Acababa de salir de clase de yoga en un parque del sur de la ciudad. Venía tranquila. Eran un poco más de las siete de la mañana, el día pintaba bien: el cielo estaba azul y la mañana fresca. Aún no había mucho tráfico. Al pasar la avenida El Poblado, a la altura de la Bomba de los Ochoa, quedé en el cruce del semáforo peatonal, al lado de un motociclista que llevaba caminando su moto apagada. Es muy frecuente ver esa práctica y les daba el beneficio de la duda… ¿estaban varados?… pensaba, aunque conocía la respuesta.
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Había querido preguntarle a alguien directamente por qué lo hacía, así que, teniendo esa oportunidad, lo hice.
- “¿Tiene que dar una vuelta muy larga para tomar la vía hacia el otro lado? ¿O gasta mucha gasolina si va hasta donde debería ir para cambiar de sentido?”
- “La llevo apagada” me respondió, “es como si fuera una bicicleta”.
Me comenzó a hervir la sangre.
- “Usted sabe que no lo es y que está incumpliendo una norma”.
- “¿Y en qué la perjudica?”
Sabía que lo que seguía era una discusión inútil así que lo dejé alegando solo pero yo quedé muy alterada y reflexiva.
Realmente no me perjudica en nada, a casi nadie perjudica en casi nada que todo el mundo haga lo que quiera, pero las normas fueron creadas para una sana convivencia de los miembros de una sociedad. Si cada uno hace lo que le da la gana así no perjudique a nadie, se vuelve inestable la vida en comunidad. A mí no me ha perjudicado, hasta ahora, que conductores de motos y carros pasen derecho por un semáforo claramente en rojo, como si esa señal no existiera. No me ha perjudicado, que, incluso automóviles de alta gama, hagan un cruce prohibido en plena avenida Nutibara en Laureles, y aún no me han perjudicado los motociclistas que manejan sus vehículos con una sola mano por chatear en el celular o que jóvenes lleven a sus chicas acompañantes tomando fresco con pitillo y voleando su melena sin usar un casco. Tampoco me ha perjudicado que, automóviles reversen en plena autopista porque no tomaron la salida adecuada. O las motos en contravía por calles o avenidas o incluso por la acera. No me ha perjudicado aún compartir pasos peatonales con vehículos motorizados apagados. No me perjudica que cuando salgo para mi clase de yoga muy temprano en la mañana el suelo de los senderos del parque tengan pequeñas bolsitas de plástico, cilindros de colores, botellas y otros restos de “vicios” que alguien recogerá después porque quien ejerció su derecho al libre desarrollo de la personalidad lo quiso hacer en el espacio público dejando toda la evidencia posible.
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Pero lo que pienso es que esas acciones, pequeñas y aparentemente inofensivas, hacen que las ciudades actuales se vuelvan como el salvaje oeste, una suerte de “sálvese quien pueda”, donde el límite de lo bueno y lo malo se ha difuminado y ya uno empieza a dudar si el cielo es azul y los árboles verdes, porque al parecer, todo depende.
Además, es ofensivo que ante cualquier cuestionamiento del que busca cumplir las normas porque ha tenido una educación en la cual recibieron claro el concepto del bien y del mal, termina debiendo: tras de gordo hinchado como dice el dicho. Todo está permitido.
¿Cuánto se harían en multas cualquier día sancionando los cruces prohibidos o las omisiones de los semáforos en rojo en una avenida como la Nutibara? No hay que subir a los barrios lejanos…
De verdad que no me ha afectado aún en nada pero quiero una existencia en la cual lo bueno sea bueno y lo malo siga siendo malo, en la que esas fronteras no estén difusas como ahora que los derechos individuales parecen estar por encima de los colectivos y todo depende, si no te afecta o hasta si eso pasa, debes comer callado para no terminar siendo el sapo.
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- Lo bueno de la ciudad en este último mes: el concierto número 5 de la temporada de la Filarmed. Teatro lleno, magnífica dirección de Ana María Patiño-Osorio quien con amor y firmeza lleva la orquesta a un nivel superior en cada concierto. Impecable la interpretación de los músicos, así como del violista alemán invitado Nils Monkemeyer.
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