Uno no sabe lo que tiene… hasta que toma, come y pregunta

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Hace un buen tiempo me propuse disfrutar, contrario a hartar. Mejor prestarle atención a lo que como y bebo. Por estos días estoy en la isla de Malta y sí que me lo estoy “sollando”.

En la copa el vino se veía muy bien servido, en su punto de temperatura, de color rosado claro y provocativo. Y así me lo pude beber, a lo básico: lo que es para tomar, pues se toma y se continúa en lo que haya que hacer. Pero prestar atención, poner mañita, como decía mi querida abuela Libia, abrir el corazón, ofrecen una experiencia superior.

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Cada que descorcho una botella y pido un plato, de los pequeños o de los grandes, corriente, casero, callejero o de tres tenedores, les abro el corazón. Me lo propuse hace tiempo como regla de disfrute. Basta de ser una máquina tragacomida o un garganta profunda; bebo y como para alimentarme, pero también para gozarme ratos de la vida.
El rosado se veía antojador, luego probé y me gustó más. Y bastó un par de minutos para poner todo el disfrute a volar. Consulté en internet y descubrí que se trataba de un ejemplar francés de gran prestigio en la industria.

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Es un ensamblaje de Garnacha y de Cinsault, de aromas que recuerdan frutos rojos y cítricos y de sabor afrutado. No me lo harté. Me lo bebí ‘conversando’ con él: ¿De dónde eres? “De Côtes-du-Rhône, famoso por los rosados”. ¿Por qué estás tan bueno? “Soy el producto del trabajo de 250 viticultores de la denominación Vinsobres, que hace más de 60 años se reúnen para compartir su placer con el consumidor mediante vinos típicos y de carácter”. Permiso me tomo un segundo trago. “Allez”.

No me lo tomé a la ciega. El vino es una suma de geografías, personas, cepas, colores y formas de elaboración, también es precio (dato: la botella en la bodega del Ródano vale 5.30 euros; en aquel restaurante una sola copa cuesta 5), pero, sobre todo, nos aporta una colección de historias que no nos deberíamos perder por dárnoslas de escuetos.


Me ocurrió lo mismo con el buenísimo australiano 19 Crimes, que, por su etiqueta, diseñada con realidad virtual, se convierte aún en mejor compañero. En un conversador. En el blend tinto nos habla John O’Reilly, un prisionero británico que fue exiliado a Australia, donde encontró un nuevo amor. Bien me lo pude tomar y seguir en lo mío, pero qué interesante fue conocer historias de finales de 1700.

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Y la misma ley con cada cosa: con el postre selva negra, que, por poner mañita, esta vez lo encontré más apasionante. Es de Baden, Alemania, tiene nata, chocolate y cerezas y rinde tributo a los espesos bosques de la región, que en su momento los romanos nombraron como Populus nigra. O con el expreso, que cumplió cien años: tomé, pregunté y encontré que Mussolini, hacia 1938, condenó el término “barman” y prefirió el italiano “barista”. Abran el corazón. Pongan mañita. Se aprende, se elige mejor y se disfruta más.

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