Algo vaporoso como tema de ascensor -“se adelantó el fenómeno de El Niño”, “la movilidad es un desastre”, “que ascensor tan demorado”- parecería ser la pregunta: “¿por quién vas a votar?” Pero no. Inocente en apariencia, suele llevar camufladas cargas de profundidad que cuando el desprevenido las detecta ya es tarde. Ya va a estar enfrascado en una discusión que no buscó y en la cual se va a ver expuesto, en el mejor de los casos, a un intenso adoctrinamiento express o, peor, acusado de empujar a Colombia por el despeñadero, si su respuesta no es la esperada. (El bálsamo de Fierabrás con el que en El Quijote se remedian todos los males, sólo lo guarda un candidato; el del intruso, obvio).
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La falta de respeto ha sido evidente a todos los niveles. Los agravios, hostigamientos e influencers a sueldo; las acusaciones, mentiras elaboradas con IA y amenazas, han reemplazado los intercambios de ideas, argumentos, análisis, preferencias, las discusiones vehementes y enriquecedoras que se dan en tertulias políticas, páginas de periódicos, foros académicos y en los debates televisados que nunca fueron. (¿Exceso de insultos, escasez de propuestas?)
Ahora se defiende o se controvierte a pedrada limpia, con un agravante: se tira la piedra y se esconde la mano. Los nuevos encapuchados, los que nutren las bodegas de las redes sociales, se dan silvestres. Casi nunca se sabe quién está detrás de tantos golpes cruzados, como ahora no hay equipos de campaña, sino ciber barras bravas…
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Los mismos aspirantes se dan duro -triste espectáculo el fuego amigo de la oposición-, dizque en defensa de la democracia. (¡Oh confusión!, ¡oh caos!, diría Rafael Núñez). Y si a ese pésimo ejemplo, sumamos la falta de grandeza de algunos candidatos y las presiones que sobre muchos votantes ejercen diversos grupos armados –139 municipios están en riesgo extremo; 122, en alto; 125, en medio, según la MOE-, muy difícil va a ser llegar a las urnas con la claridad, la tranquilidad y el compromiso democrático que el momento requiere. Sobre todo, porque en la Colombia profunda da igual quién gane. (Sólo el día que el Estado haga presencia aquí y allá, podremos decir que esta es una tierra de demócratas).
Por eso la pregunta de marras sirve de detonante en almuerzos familiares, chats de amigos, equipos de trabajo, comunidades de vecinos. El ambiente previo a la jornada de votaciones saca las bajas pasiones que los colombianos llevamos dentro, abonadas de tiempo atrás por un presidente en guerra con las Altas Cortes y el Congreso, empeñado en sembrar dudas sobre la Registraduría -su nuevo molino de viento-, jefe de campaña de uno de los aspirantes a la Casa de Nariño -el que clava el ojo azaroso por encima de la gafa- y, a juzgar por sus discursos, gobernante de una realidad paralela. Me niego a creer que esta sea la política que nos merecemos. (¿O sí?).
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Para eso, para quitar el disfraz que los políticos, sin excepción, traen encima, salgamos el domingo a responder con una X la interrogante: “¿Por quién vas a votar?”
- ETCÉTERA: El sábado fui a ver “Circombia en elecciones”, de Daniel Samper Ospina. Hora y media de carcajadas, un spa inteligente para el espíritu. Cuando tengan oportunidad, háganse ese favor.





