Para muchas personas, el mundo emocional se reduce a dos categorías dicotómicas: estar bien/estar mal. Y, desde esta lógica, estar “bien” es estar contento, tranquilo, o en un estado de imperturbabilidad ante las distintas situaciones de la vida. Creer que podemos –y debemos– estar contentos todo el tiempo es ingenuo e irrealista. Es sencillamente imposible, no corresponde con la realidad de la vida ni de nuestra humanidad.
He podido constatar que, a mi alrededor, la mayoría de la gente responde a la tristeza –propia y ajena– como si ésta fuera una falla, algo que hay que corregir cuanto antes para volver al “estado óptimo”.
La tristeza no aparece porque algo esté mal, aparece donde hay algo que importa. Emerge ante la pérdida, la ruptura, la ausencia o el cambio de algo que para nosotros era/es valioso. Por eso duele. Porque es –de alguna forma– una huella del amor. Amor por lo que hubo, por lo que fue, por eso que tanto quisimos y/o disfrutamos, que ya no está o que ya no es igual. O, también, por eso que anhelamos y que no pudo ser, y/o a veces: ambas.
La salud mental y el bienestar psicológico de una persona, no se miden por la cantidad de sonrisas o por la cantidad de tiempo que una persona pasa en estado de alegría. Estar bien no significa no sentir dolor. Estar bien es tener las agallas para sentirlo todo sin salir corriendo, sin salir a buscar desesperadamente anestesia para poder cuanto antes estar feliz (“o sea bien”) otra vez.
La tristeza es necesaria para procesar las pérdidas, los cambios – que son parte ineludible de esta vida-. La tristeza activa la pausa, la reflexión, la reorganización, la integración. Es la manera en la que la vida nos pide detenernos; es la forma de suplicarnos paciencia, compasión. También, es la que activa nuestra red de apoyo, quien le dice a nuestra gente que necesitamos ser sostenidos, acompañados.
Sentir tristeza no nos hace débiles. De hecho, requiere una valentía enorme. A mi personalmente -en varios momentos de mi vida– permitirme sentir tristeza, habitarla y atravesarla sin resistencia y sin afán, me ha llevado a sentirme muy fuerte. No sólo por el coraje de aventurarme a sentir lo que muchos prefieren anestesiar, sino por comprobar que -contrario a lo que creí alguna vez- puedo sentir dolor sin romperme.
Yo me atrevo a decir que, quien se permite transitar la tristeza sin esa prisa casi violenta por arreglar, sedar, distraer o positivizar, termina perdiéndole el miedo. ¿Por qué? Porque casi siempre nos lleva a darnos cuenta de que podemos sostenerla mientras ella pasa a través de nosotros y sigue su camino. Creo que aquí radica precisamente el problema: creemos que si le abrimos la puerta se va a quedar para siempre. Pero, ninguna emoción está destinada a quedarse para siempre, todas desaparecen después de cumplir su función.
Ahora, no se trata entonces de distraernos indefinidamente esperando a que se vaya sola, sin tocarla. Lo que no se siente no se procesa, y, por ende, se enquista. La tristeza necesita ser sentida para poder transformarse en algo distinto, cuando la evitamos suele reaparecer de otras formas. Entonces, para que la tristeza pueda hacer lo suyo, necesitamos permitir que nos toque. Permitirte estar sintiendo tristeza no es estar estancado en ella. Se estanca lo que no se toca, lo que no se mueve.
No confundamos pausa con parálisis. La tristeza invita a reducir la exigencia, no a suspender la vida. La pausa es un gesto de cuidado: le da espacio al dolor para acomodarse, mientras que en la parálisis el dolor toma el control y lo detiene todo. Habitar la tristeza no es suspender la vida, es aprender a caminar más despacio mientras duele. Por eso, repito: Estar triste no es estar mal, estar triste es estar triste.





