Cada año, en la feria de las flores en Medellín, escuchamos la expresión “Cuando pasan los silleteros, es Antioquia la que pasa”. La frase es atribuida a Marylú Nichols y a Juan José Gómez, quienes la pronunciaron espontáneamente en un desfile de silleteros en 1978, y desde ese entonces se convirtió en el lema del evento.
Deberíamos empezar a pensar en una expresión que refleje lo que ocurre cuando la selección Colombia juega, especialmente cuando lo hace en un Mundial de Fútbol.
Porque cuando Colombia Juega, en el país ocurre magia. Ese día amanece más temprano, y no porque el tiempo se altere, sino porque queremos dejar listas todas las tareas antes de que llegue la hora del partido.
Cuando Colombia juega, es el día en que quizás por primera vez, detectas una sonrisa en tu vecino, que cuando te lo encuentras en el ascensor te saluda amablemente, y suelta un “vamos con toda hoy”; a diferencia de los otros días, cuando va enfocado en la pantalla de su celular y simplemente murmura un “buenos días”.
Cuando Colombia juega, el señor de la tienda de la esquina, la adorna con sus mejores galas y dispone todo en amarillo, azul y rojo; porque sus clientes habituales llegarán por la gaseosa y el tentempié de la mañana; por el algo para refrescar la tarde y probablemente, su tienda sea el punto de encuentro de los aficionados del barrio para disfrutar juntos del partido.
Cuando Colombia juega, en las empresas las reuniones son más efectivas, porque “no podemos hablar mucha carreta, nos tiene que rendir para dejar esto listo y la propuesta enviada antes del partido”.
Cuando Colombia juega, la familia se crece. Es la excusa para que lleguen todos, aún aquéllos que se mantienen muy ocupados, pero que dicen: “el día del partido con seguridad voy”. Llega también el amigo “adoptado”, que siempre aparece en esas fechas especiales, o la amiga que no tiene idea de fútbol pero que le encanta el ambiente y quiere aprender para no sentirse excluida.
No solo se crece la familia, sino que los lazos se renuevan. Hablamos con esos familiares que viven lejos, pero que cuando Colombia juega, vienen a la memoria (y al corazón), todos los recuerdos de un país del que partieron por diferentes circunstancias, pero al que nunca dejaron de pertenecer.
En las calles, el optimismo se puede partir en tajadas. El conductor les da paso a los peatones y cede la vía al carro que quiere hacer el giro.
Cuando Colombia juega, hasta el que menos habla de fútbol revienta el chat con sus comentarios, y es posible que se reviente él mismo de hacer fuerza, pero es una forma de hacerse presente.
No importa a qué tendencia política se pertenezca; cuando Colombia juega, solo hay una, no hay que averiguar si el otro piensa igual, por quién votó o va a votar, solo hay un objetivo: ganar. Que gane Colombia.
Cuando Colombia juega, nos da lecciones. Como la que nos dio el “cucho” Hernández en el partido contra Uzbekistán: nos pueden intentar detener, nos pueden aplastar (como literalmente lo aplastó a él el defensa uzbeko al caerle encima), nos pueden jalar del cuello, pero nuestra determinación es más fuerte, nada nos detiene, nos levantamos, no nos preocupamos si algún hueso se nos rompió, seguimos y triunfamos.
No se puede tener un Mundial de Fútbol todos los días (hace ocho años que no llegábamos a uno), pero sí podríamos pretender que todos los días son días en los que Colombia juega, porque definitivamente cuando eso ocurre, Colombia cambia.
Qué bueno sería decir todos los días: hoy Colombia juega.




