Los candidatos y su mundo perfecto

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En época electoral, los políticos olvidan que no existen las soluciones fáciles ni los atajos. Tiempo de castillos en el aire.

Si tuviera que elegir la característica más frecuente de los políticos de hoy, probablemente escogería esa convicción inquebrantable de que ellos sí serán capaces.
Candidato nuevo o repitente que se respete afirma una y otra vez que, si tan solo le diéramos la oportunidad de llegar al cargo, él/ella sí que podría hacer bien y rápido todo lo que necesita el país para progresar.

Empezando por derrotar la corrupción: si llegan al cargo al que aspiran, supuestamente serán infalibles e implacables en detectar, denunciar y castigar a los corruptos. Claro, como todos detestamos a los corruptos, es obligatorio declararse en su contra, así no haya ningún plan concreto.

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A continuación, ponen su cara seria y engolan la voz para hacernos creer que conocen de forma total y absoluta las soluciones a los problemas del país y que saben cómo aplicarlas. Ellos sí tienen las fórmulas. Los otros políticos, los de siempre, no las conocen. O, si las conocen, se niegan a aplicarlas.

Evidente mezcla de ingenuidad y arrogancia. Muy populistas, muy vendedores, pero van sembrando la semilla de su gran fracaso personal. Y nacional, si salen elegidos.
En su mundo simple, pintado de blanco y negro, parece ser suficiente con sus propias ganas y el apoyo de los votantes para llegar a una tierra prometida.

Esta actitud mesiánica, que le queda grande a casi cualquier candidato presidencial, se vuelve patética si se trata de candidatos a Senado y Cámara, muchos totalmente novatos. Sabiendo (o tal vez no saben) que su poder de ejecución es mínimo.

Algunos plantean soluciones, proyectos, aranceles, transferencias, subsidios, renegociaciones, lo que sea, como si se prepararan para un partido de fútbol. Pero dando por sentado que van a jugar solos en la cancha, sin equipo contrario.

Si finalmente son elegidos y saltan a la cancha, pronto se darán cuenta de que sí hay equipo contrario. Que cada jugada que imaginaron, cada medida que prometieron adoptar traería obvias consecuencias negativas que jamás quisieron ver o aceptar. Y por fin entenderán por qué los anteriores no las tomaban.

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¿Aranceles a importación de textiles y alimentos? Vida más cara para todos, retaliación inmediata de otros países. ¿Convertir tierras improductivas en campos de cultivo? Baja productividad, altos costos, precio de venta muy bajo. ¿Dejar de explorar petróleo? Reducción sustancial de ingresos del Estado, devaluación del peso, aumento de inflación. ¿Aumentar/bajar tarifa de algo? Protestas callejeras. ¿Hablar más de la cuenta? Caída de los mercados.

En época electoral, casi todos jugamos a olvidar que no existen las soluciones fáciles ni los atajos. Imaginamos caminos despejados y una vida simple.
Que nunca llega, solo se complica más.


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