Sentir

Por años hemos valorado la función de la mente en la política por encima del corazón. Se hace urgente pasar las propuestas y miradas del otro por el pecho, integrarlas y sentirlas.

“Cuando el cerebro y el corazón están desconectados, uno se enferma”, le escuché decir esta semana al doctor Stephen Gilligan, psicólogo estadounidense experto en trances generativos, una forma de sanación, un camino de comprensión, una forma de habitarnos y ayudarnos. Suena bastante sencillo, tal vez obvio; pero, al mismo tiempo poderoso, complejo y sanador. Aplica para las historias personales, pero, también para ese nosotros que somos como sociedad y que se construye desde la política como forma de relacionamiento humana. ¿Qué tal tener, como país y como ciudadanos del mundo, una conversación sobre la importancia y la necesidad que tenemos de sentir?

Conectar nuestras palabras con nuestras emociones, lo que decimos con lo que pensamos, el cerebro con el corazón, cobra particular sentido en el mundo que vivimos, uno que está polarizado por los caprichos de la mente y que en cierta medida se ha dividido al creer que la única forma de expresión humana es la intelectualidad. A veces nos sentimos especiales como colombianos y creemos que somos los únicos que atravesamos este momento; pero, sin duda alguna, enfrentamos crisis, propias y ajenas, que solo nos pasan por el cuerpo en forma de desplazamientos, muertes, heridas y dolor. Es urgente aprender a sentirnos antes de hacernos daño porque, como sociedad, ya nos hemos enfermado.

Cuando escuchamos las historias de los otros y no tratamos de comprenderlas con nuestras tripas, hígados, corazones, espaldas, e incluso el tan inflamado colón, aludimos, de manera consciente o inconsciente, a esa clásica expresión que afirma que “a las palabras se las lleva el viento”. En cambio, si practicamos la danza que invita al lenguaje a conectarse con nuestros órganos, a somatizarlo de manera positiva, entendiendo que somos buenos y malos al mismo tiempo, lo integramos y enraizamos en una mágica experiencia corporal.

Baila, baila: de otra forma estamos perdidos”, solía decir la bailarina alemana Pina Bausch.
Quienes creen en la filosofía budista están convencidos de que el cuerpo habita el presente, mientras que nuestra mente transita entre el pasado, el futuro y, en muy pocas ocasiones, el ahora. Estar presentes implica, entonces, estar parados en nuestro cuerpo, poseerlo, habitarlo y conectarlo con nuestro cerebro, construirlo desde una aceptación y un sentir que es único y verdadero, pero que al mismo tiempo es colectivo. Sentimos desde lo que somos y nos construimos cuando somos capaces de sentir a los demás. Vivir el presente, conectados con nosotros mismos y con los otros, resulta un acto compasivo y sanador.

En tiempos donde en Colombia buscamos la reconciliación y muchos queremos aportar todo lo que somos para que no solo cese la horrible noche, sino también la terrible división a la que nos enfrentamos, pasar por la conexión entre el cerebro y el corazón, se erige como un camino posible, inexplorado, reconciliador y sanador. Tal vez, al final del día, una de nuestras misiones no sea más que sentir, ser esa música, ese puente lírico, que atraviesa los tiempos. Diría David Whyte, poeta angloirlandés, “Este abrirse a la vida / que hemos rechazado una y otra vez / hasta ahora. Hasta ahora”.

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