Mi vestido color chocolate

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En vista de que dos o tres de mis lectoras me han increpado, sea lo que eso signifique (quizás: “atacar a un sujeto con una lluvia de crépes”), por mis columnas bienintencionadas contra el Ayuntamiento (con mayúscula), no contra la cópula carnal –que es otra cosa-, y me sugieren escribir de alguna de las cosas buenas de El Poblado, me atreveré, entonces, a salir del clóset: hace poco, oh lectoras… ¡me hice la terapia total del chocolate! Por el día del amor y la amistad una querida artista solitaria, de billete generoso, me regaló un bono para el mencionado tratamiento en uno de los centros más acreditados para tal fin, en uno de esos lujosos parques comerciales que ahora tanto abundan en nuestro barrio. (¡Los jóvenes no saben que El Poblado es un barrio, como Manrique, Santa Lucía, Castilla, Santo Domingo Savio, El Raizal! Pues sí, es un barrio, no una ciudad pretenciosamente “chic” anexa a Medallo, como muchos quisieran creer).

Sigamos. Queriendo lucir para la cita como un chico de la tele, me hice antes la depilación total de pies a cabeza, las uñas, las cejas, el triángulo de las bermudas, es decir, del bóxer, qué sé yo. Pues bien. Tú entras y entregas el bono. Te hacen pasar a un consultorio superplay, “como en las pelis” (o sea: como en las películas, pendejos). “Primero te haremos -te dicen un par de bombonzuelos en batolitas tipo MGM-Hot Ticket-  la envoltura de arcilla. Sin nadita de ropa, papito, para dilatarte la epidermis…”. El aire medicinal y aséptico del spa te impide cualquier tipo de pensamientos inmaduros, ni de palabra ni de obra. Tú tratas de no mirarlas (hipócrita) y te hacen acostar sobre una esterilla de caucho negro bien acojinadita, con su sabanita de seda compañera. Un primor. Te forran por todas partes con una arcilla verde muy caliente y te envuelven en vendajes ziploc-sándwich. Le darías envidia a La Momia Azteca, ese famoso luchador enmascarado de los años 50. Luces bajas. Melodías blandas de Putumayo Records. Las chicas salen. Dicen que volverán en 20 minutos. Te adormeces. Viajas en plano astral viendo cómo se desenrolla tu cordón de plata, hasta la luna… Las chicas vuelven, te retiran los vendajes, te llevan al cuartito contiguo donde en una bañera industrial de acero te lavan la arcilla con guantes y mangueritas. Cuando empiezas a jugar insanos juegos mentales te sacan del estanque y te conducen, por fin, a la “Chocolat suite”.

Allí hay otra especie de bañera, muy bajita, llena hasta el borde de chocolate oloroso a  canela y clavos, muy, muy espeso. Te dan un tequila triple, vivo, que debes tomarte de un tirón. Y te recuestas allí, como Moctezuma en sus estancias de Tenochtitlán. Las dos servidoras, con unas especies de cucharones y cepillos suaves, te esparcen el cálido menjurje por todo el cuerpo, desde la frente hasta los meñiques inferiores… Resumiremos: nuevamente empiezas a entrar en trance. -“¿Música, Mi Amo?” -“¿Tienes el CD de “Exilio en Main Street”, de los Satánicos Stones?” Lo tienen. Lo ponen a todo dar. Y ahora navegas en la luz lisérgica del Theobroma -alimento de los dioses,  2 mil años luz lejos de casa. Recuerdas entre resplandores que en los antiguos imperios mexicanos los sacerdotes, para entrar en delirios proféticos y homicidas, se tomaban unos tazones inmensos de cacao amargo, grasoso y oscuro como tierra de capote movediza, y luego empuñaban los puñales de verde jade para extraerles con un solo corte el corazón a los prisioneros, vivos, a los que arrojaban chapaleando desde lo alto de las pirámides… Y ya no sabes más de tí. Dos horas después, en tu apartamento, no te la crees todavía. Habrá que esparcir la buena nueva. En El Poblado, después de todo, no somos ya tan provincianitos. Entonces te sientas a redactar tu próximo artículo, que empieza: “¡Joder! Dicen mis admiradoras que estoy llevándome por narices a los insulsos columnistas españoles que reproducen en El Colombiano…”.

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