“Quisiera tener un puestecito fijo”

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“Yo vivo de lo que gano vendiendo aguacates… comiendo bien o regularcito. Por lo menos se come, gracias a Dios”.

Lo vi por primera vez una mañana de domingo, gritando sus aguacates que llevaba, a pie, en una canasta de plástico, colgada al cuello. Me conmovió ese hombre trabajando en esas condiciones. Después, entró a formar parte de mi paisaje matutino, y yo no sé por qué, empecé a seguir su grito mañanero. Otros días lo veía en bicicleta, también lo vi en triciclo, lo volvía a ver a pie… en fin, que ni aparecía todos los días, ni todos los días se movilizaba de la misma manera. Otra vez que pasó caminando le pregunté, ¿qué hizo la bicicleta? ”La tuve que empeñar para comprar los aguacaticos”. 

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Pedro Adrián Puche Sánchez es un hombre moreno, delgado y bajito, de 57 años y sonrisa franca. Nació en Magangué, Magdalena, donde vivió hasta los cinco años, cuando su familia se trasladó a Nechí, Antioquia. 

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Antes de venir a Medellín, Pedro tuvo un puestecito en Nechí, donde vendía gaseosas, jugos, dulces, legumbres. Y le iba bien. “Pero eso se puso muy malo, porque la guerrilla lo extorsionaba mucho a uno”. Luego se fue para la finca de un amigo, donde trabajó tres meses en el molino de una mina de oro. “Un trabajo muy duro. Y después me vine para Medellín”.

Aquí empezó a vender aguacates desde 1986, con un capitalito de 10 mil pesos, que era todo lo que tenía, y recorría los sectores de la Universidad Pontificia Bolivariana, Unicentro y Laureles. Un día alguien le dijo: “costeño, si usted quiere vender por aquí, traiga buenitos”, porque los primeros surtidos eran de regular calidad. “La cosa es que no tengo más plata, tengo que acomodarme a lo que yo tengo. Entonces, unos amigos me colaboraron… y me regalaron 20 mil pesitos para que mejorara el surtido, y empecé a comprar aguacates buenos, hasta que conseguí mi clientela”, que ahora se extiende también por La Castellana, la 80, el Éxito, Santa Gema… hay días en los que llega hasta el parque de Belén. Y esa misma clientela es la que le ha ayudado a mejorar su forma de transportarse. Le regalaron la bicicleta y también un triciclo. 

Puede sacar de ganancia entre 30 y 50 mil pesos diarios; “pero a veces los tengo que vender tal como los compro. Para no perder el capital. Yo vivo de lo que me gano vendiendo aguacates… a veces comiendo bien o regularcito. Por lo menos se come, gracias a Dios”. También paga el alquiler del apartamentico, en el que vive con su compañera; el transporte, los servicios y el parqueadero de la bici con la que trabaja. “Porque uno se cansa mucho todo el día, y porque vive en San Javier La Loma, y prefiere llegar a casita en bus o a pie y no subir esas cuestas pedaleando. Pero a veces le toca, “cuando estoy muy vencido económicamente”. 

Aparece y desaparece

Pero Pedro a veces desaparece por largos tiempos. Una vez, estrenando un triciclo que le regalaron, sufrió un accidente: “yo estaba parado cuando la moto me tumbó y se estrelló contra el triciclo. Me lo dañó todo, eso está desbaratado. Menos mal que no me mató. Y se voló. Cuando yo quise voltear a ver para coger la placa, no vi nada. Además, me robaron la cédula y el celular que llevaba en un bolsito. Ese día la venta me había dejado una ganancia de 26 mil pesitos.” Lo atendieron en una clínica, lo operaron y estuvo incapacitado varios días. Aún le duele su tobillo, y por eso tiene que caminar más despacio. Su triciclo se lo habían regalado, y en esa carroza el hombre se sentía un rey. Ahora el triciclo destrozado ocupa el rincón de cualquier parqueadero. “Yo vivo… a mí no me ha matado el estrés porque Dios es muy grande… porque Dios no ha querido. Vivo así, con lo que yo me gano”.

Pedro Puche solo vende aguacates por algunos barrios de Medellín. Lo ha hecho desde 1986, a pie, en bicicleta o en triciclo. Pero ahora, cansado, quisiera tener un ventorrillo que le permita estarse quieto.
Pedro Puche solo vende aguacates por algunos barrios de Medellín. Lo ha hecho desde 1986, a pie, en bicicleta o en triciclo. Pero ahora, cansado, quisiera tener un ventorrillo que le permita estarse quieto.

Otra vez desapareció con intermitencias, por mucho tiempo, porque su compañera estaba en el hospital, operada de cáncer. “Le hicieron la cirugía y salió perfectamente bien. Dios la sanó. Ahí estoy con ella, ayudándole…”

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Una de esas desaparecidas largas fue al principio de la cuarentena, cuando nos confinaron a todos, porque su negocio se vino abajo. Entonces decidió viajar donde su hermana en Nechí, ella le regaló los pasajes, y allí se quedó tres meses. También, reponiéndose de su lesión de tobillo por el accidente en su triciclo.

Pedro recuerda con nostalgia a su papá, y tiempos idos. “Mi papá murió en 2003. Él me mantenía, a mí con él no me faltaba nada. Me apoyó mucho mientras estaba vivo, me quiso colaborar, y yo por ser joven no quise aprovechar. Me arrepiento por no haber estudiado, yo soy inteligente. Hoy en día quisiera tener un puestecito, un negocio, para estarme quieto, porque estoy muy cansado.”

Mientras tanto, Pedro sigue apareciendo y desapareciendo con sus aguacates, es más constante con su bicicleta, porque hay que ganarse el sustento mientras consigue cómo poner su negocio.

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