A estas alturas de la vida ya sabemos que el tiempo es un ladrón. Que hay momentos que se la pasan volando e instantes que se nos escurren entre los dedos. Es allá, en ese lugar que parece demasiado lejos, donde vemos la alfabetización digital, una expresión que, al menos en la Medellín de la primera década del 2000, tuvo el protagonismo que pocos asuntos sociales, que involucraran la tecnología, han vuelto a tener en la ciudad.
Había entonces un programa que se llamaba Medellín Digital. Hablar de él suena como hablar de elfos y de hadas. Para las personas más jóvenes, incluso, es sinónimo de burla pensar que algún día a una ciudad entera tuvimos que enseñarle a manejar un computador.
Medellín Digital, donde pusieron sus apuestas la Alcaldía de Medellín y el ya también olvidado UNE Telecomunicaciones, tenía tres grandes componentes: conectividad, porque necesitábamos acceso a Internet y a computadores; contenidos, porque la web sin esa capa donde está la información solo sería un teléfono; y apropiación, el corazón de aquella estrategia, un grupo de personas con la sensibilidad suficiente para crear capacidades críticas que hicieran posible la integración de la tecnología a la vida, de manera segura, lo cual incluye palabras como ética, cuidado y capacidad de cuestionamiento.
La semana pasada, en medio de una conversación, recordé lo importante que es la ya olvidada y aparentemente vetusta alfabetización digital. Estaba comiendo con dos compañeras de trabajo, una de ellas ostenta el título transitorio de “la más joven del grupo” y otra de esas que, como yo, alguna vez lo tuvieron y hoy día no somos más que un par de adolescentes de la adultez.
La conversación giraba en torno a la inteligencia artificial (IA). ¿Qué pasa con esa información?, ¿si es totalmente privada?, ¿cómo logra ser privada y segura si la IA está aprendiendo de ella? Para la más joven, una vez se paga la edición premium de las plataformas, es 100 % confiable subir información de una organización.
Para las dos adolescentes de la adultez, nosotras, había que ser crítico y cuidadoso con la información; lo privado no desaparecía. No creíamos en semejante belleza y nos permitimos desconfiar de las empresas de IA, también grandes corporaciones tecnológicas. La más joven, para defender su punto de vista, nos comparó con “las personas mayores a las que les daba desconfianza montar un documento a Google Drive”. Fin de la conversación.
Negar la importancia y la necesidad de la Inteligencia Artificial es tomar la decisión de alejarse de un mundo. No es una conversación nueva.
Sin embargo, y como lo afirma esta columna, esto es una opinión: no realizar cuestionamientos éticos a las megacorporaciones tecnológicas, no cuidar la información y jugar con las IA,como si fueran un cajón de arena, es un camino directo a un precipicio. ¿Qué hay al borde de ese abismo? No lo sabemos todavía muy bien; pero, sí podemos decir que hay intereses y no todos están cargados de bondad por una razón: somos humanos.
Las empresas, las familias, los gobiernos y la sociedad civil, tenemos la obligatoria necesidad de usar la inteligencia artificial; pero, también, tenemos la obligación de cuestionarla y de informarnos porque, como bien ha citado el tango a Lupercio de Argensola, “ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo, ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza”.