Que los extremos se juntan no es sólo un decir, es fácil notarlo. En todo, aunque en algunos campos sea más evidente que en otros. En la política, por ejemplo. Nada más parecido que un dictador de izquierda y uno de derecha, un populista de izquierda y uno de derecha, un mesías de izquierda y uno de derecha. La misma presencia arrogante, la misma actitud prepotente, la misma sobredosis de autoestima, la misma élite privilegiada, la misma apropiación del pueblo al que dirigen como un macho alfa a su manada…
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Esta semana, en un nuevo intento por remediar el caos de mi escritorio, encontré un documento con Los 11 principios de propaganda que sirvieron de base para la estrategia de comunicaciones con la que el tenebroso Joseph Goebbles buscaba consolidar la imagen del Führer y el ideario nazi en Alemania. Y me sorprendieron. No por lo que representaron -que lo sabemos-, sino porque cualquier lector desprevenido podría creer que son genialidades de los porristas de El gobierno del cambio.
Aquí van algunos de ellos:
- De simplificación y del enemigo único: adoptar un símbolo que concentre la ideología; individualizar al adversario en un único enemigo. (¿Qué tal la espada de Bolívar como ícono de lo que conviene o no al pueblo que ungió al mesías de Ciénaga de Oro? Y…, ¿qué tal “los riquitos” para etiquetar como enemigos del pueblo a quienes no comulgan con sus procederes?)
- Del método de contagio: encasillar diversos adversarios en una sola categoría o individuo. (El “sector privado” suena bien como caballito de batalla contra el cual luchar, al cual achacarle la responsabilidad de lo que no funciona o funciona mal en Colombia y del cual exprimir hasta la última gota. Por la pica, ¿no, Gustavito?).
- De la transposición: adjudicar los defectos y errores propios al enemigo, respondiendo el ataque con el ataque. (Las faltas de claridad, de coherencia, de prospectiva, de unidad, de eficiencia de esta administración, no son culpa de ella. ¡Ni riesgos!, el jaguar que la dirige es pluscuamperfecto. Son culpa del expresidente Duque -cuatro años a punta de retrovisor-, de los más de sesenta ministros que han sido -ninguno dio la talla-, de los traidores -hasta de su propia sombra sospecha-, de usted y yo que no le cargamos el Mirado #2).
- De la exageración y desfiguración: convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en una amenaza grave. (¿Les suena la alharaca del “golpe blando” que alguien sacó de la chistera, cuando muchos de sus electores empezaron a sentirse engañados, defraudados, arrepentidos?)
- De la vulgarización: cuanto más grande sea la masa, más pequeñas serán su capacidad de análisis y su memoria. Y menor el esfuerzo mental del titiritero para convencerla. (Eso de que es inolvidable en la cama, de que las mujeres deben juntar clítoris y cerebro para ser poderosas, de que los ladrones de celulares roban por amor, de que hay que expandir el virus de la vida en el universo…, no son dislates presidenciales; son mensajes dirigidos a mantener enardecidas a las divisiones inferiores del pueblo amorfo).
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- ETCÉTERA: por fuera quedaron los principios de orquestación, renovación, verosimilitud, silenciación, transfusión y unanimidad. Para todos hay ejemplos, pero no espacio. Otra vez será.





