Delgadez a la carta

Juanita Gómez P. cuestiona el moderno ideal de belleza de algunas mujeres: “Lo que permanece a través del tiempo es el mensaje de fondo: tu cuerpo -tal cual como es- no es suficiente”, afirma ella.
Por: Opinión
1 abril, 2026
Juanita Gomez
Por: Juanita Gómez Peláez. Psicóloga clínica. Apasionada por el autoconocimiento, el bienestar emocional, la salud mental y el mindfulness. IG: @psicologa.juanitagomez

Inyectarse delgadez. Eso es lo que el Ozempic y el Mounjaro pusieron sobre la mesa. Antes fue una cirugía, una dieta de moda, un corsé. Hoy es una inyección la que promete lo que cada época ofrece a su manera: la posibilidad de —por fin— llegar a ese cuerpo que “soñamos”. Entre comillas, porque ese sueño no es tan nuestro como creemos, aunque nos empeñemos en insistir que no es por cómo nos vean los demás, sino por cómo queremos vernos nosotras.

No vengo a hablar sobre si tomarlo es bueno o malo, ni sobre sus riesgos y consecuencias, sino sobre algo más antiguo y profundo: el mandato que hace que tantas queramos ese cuerpo.

El mandato es viejo. Lo que cambia es la tecnología disponible para intentar lograrlo: cada vez más rápida, más accesible, más ‘fácil’. Lo que permanece a través del tiempo es el mensaje de fondo: tu cuerpo -tal cual como es- no es suficiente.

La filósofa Sandra Bartky lo describió con una precisión que incomoda: el ideal femenino contemporáneo exige un cuerpo adolescente: terso, extremadamente delgado y de proporciones pequeñas; el cuerpo de una adolescente joven.

A las mujeres se nos tiene prohibido hacernos grandes. Debemos ocupar el menor espacio posible y esta no es una metáfora. Dijo Naomi Wolf: la obsesión con el cuerpo es un sedante político. Una mujer contando calorías, odiando lo que ve en el espejo y planificando su próxima intervención, no está pensando en otra cosa.

Y ese sedante funciona porque el cuerpo no es territorio ‘neutral’. Es el primer lugar donde aprendemos si somos aceptables, amadas, suficientes. Las primeras experiencias de ser sostenida, mirada, tocada con ternura o con indiferencia van construyendo la representación interna del propio cuerpo. Un cuerpo que fue mirado con amor tiende a habitarse con más facilidad que un cuerpo que fue criticado, comparado o ignorado.

Entonces, cuando la cultura llega con su mandato de ‘achicarnos’, llega a una psique que ya tiene una historia con ese cuerpo. Y si esa historia tiene heridas de aceptación condicional, el mandato cultural encuentra terreno fértil.

Y así, llega el Ozempic, y con él: una versión nueva de una promesa vieja; esta vez combinada y acentuada por la cultura de la inmediatez. Ya no hace falta el esfuerzo, ni el tiempo, ni el proceso. Podemos comprar directamente el resultado. Y el mercado lo normaliza.

Muchas afirman que es desde el ‘amor propio’ sin notar la paradoja: amarme a mí misma significa, primero, corregirme.

Si estás leyendo esto, y pensando “si he sufrido toda la vida con mi cuerpo, ¿por qué está mal elegir una alternativa que me lo facilita?”. Aclaro: Esto no es un juicio moral para quienes se ponen la inyección sino una invitación a cambiar la pregunta.

En lugar de ‘¿cómo arreglamos el cuerpo?’, pensemos ¿qué es lo que ha generado ese sufrimiento? Porque si la respuesta es “mi cuerpo”, la intervención sobre el cuerpo tiene sentido. Pero si la respuesta es ‘que siento que valgo según cómo me veo”, “la sensación de que como estoy no soy suficiente’ —entonces cambiar el cuerpo no toca el origen del dolor sino el síntoma—.

Cuando alguien dice ‘lo hago por mí’, generalmente lo cree, y no es que sea “mentira”. La necesidad de ser vistas, reconocidas, amadas; es una necesidad real, legítima y profundamente humana. Lo que pasa es que el discurso cultural la interceptó, la distorsionó y la disfrazó de empoderamiento y autonomía. El problema no es querer ser amadas, sino que el sistema convierta esa necesidad en un contrato: para lograrlo, debes caber en este molde. Y luego, ¡a competir!

El trabajo pendiente —y necesario— no es con el cuerpo, es con la mirada sobre el cuerpo. Y esa mirada tiene una historia —personal y cultural—. Y no cambia con una inyección. La pregunta no es ¿cómo llego a ese cuerpo? sino ¿qué espero que cambie cuando llegue, y por qué no ha podido cambiar de otras maneras? Esa pregunta no se responde con agujas.

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