Hay momentos cotidianos como el acto de leer que se convierten en profundas revelaciones de vida. Hace unas semanas terminé el libro Lo innombrable, que recién publicó mi maestra de yoga (maestra, porque lo es, dentro y fuera del mat, con esto lo ratifico no sólo con el corazón, sino con el alma). Anaisa ( Ana Isabel Santa María @yogalalma) es una mujer hermosa, muy hermosa, y con los años sus ojos y su energía se ha vuelto no sólo más brillante, sino genuinamente expansiva, es una mujer valiente, porque se reconoce en su más profunda vulnerabilidad, y desde allí aflora la empatía y sensibilidad con la que habita este mundo. Al menos, así lo siento yo, así lo dicta mi corazón hoy.
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Este libro pasó por todas mis versiones, todas las marcelas, las diana marcela, las removió, casi las escurrió como una toalla que no aguanta una gota más de sudor. Me vi reflejada en tantas historias que no son la mía, pero que a la vez son las mías.
Lo innombrable, eso que creía que no habitaba del todo en mí, porque me he ido fortaleciendo mental, emocional e incluso físicamente, me atravesó de extremo a extremo, y me mostró mis más hondos dolores. Me recordó que mi práctica de yoga es mi medicina, no porque haga pincha mayurasana[1] o mejore en la parada en las manos, sino porque allí me permito sentir, sin filtros, sin vergüenza y el cuerpo habla y también libera.
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Hace unas semanas, precisamente en el tiempo de lectura del libro, en mi práctica diaria de la mañana, descubrí en un momento en el que tuve que usar el bloque de madera para ponerlo en su máxima altura en el hueso sacro, (porque es la única acción que le proporciona liberación a mi espalda baja); allí descubrí que lo que realmente siento es un dolor que va más allá de la espalda y se extiende a mi órganos reproductivos, siento especial liberación cuando relajo a través de la respiración el contorno anal, cuando inhalo y exhalo justo allí y me entrego, dejando que el peso se desplome en el bloque.
No sé por qué, luego de retirarlo y dejarme estar en una especia de shavasana[2] temporal entre posturas, se me vino a la cabeza la imagen de mi parto, no de forma literal, pero sí dos acciones que creo han marcado mi forma de vivir: la primera salir al mundo, asumo que en el afán del médico, por la preclamsia de mi mamá, trató de “sacarme como fuera”, incluso hiriéndome y dejándome descadera, creo que esto no se detectó de inmediato, porque además nací muy pequeña, y me tuvieron que dejar en una incubadora varios días. Hoy, a mi manera de verlo, esas dos acciones, fueron: dolor puro, tal vez, por eso tengo un umbral del dolor que me “permite” soportar más que el promedio de las personas. Dolor y luego frío, soledad, abandono al no poder estar con mi mamá, quien de paso debió haber sufrido mucho en el proceso, estando en esa delgada línea entre vivir y morir.
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Ante este “recuerdo o imagen inconsciente traído al consciente” mi llanto fue incontenible, ruidoso, desgarrador, primitivo, tanto que Simba, uno de mis perritos llegó de inmediato a mí, a lamerme las lágrimas, tratando de hacer algo, como intentado llevarse mi dolor. Yo lo abracé y le agradecí por su amorcito y su presencia.
En medio de ese dolor que sentí con todo mi cuerpo y el corazón, me di cuenta que he estado cansada de “aguantar”, de ser fuerte, de llevarme al extremo por los demás, de sacrificar mi energía vital por otros. Poner límites ha sido una de las grandes tareas al hacerme cargo de mi ser completo, dejar de complacer y amoldarme para agradar, para ser amada.
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Pero como dice Anaisa en la última página del libro, “el único error posible era quedarme en el dolor, hacerle nido en mi vida”, y decidí parafraseando a la profe: “integrarlo para dejar de identificarme con él”.
En mi ser hay una gran capacidad de resiliencia, y una fortaleza que trasciende los límites de la energía, y desde allí decido crear y materializar siempre conectada a la fuente que me ha permitido aferrarme a la vida: el amor.
Es increíble lo que sucede cuando dejamos de aferrarnos al automático de la vida, y nos permitimos habitarnos en la incomodidad siendo vulnerables, imperfectos, sin respuestas ni soluciones, sin certezas, porque allí surgen momentos de lucidez que nos permiten dejar de identificarnos con el dolor, pues nos hacemos cargo de nosotros mismos. Invitados todos y todas a leer Lo innombrable, historias de las que no podemos hablar.
“El verdadero camino no consiste en evitar el dolor, sino en reconocerlo, integrarlo y dejar de identificarnos con él.”
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- [1] Postura de yoga: la pluma del pavo real. Es una postura invertida, que consiste en mantener el balance del cuerpo a través del apoyo en los antebrazos, mientras que hombros, tronco y caderas se elevan apuntando hacia arriba con los pies.
- [2] Postura de cierre de la práctica física, rendición total. Se conoce como la postura del muerto.





