Los categóricos

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“No admiten objeción o discusión alguna”. Así define la RAE a las personas categóricas, una especie que pareciera, con los días, hacerse más valiosa. ¿Son tan necesarios?

He sido categórica muchas veces. No lanzo la primera piedra porque, estoy segura, que lo seguiré siendo, que la necesidad de verlo todo en blanco o negro volverá a secuestrar mis más profundos deseos y pensamientos. Evitado el momento liberador, he de decir, que me preocupa el afán, a veces innecesario, de juzgarlo todo categóricamente; sin pedagogía, sin amor, sin una o muchas capacidades constructivas que nos lleven a ser mejores.

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Estamos rodeados de categóricos. Algunos pueden resultar, en apariencia, inofensivos. Usan expresiones como: “Eso se ve horrible”, “esto es un desastre”, “todo está mal”, o “lo estamos acabando todo”. Lo complicado de estas palabras es que de tanto repetirse aporrean mentes creativas, crean inseguridades y terminan convenciendo a las personas de que no sirven para nada.

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Hay otros categóricos más lesivos. Habitan los extremos, creen que son héroes, que su punto de vista es el único y que, sin su presencia, nada puede salir bien. Son esos los categóricos que, por demás, solo conocen un camino para hacer las cosas. Estos son peligrosos, especialmente si ocupan posiciones de poder, porque alinean, crean conflicto y en muchas ocasiones hasta guerras.

Todos los categóricos suelen necesitar un público que los aplauda. Entonces, del otro lado, estamos nosotros. Parados frente a la tribuna viendo como maltratan al compañero, se pelean entre políticos, destruyen el trabajo ajeno, ocupan posiciones de poder desde las cuales implosionan, lentamente, sociedades. El problema más grande es que, como público, a veces confundimos a los categóricos con héroes y a sus acciones dañinas con actos heroicos. Los aplaudimos.

¿Podemos frenar esa forma de relacionarnos con el mundo? “Decir la verdad”, que es la defensa más grande de los categóricos, nunca debería ser sinónimo de maltrato. Si partimos de que la verdad es una construcción social, que no existe y que es virtual, podemos hacer de ella un acto amoroso. ¿Qué tal si hacemos de la sinceridad un deporte cariñoso de combate?

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Se me ocurren algunas ideas para lograrlo. ¿Qué tal si por cada crítica que hacemos entregamos una sugerencia creativa o una solución?, ¿qué tal si antes de pronunciar palabras hirientes nos las decimos a nosotros mismos y pensamos en cómo afectarían al otro?, ¿qué tal si dejamos de aplaudir el maltrato y nos permitimos verlo como lo que es, algo malo, y no como un acto de valentía?, ¿qué tal si guardamos las palabras categóricas solo para los momentos donde sea estrictamente necesario usarlas?
Valiente es quien ama y, tal vez, al final del camino, los categóricos no son tan necesarios. No somos tan necesarios.

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