¡Qué mamera!

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En estos días de crispación electoral, bien vale la pena escuchar voces sensatas que llaman a la tranquilidad, a la ponderancia y al ejercicio libre del derecho a votar.

Sí, así como suena en castellano callejero: ¡qué-ma-me-ra!
La actual carrera presidencial ha sido perversa. El cruce de insultos y fake news originado por las campañas y orquestado por las barras bravas de las redes, nos tiene exhaustos. (Los grupos de chat también y las encuestas, tan expertas en atizar ánimos, ni se diga y los periodistas sabelotodo y los interlocutores poseedores de la verdad).

Ya no se puede hablar del tema en reuniones familiares o de amigos o de compañeros o de vecinos. Saltan del clóset las bajas pasiones. La pregunta, inocente en apariencia: “¿por quién vas a votar?” –nunca la hago, me parece irrespetuosa-, desencadena por lo general acaloradas y estériles discusiones.

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Tenemos miedo de lo que pueda pasar si gana este o si gana aquel, dicen los agoreros que cualquiera sea el resultado Colombia pierde. Hay que votar para desmentirlos. Si no con alegría, al menos con coherencia, a sabiendas de que la fórmula perfecta es una utopía.
Dicho lo anterior, doy la palabra a estudiosos ajenos a la contienda, que pueden despejar un poco la nubosidad de estas vísperas.

La filósofa, Monique Canto-Sperber, en Salvar la libertad de expresión, dice que el lenguaje debe permitir el debate para no encerrarse en el círculo de las certezas. “Que se tengan convicciones y se las defienda está muy bien. Pero no se puede privar a los otros de la posibilidad de pensar otra cosa. No es haciendo callar a los detractores que se demuestra la veracidad de una convicción. Es imposible que haya libertad de expresión cuando un discurso ahoga todos los demás”. Ejem, ejem…

El sicólogo, Steven Pinker, en entrevista con Moisés Naim, se refiere a la tendencia que tenemos de adoptar, a ciegas, las posiciones del grupo al que pertenecemos. “El sesgo de mi lado es uno de los grandes desafíos en las democracias modernas. Es cuando diriges tu razonamiento hacia el lugar en el que quieres que termine, en lugar de dejar que sea la evidencia la que te conduzca. Se manifiesta independientemente de la inteligencia de la persona, y lo vemos tanto en la izquierda como en la derecha”. Hablando de borregos…
El politólogo, Víctor Lapuente, en su Decálogo para el buen ciudadano, habla del papel que juegan la soledad y el vacío espiritual en estos tiempos. “Esa sensación de estar faltos de identidad es lo que nos lleva a llenar nuestro vacío con lo que tenemos más a mano: la política. Tendemos a buscar un mesías que te vende fácilmente una historia de buenos y malos. Ahí es donde viene el problema de la polarización y donde la política termina convirtiéndose en una lucha cósmica entre el bien y el mal”. Me suena…

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El escritor, Martín Caparrós, en el libro Ñamérica, cuestiona la idoneidad de los políticos. “Me sorprende que mucha de la gente que persigue y se aferra al poder sea tan mediocre que en cualquier otra actividad fracasaría. ¿Qué tiene la política que cada vez favorece más el éxito de gente que no podría funcionar en cualquier otro ámbito? ¿Por qué los ponemos a gobernar?” Si llamáramos a lista…


(To be continued, la tijera del espacio es implacable).
ETCÉTERA: La prueba de fuego vendrá la mañana después. Si se evidencia que el respeto a las diferencias es sólo un estribillo de pacifistas de fachada, habrá fracasado la política.

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