La verdad, esa mentira

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¿Qué es la verdad? Podríamos decir que cuando hablamos de ella tejemos un puente entre lo que pensamos y la realidad, ¿puede entonces encontrarse?

Entre los pequeños capítulos de ocio que me ha dejado esta pandemia, existe uno que disfruto como pocos: revisar fotos viejas. Para reírme, asombrarme y volver a pasar la vida por el corazón. Hace poco encontré una a blanco y negro, en la que veo a una mujer joven y llena de sueños.

Cursaba el quinto semestre, quería salvar el mundo y ser una periodista que estaba dispuesta a darlo todo, hasta la vida, con tal de encontrar la verdad. Estudié una de esas profesiones que se cree dueña y abanderada de algo que no existe.

“Un buen periodista es el que persigue la verdad”, “para encontrar la verdad hay que ser objetivo”, fueron frases que escuché por años de profesores y en salas de redacción. Guardando admiración por sus enseñanzas, con el paso del tiempo empecé a hacerme a mis propios aprendizajes. No puedo ser objetiva cuando un hombre ha violado a una o a 25 mujeres, tampoco frente a la injusticia y no creo que sea yo jueza y señora de la verdad sin importar el número de investigaciones que tenga. Mientras ejercí este hermoso oficio no pretendí ser dueña de nada.

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Hago parte del grupo de “periodistas digitales” que vio antes que muchos la verdad convertirse en un campo de batalla. Que vimos como cada vez se volvía más difusa en las redes sociales, las cadenas de Whatsapp, incluso el periodismo mismo. Aprendí entonces que la verdad única es una utopía. Ya me lo habían dicho algunos amigos formados en ciencia. Y comprendí que lo que hacemos es explorar la realidad y mostrar los hechos con la única esperanza de que las personas se formen un concepto, incluso cuando este los incomoda.

Mi padre sabiamente decía que en una conversación existen tres verdades. “La suya, la mía y la que es”. Hoy podríamos hablar de cientos de voces diciendo “la verdad” porque las conversaciones ya son masivas, aceleradas, enmarcadas en burbujas de creencias y con muy bajos niveles de tolerancia y de respeto.
En un mundo donde los hechos no importan y la opinión acelerada resulta mucho más atractiva, la verdad y la mentira se fabrican con más facilidad que nunca y, más grave aún, se cree en ellas.

¿Qué puede salvarnos de este estado artificial? Los diálogos entre opuestos, escuchar a ese familiar que tanto nos incomoda y tener esa conversación que llevamos años evitando porque no estamos de acuerdo con ella, son un buen camino. Como bien se lo escuchaba en un TED a la bióloga Guadalupe Nogués, hay que vivir “sin subirnos a la dinámica del discurso intolerable”.

Por ahora, solo te digo: quédate con otro sentido del periodismo, duda.

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