Hoy en día asistir a muchos conciertos, shows, fiestas o eventos que, en teoría, existen para que la gente se divierta, se ve así: un mar de celulares levantados, cuerpos quietos, miradas fijas en una pantalla. El artista hace lo suyo. La gente observa. El lugar está copado de personas y, sin embargo, falta algo y no es gente —es presencia—. En vez de estar en la experiencia, nos miramos teniéndola.
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El flow es ese estado —descrito por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi— en que la autoconciencia desaparece y la persona se funde completamente con lo que está haciendo. Es lo que ocurre cuando alguien cierra los ojos y se entrega a la música, cuando el cuerpo se mueve sin pedirle permiso a nadie, cuando en una tribuna la emoción colectiva hace que el ‘yo observador’ se apague y quede solo la acción. El flow requiere una condición indispensable: olvidarse de que uno está siendo observado. Y es exactamente eso lo que hemos perdido. La cámara —real o imaginada— reinstala constantemente al observador; y ese recordatorio rompe la fusión con la experiencia.
Pasamos de habitar el cuerpo a observarlo. Nos ubicamos en un palco imaginario desde el cual evaluamos cómo nos vemos, cómo sonamos, qué impresión generamos. El cuerpo deja de ser el lugar donde ocurre la vida y se convierte en un objeto que se produce y se edita.
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Las pantallas operan sobre nosotros en dos direcciones simultáneas. Por un lado, crearon la sensación permanente de estar siendo observados —una audiencia imaginaria siempre presente que nos hace revisar y contener cada gesto—. Por el otro, nos convertimos en productores activos de nuestra marca personal: cada instante es potencial contenido, cada experiencia es materia prima para la narrativa. El concierto no es una experiencia —es un reportaje—. La cena no es un momento —es una foto para la historia—. El viaje no es un viaje —es una campaña—. Todo tiene un para qué: qué quiero mostrar, cómo quiero que me perciban, qué quiero que sientan los otros al verme. Cuando todo es potencialmente publicable, nada puede ser completamente vivido.
Nos acostumbramos tanto al contenido curado que la humanidad sin filtro produce dizque cringe. El resultado es una corporalidad cada vez más contenida: rostros neutros, movimientos tímidos, expresiones calculadas. Un poker face emocional que filtra constantemente qué se deja ver. Y aquí hay algo importante: cuando se domestica el cuerpo para no ser ‘demasiado’, no solo se controla la imagen —se reduce la capacidad de sentir plenamente—. Las expresiones —los gestos, la postura, el tono de voz— no son solo consecuencia de lo que sentimos; son parte constitutiva de ese sentir. Cuando el cuerpo se mueve libremente, cuando la voz se suelta, cuando se autorizan la carcajada y/o las lágrimas, la experiencia se amplifica.
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Este es un llamado a la reivindicación de la espontaneidad: a cantar duro, aunque desafines; a bailar, aunque te despeluques; a expresar amor, aunque parezca cursi; a llorar, a vivir sin editar. A dejar que un momento sea solo un momento —sin audiencia ni objetivo de marketing—.
Una invitación a salir del modo observador y volver al modo participante. Con esta invitación no pretendo satanizar la estética ni la tecnología, sino recuperar la capacidad de entrar y salir de ellas. Porque en ese gesto de soltarse, de fluir sin posar ni editar, está la posibilidad de saborear verdaderamente la vida.
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