Voy a Estados Unidos varias veces al año. Y casi siempre termino en Virginia, porque ahí vive Fita, una de mis amigas más queridas. Y como voy tantas veces he podido salirme de los planes típicos.
Me llama la atención que cuando digo: “Estuve en Estados Unidos”, casi todo el mundo asuma lo mismo: Times Square, Disney, el paseo de la Fama en Hollywood y la Casa Blanca. Es el imaginario que tenemos en Latinoamérica. Estados Unidos como destino de parques temáticos, edificios y pantallas gigantes y centros comerciales enormes. Y sí, todo eso existe. Pero hay otro Estados Unidos que la mayoría no viene a ver.
Virginia me lo recuerda cada vez que vuelvo.
A menos de media hora de Washington está Great Falls. El río Potomac se estrecha de golpe y cae en una serie de cataratas y rápidos que en temporada de lluvia son sencillamente brutales. Quince metros de caída, agua blanca espumosa, kayakistas que se meten entre los rápidos con una audacia que da vértigo solo de mirar. Hay senderos, miradores, y una historia detrás: ahí George Washington construyó uno de los primeros sistemas de canales del país en el siglo XVIII. Todo eso a veinticinco kilómetros del Mall de Washington.
Hace poco fui también a las Cavernas de Luray, en el Valle de Shenandoah. La caverna más grande de la costa este. Salas del tamaño de catedrales, techos de diez pisos, columnas de piedra que llevan millones de años formándose, lagos subterráneos cuya superficie refleja las formaciones como si fuera un espejo. En el centro de esa caverna existe el instrumento musical más grande del mundo. El Great Stalacpipe Organ. Un órgano que no usa tubos sino estalactitas, golpeadas con pequeños mazos de caucho distribuidos a lo largo de más de tres hectáreas de caverna. Cuando suena, la cueva entera vibra.
Y luego está el lugar más impresionante para un amante de la música. Wolf Trap es el único parque nacional en el mundo dedicado exclusivamente a las artes escénicas. En medio de un bosque en Virginia, Catherine Filene Shouse donó en 1966 sus tierras al gobierno federal para construir un teatro. Hoy, el Filene Center es un anfiteatro al aire libre que cada verano presenta ópera, ballet, jazz, conciertos de todo género. Siete mil personas entre las butacas techadas y el césped, con los árboles de fondo y las estrellas encima. Música en serio, en un parque nacional. La idea de que el arte y la naturaleza pueden ser el mismo lugar. Para mí, es un lugar soñado. Vuelvo y vuelvo, y siempre encuentro algo nuevo.
Colombia tiene una biodiversidad extraordinaria. Eso es innegable. Pero el argumento de que para naturaleza solo hay que mirar adentro del país le hace un flaco favor a la curiosidad. En 2023, más de 325 millones de personas visitaron parques administrados por el Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, repartidos en 406 espacios protegidos. No son solo Yellowstone o el Gran Cañón. Son cataratas a media hora de una capital, cuevas con órganos de piedra, y un parque donde la naturaleza y las artes escénicas conviven desde hace más de cincuenta años.
Viajamos con el mapa que nos arma el algoritmo. Instagram nos muestra el café más fotogénico de Roma, TikTok nos manda al mismo mirador de Santorini que ya vieron dos millones de personas antes que nosotros. Y así, sin darnos cuenta, terminamos todos en los mismos lugares, haciendo las mismas fotos, creyendo que eso es conocer el mundo.
Expandir las fronteras a veces significa salirse de los lugares comunes. Preguntarle al local, no al influencer que pasó tres días. Buscar lo que no aparece en la primera página de resultados. Descubrir que a veinticinco kilómetros de una de las capitales más poderosas del mundo hay un río que ruge, una cueva que canta y un bosque donde cada verano la música se mezcla con los árboles.
El mundo es mucho más grande que nuestro feed y el resultado seguramente será más instagrameable.




