Hay un tango que tarareo cuando algo del otro me duele. Es de Eladia Blázquez y una parte de su letra dice:
“Si a vos te duele como a mí / La lluvia en el jardín y en una rosa / Si te dan ganas de llorar / A fuerza de vibrar, por cualquier cosa”. Desde el 10 de agosto de 2026 la canción no se sale de mi cabeza.
Las imágenes del terremoto nos han afectado de muchas formas. A quienes perdieron a sus seres queridos y vieron derrumbarse sus casas y empresas, más que al resto y es importante reconocerlo y nombrarlo porque, a pesar de que las tragedias no nos miran a todos con los mismos ojos, las redes sociales y la sociedad del espectáculo nos han dejado una herencia nefasta: la de suplantar el dolor ajeno y tomárselo como propio.
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Por fortuna siempre están los sin embargos. Están en forma de empatía. Son atravesados por la solidaridad, esa hermosa emoción a la que Gioconda Belli llamó “la ternura de nuestros pueblos”. Están presentes cuando recordamos al tío que siembra tomate en Pereira, al amigo que vive en Armenia, al terapeuta que estaba en Manizales, a los conocidos lejanos que leen en Chocó, a los alumnos de Cali y al amor perdido que podía estar visitando a sus papás en algún lugar del Valle. Son esos sin embargos los que nos reiteran que no hemos perdido nuestra humanidad y que en los lugares donde la naturaleza dejó ecos de dolor, también puede bufar la esperanza con la fuerza de un jaguar.
“De lo malo lo bueno”, solía decir una mujer sabia con la cual trabajé. Y en medio de la tragedia ver a los colombianos unidos, el pueblo salvando el pueblo, como han dicho algunos, nos llena las mochilas de ilusiones, una suerte de fe que desplaza la congoja. Pero, también de responsabilidades y de alertas.
La solidaridad puede verse sorprendida por el olvido y la costumbre. También por la politiquería y la corrupción. Reconstruir a Colombia tardará años, entre 3 y 5 han dicho los expertos. Años en los que se nos borrará de la cabeza que hay personas sin casa y sin comida. Años en los que el país necesitará que todos pongamos algo de lo mucho o poco que tenemos para salvarnos a nosotros mismos. “De la conducta de cada uno depende el destino de todos”, dicen que dijo en algún lugar y tiempo lejano Alejandro Magno.
Pero el corazón no será el único que se ponga a prueba frente al olvido. También necesitaremos de nuestra inteligencia. A la tragedia llegarán quienes aspiran a los concejos, asambleas, alcaldías o gobernaciones. Una tragedia es un escenario propicio para los conciertos de la politiquería y la corrupción. Para quienes, sin escrúpulos y sin importar el bando ideológico piensan más en sus proyectos y aspiraciones que en ayudar a sanar el dolor de otros.
El terremoto, creemos, ya pasó. Pero sus consecuencias nos retarán por muchos años. Cuando dudemos, cuando olvidemos, siempre recordemos el tango de Blázquez que, al encontrar las tonadas finales, dice:
“Vení charlemos, sentate un poco / ¡No ves que sos mi semejante! / A ver probemos, hermano loco / Salvar el alma cuanto antes / Es un asombro, tener tu hombro / Y es un milagro la ternura / ¡Sentir tu mano fraternal! / Saber que siempre para vos / ¡El bien es bien y el mal es mal!”




