Secuelas del colonialismo (I): El signo de Francia

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El concepto de “Colonialidad” fue propuesto por Aníbal Quijano. Con él designa las huellas actuales, culturales, simbólicas e invisibles que la experiencia colonial impuso en las personas y sociedades colonizadas por Europa desde el siglo XV.

En ese sentido, la apelación “América Latina” es una construcción del imperialismo francés de los años 1860. Con ella buscaba establecer un parentesco con los países americanos que tenían por oficiales lenguas de origen latino, justificando así la intervención francesa en México y el nombramiento del efímero Maximiliano como emperador de ese país.

La universalidad del término “América Latina” es un ejemplo más que pone en evidencia cómo las consecuencias de las conquistas y colonizaciones europeas se prolongan hasta hoy. En efecto, es fácil entender que una persona de un pueblo originario, wayuu (guajiro) o misak (guambiano) o afrodescendiente, raizal o palenquero, no tenga por qué identificarse como “latina”. Por esta razón y para contribuir a la descolonización, a principios del siglo XXI, los pueblos originarios adoptaron progresivamente en sus encuentros la apelación “Abya Yala” (“tierra viva” o “tierra que florece”), de raíz guna yala (kuna). Con ella nombran el continente entero en el que han vivido y resistido a las colonizaciones, primero a la europea y luego a las de los estados republicanos.

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Entendible desde el punto de vista de los pueblos originarios, es posible que “Abya Yala” no genere una adhesión espontánea en personas que se identifican con otras culturas de las que se sienten herederas (europea, africana, sirio-libanesa, china, japonesa…).

Con una perspectiva inclusiva, José Martí propuso la expresión “Nuestra América” hacia fines del siglo XIX. Pretendía con ella diferenciar el imperialismo estadounidense, que ya se había apropiado del nombre de América para autodesignarse exclusivamente, de los otros países de la América morena. Esta visión podría emparentarse con la llamada “ideología del mestizaje”, que supone que los países que hablan, entre otras, lenguas latinas, son el producto de una fusión, más o menos armoniosa, de culturas distintas. Los críticos de esta manera de ver señalan que, más que fusión, la colonización produjo violentamente en las sociedades americanas un orden jerárquico. En él, los puestos privilegiados son, en general, ocupados por las personas con más proporción de ancestros europeos, mientras que los lugares subalternos los ocupan aquellos con más ancestros originarios o afrodescendientes.

El trato racista del que Francia Márquez es víctima repetida es otro ejemplo de la persistencia de la Colonialidad. La constitución misma de Colombia como nación independiente nace viciada por esta Colonialidad. Como el nombre del continente, el del país supone un homenaje a un personaje extranjero que ni siquiera llegó a andar por sus costas. La vicepresidenta electa es un testimonio vivo de las paradojas de la Colonialidad. Su nombre recuerda un país imperialista y su apellido un título nobiliario del país conquistador. Empero, su elección a uno de los más altos cargos del Estado, es una prueba tangible de la resistencia a esa Colonialidad, y constituye una etapa importante en la descolonización institucional de la sociedad colombiana. Si se emprende con seriedad, ese proceso puede tomar varias generaciones y llevar a la refundación en una patria protectora y amorosa con la que se puedan identificar las grandes mayorías de ciudadanos que han sido ninguneados desde siempre.

Ginebra, junio de 2022

PS: Agradezco a mi queridísimo Jaime Casas por su lectura atenta de este texto.

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