En la noche el sueño fue tranquilo y el perro no ladró minutos antes. No hubo ningún indicio, ninguna señal, porque nadie puede predecir un terremoto. Nadie puede anticipar cuándo la vida va a quebrar esa suma de rutinas conocidas. Cuándo van a crujir las paredes y las cosas. Cuándo no quedará más que sentarse en el andén a mirar, desde el frente, la casa derruida.

Una mujer y un perro, una correa desgastada y la única certeza de saberse juntos. Las escaleras como huesos descubiertos, los muros fracturados, las ventanas inclinadas y en la calle las astillas de las paredes que se vinieron al suelo. Del nombre del edificio —Colosal— solo quedan cuatro letras, una de ellas a punto de caer.
Algo me hizo detener en esta imagen del fotógrafo Juan Esteban Basto. Tal vez su aparente quietud. El desamparo. Imaginar lo que no alcanza a verse. Aquello que quedó atrapado entre pedazos de ladrillos y concreto. El café servido, el álbum familiar, el cuadro de la virgen, el sillón, la mesa de noche, los libros, la cama del perro. Los medicamentos, el teléfono, la cédula, las gafas, los zapatos cómodos, la manta suave para cubrirse los pies durante la siesta. El rincón de las plantas. La brisa que solía entrar por la ventana a las cinco de la tarde.
Perder la casa es perder el lugar para existir, para sentirse uno. El refugio donde ocurre lo mínimo, donde están las cosas que componen una vida.
He seguido esta tragedia a través de las imágenes. Vi a un hombre hablándole a su madre a través de los escombros: “Araña el suelo, golpea tres veces, danos una señal para saber que estás ahí”. A un hombre sentado en una loza caída, mirando el suelo y esperando en silencio la señal para remover las ruinas. A un sonidista capturar con su micrófono la banda sonora más difícil de su vida. Vi a una perra asomar su cabeza entre los escombros, con los ojos vidriosos y asustados, cuando alguien le dijo: “Ya te vamos a sacar”. A un grupo de rescatistas voluntarios aplaudir cuando alguien dijo: “Aquí hay vida, compañeros”. Es hermoso el gesto del puño en alto, la solidaridad del silencio. Y más bella aún la algarabía del rescate. Aplaudir porque alguien está vivo, no importa quién. Porque toda vida se celebra.
En el momento de escribir esta columna, las cifras oficiales hablan de 287 personas fallecidas y 378 desaparecidas. 135.179 personas afectadas, 13.077 viviendas destruidas, 79.108 viviendas averiadas en 437 municipios de Colombia.
Cada uno de estos números podría ser una imagen, pero la mayoría están muy lejos, donde no llegan las cámaras ni los celulares. 665 personas entre fallecidas y desaparecidas. 665 personas y las que faltan todavía por registrar. Cómo no vamos a estar tristes. Cómo no vamos a estar trabajando más despacio, con la mente en otro lado. Cómo no vamos a sentir esas ganas de quedarnos en silencio, como intentando escuchar algún registro de vida. Cómo no vamos a querer decir, como escribió Machado, “late, corazón… no todo se lo ha tragado la tierra”.
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- Supe que la mujer de la fotografía no pudo regresar a su casa. Algunas personas que vieron la imagen en el perfil de @juanbastoo_ han hecho donaciones que llegan a ella a través de una de sus vecinas.




