Crónica de viaje

Por: Redacción
29 agosto, 2019
Jorge Vega Bravo / Vida plena
Por Jorge Vega Bravo / Vida plena / [email protected]

Después de salir de Rionegro notamos los aromas del cañón del Río Claro. Luego recibimos el regalo del valle del río Magdalena y llegamos a la ciudad de los Hondamaes.

Viajar por Colombia es un regalo para el cuerpo, el alma y el espíritu. Los sentidos despiertos, el alma llena de impresiones. Y esperanza en la relación del ser humano con la naturaleza. Después de salir de Rionegro notamos el cambio de vegetación de los bosques de tierras altas a los aromas del cañón del Río Claro, para luego recibir el regalo de la luz sin límites en el valle del río Magdalena.

Llegamos, con la tarde agonizante, a la ciudad porteña de los Hondamaes. Allí nos contaron que Honda quiso ser la capital de estos parajes en tiempos coloniales. “Qué bueno vivir en estos amplios valles donde las montañas no aprietan el alma”: añoranza de ancestros antioqueños que salieron a buscar tierras hace más de cien años y dejaron huellas en Caldas, norte del Valle y del Tolima.

Por un extraño azar, el viaje fue acompañado con la lectura de Guayacanal, la novela de William Ospina que relata el trayecto de sus bisabuelos Benedicto y Rafaela desde Sonsón hasta el norte de Tolima. Gran resonancia con este relato atravesado por la observación de la naturaleza y una gran sensibilidad poética. “Compraron la tierra de los indios con el oro de los indios… mi bisabuelo Benedicto le ofreció al hombre que decía ser dueño de esas montañas, varias cuartillas de oro, cajones de madera llenos de narigueras y brazaletes, poporos y pendientes, y con el oro de las tumbas, compró un lugar para vivir en el mundo”.

Y Benedicto se asentó en las arduas vertientes de lo que aún era Antioquia. Esas montañas de Manzanares, Victoria y Marulanda que luego fueron del Tolima grande y más tarde de Caldas. El “desfiladero que compraron como el fin del mundo”, era una tierra que cada cierto tiempo amanecía iluminada de guayacanes amarillos, “árboles grandes que se vuelven una sola flor y llueven flores hasta formar en el suelo una sombra dorada. Sé que no fue Benedicto el que sembró los guayacanes y ni siquiera sé si alguien lo hizo. Tal vez la propia tierra decidió que aquellos cañones fatigantes les ofrecieran como premio al esfuerzo la gracia de esos árboles aumentando en verano la luz del mundo. Pero fue él quien la llamó Guayacanal”.

Guayacanal es una lectura clave para tener otra visión de la colonización antioqueña del siglo XIX y reconocer desde otros ángulos –geográficos, políticos, poéticos- estos difíciles y ricos territorios.

Fue conmovedor pasar por Armero y palpar las huellas de la tragedia del volcán Nevado del Ruiz. Hay una extraña solemnidad en estas ruinas donde muchos seres humanos murieron. Emocionante cruzar los ríos Guarinó y Guarinocito por donde fluyen los relatos de W. Ospina. Viendo y viviendo lo que se va leyendo… qué extraña y placentera sensación.

 

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