúnebre

Por: Redacción
28 julio, 2006

Casi siempre entendemos que una de las finalidades fundamentales del arte es la de posibilitarnos una comprensión más profunda de la realidad en la cual vivimos. Y esa era, claramente, la concepción a la cual se remitían la mayoría de los artistas antioqueños, formados a lo largo de la primera mitad del siglo XX.

La marcha fúnebre, de Rafael Sáenz, un gran cuadro al óleo de 164 por 194 centímetros, realizada en 1959, es un magnífico ejemplo de la preocupación de los pintores regionales por comprometerse con toda seriedad en el análisis de las dramáticas realidades que le ha correspondido vivir a los hombres de su generación: realidades que, desgraciadamente, parecen haberse perpetuado en la historia nacional.

Como es evidente, la obra representa a un grupo de campesinos que traslada un ataúd, en un medio dominado por una penumbra relativa que obliga a usar luces artificiales pero que no acaba por ocultar totalmente las formas y colores circundantes. El resultado es un contraste dramático que nos remite de inmediato a las consecuencias de la violencia política que ha vivido Colombia a partir de 1948.

Pero, tal vez, La marcha fúnebre de Rafael Sáenz es una obra más compleja de lo que aparece a simple vista. Frente a quienes consideran que el arte se dedica a explicar la realidad, podría afirmarse que existen medios más directos y precisos para lograr esa finalidad. En efecto, aquí hay un clima de sugerencias que nos permite afirmar que, más allá de una pretendida explicación objetiva, está la vivencia de la realidad que solo puede analizarse desde el punto de vista de la experiencia vital.

El conjunto de personajes que integran esta marcha fúnebre parece dividido por dos diagonales que unen los ángulos opuestos de la pintura y se cortan en el centro de la misma. A nuestra derecha se encuentran las mujeres que parecen detenidas, mientras miran pasar el grupo de hombres que se mueven desde la izquierda, llevando un ataúd que, bien mirado, quizá resulta demasiado largo y estrecho, pero que contribuye a acentuar la sensación de un vertiginoso descenso. Quien asiste a la escena podrá saber que existe un camino; pero quien mira el cuadro no puede dejar de percibir que la luz de la lámpara crea una especie de curva y que todos los personajes –es decir, nosotros mismos, porque esta es una historia nuestra– se deslizan irremediablemente hacia el abismo, con la carga de la violencia, de la destrucción y de la muerte.


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