Mejor jugar que estudiar

Por: Redacción
25 abril, 2019
Jorge Vega Bravo
Por Jorge Vega Bravo / Vida plena / [email protected]

Las habilidades lingüísticas, sensomotrices y los hábitos que se aprenden en la etapa 0-7 años son la base de la estructuración neurológica para el futuro. Son las habilidades madre.

Támara Chubarovsky, educadora argentina experta en Arte de la Palabra, reproduce en un artículo reciente las conclusiones del profesor de fisiología Francisco Mora, quien se pregunta por la conveniencia de enseñar a leer y a escribir antes de los seis años.

No hay duda: un niño puede aprender a temprana edad, pero ¿cuál es el costo a largo plazo? Mora recalcó la importancia del juego, como base de la construcción del cerebro: “el niño nunca pierde el tiempo jugando, está midiendo distancias, pesos, explorando su cuerpo y su entorno, encontrando el significado emocional y sensorial de las cosas”. El costo de la lectoescritura precoz aparece en la vejez, con una clara tendencia a la esclerosis.

Mora habla de ventanas plásticas, tiempo para la mielinización y el aprendizaje de habilidades. La ventana plástica para el aprendizaje de la lengua materna y la puesta a punto del sistema sensomotriz es entre cero y siete años. Un niño que no oyó hablar hasta los siete años tendrá dificultades en aprender su lengua y el que no completó su desarrollo sensomotriz en este período, lo tendrá difícil.

En cambio, lectura y escritura no tienen ventana plástica. La lectoescritura es algo cultural y por ende sin ventana plástica. Pero las habilidades lingüísticas, sensomotrices y los hábitos que se aprenden en la etapa 0-7, necesitan la máxima plasticidad cerebral y son la base de la estructuración neurológica para el futuro. Son las habilidades madre.
“La evidencia funcional y fenomenológica existe hace tiempo. En las escuelas Waldorf se implantó este modelo hace 100 años con éxito. Sistemas educativos como el finlandés lo tienen en cuenta y sus resultados se destacan”, dice Támara.

Mora señaló que las áreas del cerebro necesarias para la lectoescritura maduran a los seis años. Cuando estas áreas están mielinizadas, el niño aprende de manera rápida. En Finlandia, los niños entran a la escuela a los seis años y la jornada se extiende por cuatro horas. La lectoescritura se aborda a los siete años. Cito a Maffei en Alabanza de la lentitud, quien demuestra que el cerebro madura plenamente a los nueve años. “Para construir el cerebro humano, la evolución eligió la técnica de la lentitud; en cambio para los restantes animales eligió la rapidez”.
Así que en los primeros años es mejor jugar que estudiar.

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