Son muchas las personas que no se sienten representadas por ninguno de los dos candidatos presidenciales. No es que sean indiferentes, no es que les dé igual. Al contrario: les importa demasiado como para elegir algo que no las convence. Y en ese limbo incómodo, el voto en blanco aparece como una salida que se siente honesta.
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Siempre he pensado que no decidir también es decidir. Sin embargo, creo que votar en blanco no es exactamente una ausencia de decisión. Es una decisión activa, muchas veces motivada por la necesidad de coherencia interna.
Cuando nuestras acciones van en contravía de nuestros valores, experimentamos una tensión psicológica genuina que nuestro sistema mental busca resolver. Para alguien que ha construido su identidad alrededor de ciertos principios y valores, votar por una opción que los contradice puede sentirse como una traición a sí mismo. El voto en blanco aparece como una forma de resolver esa tensión:
“Voté, participé, pero no me comprometí con algo en lo que no creo”.
Para muchos, el voto en blanco no es solo una herramienta política, sino un marcador de identidad: “Soy crítico del establecimiento”, “no soy de ningún extremo”, “no soy la persona que vota por el mal menor”. Esto tiene mucho sentido; sin embargo, cuando el voto se convierte principalmente en una declaración sobre mí, la pregunta sobre qué produce en el mundo queda en segundo plano.
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Hay algo que quiero nombrar: la dificultad que tenemos los seres humanos para sostener la contradicción. El problema aparece cuando la ambivalencia no se puede sostener y se resuelve por escisión: o idealizo o rechazo, sin término medio. Y la lógica de “como ninguno me representa, ninguno es válido” es emocionalmente comprensible, pero psicológicamente tramposa.
Mi invitación no es a bajar el estándar y conformarse con lo que hay. Mi invitación es a preguntarse si la imperfección del candidato es un criterio genuino o una salida elegante; si se está usando realmente para evaluar o para no tener que elegir.
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En la vida muchas veces vamos a tener que elegir entre opciones imperfectas, lo cual es costoso psicológicamente hablando porque requiere sostener la ambigüedad, actuar con información incompleta y renunciar a la posición cómoda del observador que “no se ensucia”. Elegir en estas condiciones puede ser más exigente emocionalmente que votar en blanco, ya que este puede ser una manera elegante de resolver ese conflicto:
“Participo, me mantengo íntegro y, si las cosas salen mal, yo no elegí a ninguno de los dos”.
Aquí está la trampa: cuando el foco se desplaza de qué produce mi acción en el mundo a qué dice mi acción sobre mí, algo se invierte. Lo que se presenta como rechazo al individualismo político termina siendo profundamente individualista. La pureza —moral o ideológica— se vuelve un fin en sí mismo y, por ende, el voto se convierte en una forma de reforzar una identidad. Terminamos votando para confirmar algo sobre nosotros mismos y el resultado queda en manos de quienes sí votaron para cambiar algo.
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No digo que siempre sea así. Hay quienes votan en blanco desde un ejercicio político consciente y una convicción genuina de que ambas opciones producen el mismo daño, y esa es una postura legítima. Pero también es, desde lo que observo, la menos frecuente. Ahora, también hay que decirlo: votar por “el menos malo” tiene costos colectivos y puede perpetuar dinámicas que generan la decepción de la que hoy muchos nos quejamos.
Lo que quiero visibilizar es que, cuando muchas personas eligen simultáneamente la posición del observador íntegro, el resultado lo deciden quienes sí eligieron, incluidos quienes lo hicieron desde el miedo, el clientelismo o la desinformación. La pureza moral individual tiene un costo colectivo.
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La pregunta que te invito a hacerte es:
¿Estás votando en blanco porque genuinamente crees que ninguna opción produce un efecto diferente sobre lo que te importa, o porque elegir entre estas dos te genera una incomodidad que prefieres no sostener?





