Un Nobel para las emociones

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De Marie Curie aprendí que el amor no se divide, se multiplica. De Einstein aprendí que no hay mente, por grande que sea, que se resista a un corazón. Este par de científicos que revolucionaron el mundo con sus descubrimientos, a mí me revolucionaron el corazón.

Es una lástima que no exista un premio Nobel de emociones. La física, la química, la medicina, la ingeniería nos ayudan a vivir, pero las emociones… las emociones son las que nos mantienen vivos.

Cuando Pierre murió, Marie Curie se volvió a enamorar. Vivió un romance que le devolvió la vida que la radiactividad le había quitado lentamente. De repente todo empezó a cobrar sentido otra vez, y su curiosidad la llevó a merecer un segundo Nobel. Nobel que la invitaron a recoger en privado y no en la ceremonia, porque el diario de La Sorbona había ventilado en primera página su nuevo amor e incluso sugería que éste hubiese podido comenzar antes de la muerte de su esposo. Entonces Marie Curie dio una única declaración: que no iba a sentirse avergonzada por amar.


Einstein, que era un muchachito aún que apenas la había visto una vez en un congreso y con eso había bastado para cambiarle la vida, le respondió públicamente que amar nunca le iba a restar a la ciencia, sino que, al contrario, siempre le iba a sumar. Y básicamente (en mis palabras) que no se fuera a dejar de pendejadas, porque es la capacidad de amar la que merece un Nobel. No existe un elemento más puro que el amor.

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