Creo que todos hemos experimentado alguna vez esa sensación de que “algo falta”. Muchas veces ni sabemos qué es, pero se siente como una especie de hueco, una inquietud silenciosa que se asoma incluso cuando en apariencia, todo está bien. Es esa vocecita que dice: “no me siento tan feliz como debería”, “tal vez cuando tenga/logre tal cosa voy a sentirme mejor”, “me falta X para sentirme pleno”. Aunque, por otro lado, esa vocecita llega con culpa: “Soy un desagradecido, tengo todo para ser feliz, ¿cuántas personas no tienen todo lo que yo tengo?, ¿por qué no se siente suficiente?”.
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Muchos intentan ocultar esta sensación asociándola a algún tipo de defecto que tienen “solo ellos”, ya que como alrededor se ven un montón de vidas perfectas y personas “plenamente” felices, sentirse así produce aislamiento y vergüenza. Lo que muchos no saben es que esta sensación es sencillamente humana, el agujero existencial reside en cada uno de nosotros. El problema es que le hemos otorgado el significado de “falta” y esto nos ha llevado a buscar sin descanso —en el amor, en el trabajo, en los logros o en el consumo— lo que creemos que por fin nos “llenará”. Todo se origina en la idea errada de que “deberíamos sentirnos completos”y que, si no, algo estamos haciendo mal o algo no estamos haciendo.
Desde el psicoanálisis se habla de un vacío que nos constituye desde el inicio: somos seres deseantes precisamente porque nunca tenemos todo, siempre hay algo más que anhelamos. Esa carencia no se resuelve, se habita. Intentar llenarla con cosas externas solo refuerza la ilusión de que podríamos alcanzar esa completitud que, en realidad, no existe.
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En la psicología humanista se redefine esa búsqueda de plenitud, entendiéndola no como una meta final ni un estado permanente, sino como un proceso continuo de autorrealización. Desde esta perspectiva el error está en confundir la plenitud con la ausencia de conflicto, duda o dolor. En este sentido, una persona plenamente funcional no es quien lo tiene todo resuelto, sino quien se permite la experiencia tal como es, con autenticidad y apertura. Victor Frankl plantea que la plenitud no se alcanza persiguiéndola sino como consecuencia de vivir con sentido aun en medio del sufrimiento.
Desde la psicología budista y el mindfulness -atención plena-, la ilusión de “completitud” tiene que ver con la errónea creencia de que existe un “yo” fijo, separado, que podría algún día “llenarse”. Pero el yo es un proceso dinámico, cambiante. Desde esta mirada, la plenitud no se alcanza corriendo detrás de algo, sino deteniéndose a experimentar lo que ya está presente, al cesar la lucha por ser distintos de lo que somos. Desde esta perspectiva lo completo es la experiencia presente tal cual y como es, aunque sea imperfecta. Thich Nhat Hanh lo expresa así: “Cuando te detienes y miras profundamente, descubres que ya estás donde necesitas estar.”
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Todas estas miradas, desde distintos lenguajes, coinciden en algo: no estamos rotos, solo somos humanos. El discurso moderno nos ha hecho creer que deberíamos sentirnos bien todo el tiempo y este es un ideal imposible. Cuando entendemos que la plenitud no se construye eliminando el malestar sino haciendo espacio para él, permitimos que coexista la belleza, el placer, la alegría y la dicha, con el dolor, la dificultad, la incomodidad y la duda. Esa sensación de “incompletud” no es un enemigo a vencer sino el recuerdo de que estamos vivos.
No se trata de “llenar el vacío” sino de aprender a sostenerlo con curiosidad. Tal vez, cuando dejamos de huirle, descubrimos que el vacío no está tan vacío: que en él hay espacio para el asombro, la creatividad, y la búsqueda de sentido.
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