Por Carlos Arturo Fernández
En los últimos años, el Museo de Antropología y Artes de Jericó (MAJA), se ha constituido en un referente cultural y artístico del más alto nivel en el contexto nacional. Ubicado lejos de los centros que en el país pretenden mantener su hegemonía sobre el sistema del arte, el MAJA se destaca por una actividad muy intensa y sólida que da cabida a todos, desde artistas emergentes en el medio regional hasta creadores consagrados en el contexto internacional.
Desde temas de la historia del arte universal, al mismo tiempo que a la conservación y conocimiento del folclor jericoano; desde los hallazgos arqueológicos del suroeste antioqueño hasta los grandes maestros del arte nacional.
De alguna manera, así como se dice que en el contexto del arte actual todo es posible, se puede afirmar que el MAJA es un museo contemporáneo porque está abierto a todas las manifestaciones culturales y artísticas.
Ese espacio privilegiado que es el MAJA se enriqueció en el mes de octubre de 2025 con la entrega por parte de la familia del artista Luis Fernando Mejía Jaramillo, fallecido repentinamente en 2004, de un gran conjuntó de su obra, representativo de las distintas etapas de su vida artística, de sus técnicas, de sus temas y de sus preocupaciones creativas.
Luis Fernando Mejía Jaramillo (Medellín, 1946 – Santa Rosa de Osos, 2004) es una de las figuras centrales del grabado en toda la historia del arte colombiano. Arquitecto de profesión, con un manejo excepcional del dibujo arquitectónico, de la figura humana y del paisaje, así como de la observación de los detalles de la vida cotidiana, expuso sus primeros dibujos a finales de la década de los 70. En 1981 viaja a Italia para estudiar grabado en el taller de Luis Camnitzer y luego, al regresar a Medellín, en compañía de otros artistas abre en 1983 el Taller de Grabado donde une la producción de obra con la docencia y con la divulgación que posibilita a muchas personas un efectivo acercamiento al arte.
Luis Fernando Mejía desarrolla a partir de entonces un trabajo que, sin caer en formalismos ni fáciles bellezas, estará siempre comprometido con los rigores y dificultades de las exploraciones técnicas, esenciales para una manifestación de sentido. En efecto, en momentos en los cuales parecen pasar de moda los oficios, sus grabados se acercan cada vez más a una perfección que parece fuera del tiempo. Es un proceso que, con frecuentes cambios temáticos y formales, se extiende hasta el final de su vida, cuando queda inconcluso un profundo estudio sobre el problema trascendental de la culpa.
Tras su muerte, y a partir de la convicción compartida por muchos de que nos encontramos frente a la obra de uno de los mayores artistas del país, su hermana María Cecilia enfrentó la tarea de recoger, ordenar, clasificar, conservar, estudiar y difundir este legado artístico y cultural, manteniendo su vigencia con publicaciones físicas y digitales, lo mismo que con la frecuente participación en exposiciones individuales y colectivas.
En ese contexto, la donación de 2025 al MAJA de Jericó es un paso fundamental para el conocimiento y presencia de Luis Fernando Mejía; se trata de 242 obras que se convierten, quizá, en la mayor colección de obra gráfica que exista de un gran maestro nacional en cualquier museo del país.
Culpables, de 2002, hoy en la portada de Vivir en El Poblado, forma parte del amplio conjunto en el que, al momento de su muerte, desarrollaba su reflexión acerca del problema de la culpa. Personajes ensimismados, que evitan mirarnos o que no pueden hacerlo por las vendas que cubren sus rostros, pero que tampoco tienen ninguna existencia más allá de la culpa. Culpa que no se exhibe ni parece tener una dimensión social o política sino que pertenece a la propia existencia, y por eso, a pesar de su frontalidad, los culpables no establecen relación con quien los mira. O, mejor, quizá esto es un espejo en el que todos nos reflejamos pero evitamos mirarnos.
Puede parecer más fácil y más bello mirar a través de una ventana y descubrir la riqueza del paisaje tropical. Pero no se trata de una forma de escapar del drama existencial sino de la convicción de Luis Fernando Mejía de que uno de los sentidos del arte es hacer más grata la existencia humana.





