Huevos rojos
De la edición impresa (Edición 310)
Hace mucho tiempo viví cerca de dos centroamericanos que habían venido a Medellín a adelantar estudios en ciencias de las maderas. Un día, hablando con ellos sobre el cotidiano comer en esta ciudad, me preguntaron acerca de un producto de cocina que les había llamado poderosamente la atención: lo describieron como unos “huevos rojos” que se vendían en todos los rincones de la ciudad, e incluso sobre la propia calle en pequeñas cocinas rodantes. “¿Huevos rojos? Ni idea, no sé qué será…” “Sí, y por dentro vienen bien blanquitos, ¿no?, y son como esponj…” “¡Ah! ¡Los buñuelos!” “De veras, así nos dijo la señora que se llamaban”. Eso era, los buñuelos, y por tanto interés y expectativa puestos en la pregunta de ese par de latinoamericanos entendí que con esas bolas de masa se jugaba gran parte de nuestra identidad; esa identidad que convencionalmente ligamos a una bandeja paisa que más parece producto exclusivo de restaurantes que fabricación espontánea de las cocinas de barrio.